Pedro Sánchez estupidez
Pedro Sánchez

La estupidez es universal, no se limita al Palacio de la Moncloa.

Es cierto que uno mira a Pedro Sánchez y no se lo imagina realizando tareas estratégicamente complejas, como aparcar una carretilla o pulsar un timbre, pero también es verdad que las fuentes caudalosas de la estulticia manan por todas partes. No está solo.

Mi hija adolescente dice que nuestra vecina, cuando la ve a las ocho menos cinco de la mañana con el uniforme escolar y la mochila, le pregunta siempre “Hija, ¿adónde vas?”. La criatura dice que le dan ganas de contestar “A ver a mi camello”. Tenemos otra vecina que está sincronizada conmigo, como una fotocopiadora está configurada con respecto al ordenador. Lleva diez años abriendo su puerta solamente cuando oye que yo abro la mía, para cotillear. Parece un reloj de cuco sacando la cabecita.

Un genio anónimo de la Piel de Toro decidió que, durante décadas, Correos repartiera exactamente cuando no estamos en casa: por las mañanas. Hay fatuos que van al híper con una camiseta abierta por los lados para que sea patente que pasan la jornada en el gimnasio. Cuanto más cachas, menos ropa… y terminan yendo al supermercado, en diciembre, con los sobacos escarchados y los brazos en riesgo de gangrena.

Pero el listón se puede poner mucho más arriba.

El récord de agudeza en la Piel de Toro quizá lo tengan algunos paletas que, encaramados en el andamiaje, les dicen barbaridades a las chicas. Llevan milenios haciéndolo y ni uno solo ha conseguido ligar con una mujer, pero estos albañiles continúan empleando siempre la misma astuta estrategia. O les dicen a las paseantes “Ven con papá”, algo tampoco muy agradable de oír y que tampoco funciona con ellas.

Hay tontos especializados. El tonto de ángulo muerto nunca termina de adelantar: coloca su automóvil durante kilómetros en ese lugar y, cuando olvidamos que está ahí, generamos riesgo de colisión. El tonto suicida se coloca detrás de nuestro automóvil en cuanto engranamos la marcha atrás. El tonto de intermitente no los desactiva desde Segovia hasta Novosibirsk. El tonto de aparcamiento pasa veinte minutos buscando un hueco en el primer subterráneo mientras el hombre cabal desciende en un minuto hasta el tercero, que suele estar vacío. El tonto de automóvil, así, en genérico, entiende que tiene que llevar el coche exactamente al lugar al que va. Si va a misa, quiere subir el auto al altar y, si va al río, mete en el agua el tren delantero.

Hablando del aparcamiento, la maquina de tiques queda tan lejos de la ventanilla que se dice que Pau Gasol pidió una vez ayuda, porque no llegaba a coger su billete. En cuanto al cine, en invierno lo calientan a 25 grados centígrados y no se está mal, pero en verano lo enfrían a diecisiete grados y tenemos que ir a ver la película enfundados en el traje de neopreno grueso que compramos para bucear en Alaska.

Pero todos estos despropósitos son espontáneos. En cambio, la singularidad en política estriba en que allí el imbécil está subvencionado. Por eso decimos “Más idiota, más lejos”. Porque, en ese escenario, la sandez se ha convertido en una herramienta: concejales que dicen “compañeros y compañeras”, parlamentarios que no han estudiado oratoria y encadenan anacolutos desde la tribuna, presidentes que entienden que el besamanos es una orgía narcisista de ósculos a uno mismo, que los besos se le dispensan siempre al más guapo. Y gentes que han hecho de la estupidez un arte. Lucrativo.