Pedro Sánchez también es homo sapiens
Pedro Sánchez en otra de sus ridículas fotos

Pedro Sánchez no es Winston Churchill.

Ambos comparten condición de primeros ministros y también especie, es cierto. Teóricamente, Pedro también es homo sapiens, aunque a juzgar por su trayectoria y su discurso de vaciedad permanente entra en la categoría un poco justo. Lo he tuteado en el trato corto y es el típico conocido de un solo vermú: te lo colocan al lado en un aperitivo y, al domingo siguiente, no vuelves para no escuchar sandeces. Te atrapan y torturan tus oídos, pero efectivamente una sola vez.

Es delirante que repitamos que el presidente español no alcanza ni de lejos el cociente intelectual medio de aquí y que lo hagamos indignados como si sus dislates fueran culpa suya: inventarse una militante ideal a la que cambia de características en cada mitin aunque sabe que lo están grabando y le sacarán los colores, querer disfrazarse de reina madre y formar parte de la familia real en el besamanos…

No es su culpa. La responsabilidad es de quien lo ha elegido. Como si el 25 de diciembre toma la basílica de San Pedro, encierra al Papa en el cuarto de las escobas e imparte desde el balcón la bendición urbi et orbi. Y quienes hemos elegido al presidente que también quiere ser rey hemos sido dos colectivos.

En primer lugar, el famoso popurrí de diputados con intereses particulares que se aliaron para hacerlo. En segundo lugar, nosotros mismos, que antes votamos a esos parlamentarios como titulares de mil y una sinecuras.

Pedro Sánchez paseando por Nueva York con sus guardaespaldas (Facebook)

Simplemente por cómo habla, escupiendo solo esa mezcolanza de clichés progres, lugares comunes y apriorismos, casi tengo la certeza de que Pedro no es socio de Mensa, la organización de superdotados. Eso tampoco es lo importante. Repito que la cuestión es esta: el debate sobre si darle a un mono el botón nuclear no está en la propia inteligencia del simio, sino en las de las personas que lo eligen como depositario de su seguridad y del futuro de todos.

Estos últimos años, hemos adoptado la costumbre de entregar la presidencia de la famosa empresa de cuarenta y seis millones de personas que es España… a una de las menos dotadas.

Brillante decisión de inteligencia, pero de inteligencia colectiva. Como presidente, un tipo que se ahoga con las subordinadas, que no comprende el concepto de nación (repasen sus frases) y que quizá tampoco entienda el de suma, o lo de arriba y abajo. Que en su día dijo que sobraba el ministerio de Defensa. Que, cada vez que abre la boca, demuestra que la naturaleza ha extraído la inteligencia de su cerebro y la ha sustituido por ideología, como el que inyecta en un neumático espuma antipinchazos.

Tuvimos a González y Aznar, dos presidentes inteligentes pero cuya ética hacía aguas por todas partes: uno inventaba soluciones creativas al terrorismo de ETA y el otro apoyaba guerras que mataban inocentes. Conflictos a los que luego no se les podía encontrar un motivo. Tuvimos a Rodríguez Zapatero, que tampoco era Robert Oppenheimer. A través de la mirada de inteligencia de sus iris claros se veía el mar, con gaviotas graznando y todo, y él decía que la Tierra era solamente del viento, frase plagiada además. Levantó carcajadas ante la ONU, en Copenhague.

ABC editorial Pedro Sánchez
Pedro Sánchez con gafas

En nuestra línea: amos y señores del esperpento mundial, protagonistas de ridículos planetarios. Luego vino Rajoy, un presidente más anodino pero que inventó un muy creativo sistema de financiación de los partidos, y ahora esto. Sabemos dos cosas de Pedro Sánchez. La primera, que este trabajo le hace mucha ilusión. Esperemos que lo siguiente que le guste no sea dirigir la central nuclear de Almaraz. Lo segundo que sabemos seguro lo conocemos no por el mismo Pedro, sino por Forrest Gump: “Tonto es el que hace tonterías”.

Para conectar con la masa que tanto desconfía siempre de la brillantez, el sufragio universal elige individuos, tranquilizadores para la masa e infradotados para presidir el ejecutivo o para regentar un kiosco de barquillos. El sistema político determina que, casi invariablemente, a la cúspide de cada partido lleguen siempre individuos muy poco inteligentes que, a cambio, dominan muy bien las relaciones necesarias para enamorar a un colectivo y ser apoyados por muchos.

Mientras el inteligente levanta suspicacias, el idiota es campechano y atrae apoyos como el imán captura las limaduras de hierro.

Así que Darwin ha muerto y España elige representantes en el famoso borde límite inferior. Es la ineptocracia, que consiste en que los menos preparados sitúan en el poder a personas que no poseen la inteligencia necesaria para gobernar satisfactoriamente. A cambio, los nuevos gobernantes premian después a esas personas con riqueza y trabajo. Un suicidio colectivo porque, después, nada es rentable y cada vez se produce menos. Ahora somos líderes mundiales en el empleo del concepto. Más tonto, más lejos.