ofensiva independentista

Últimamente, desde el Gobierno -y los medios- que dirige Plagio Sánchez, se traslada a la sociedad española una imagen falsa de la realidad catalana según la cual la política de diálogo emprendida por el gobierno está dando sus primeros frutos: el independentismo se resquebraja, al menos, en tres fracciones. Una, radical y minoritaria, que incendia las calles; otra, dirigida por  Puigdemont -con apoyo de parte del PDeCat, la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y las CUP-, que persiste en implantar la República de manera efectiva; y una tercera, pactista y moderada, potenciada desde la Moncloa, que gira en torno a Oriol Junqueras y ERC.

La imaginación, en política, tiene efectos semejantes a los del alcohol y las drogas. Sedantes, permiten sentir algo parecido a la felicidad, pero no resuelven los problemas y aumentan la frustración. No se equivoquen, el independentismo, hoy, pese al torpe Torra, tiene el mismo poder, los mismos medios, más recursos y la oportunidad de un gobierno débil en medio de un océano electoral con amenaza de tsunami.

Históricamente, el independentismo ha demostrado estar en perfecta armonía con el oportunismo, el privilegio, la codicia y la deslealtad, y en franca disonancia con el altruismo y el heroísmo. Los separatistas que ahora sufrimos no son la excepción. Sin embargo, que los tres últimos presidentes de la Generalidad, Mas, Puigdemont y Torra, compartan tenue inteligencia y el pánico a ser tachados de traidores, les hace especialmente peligrosos.

La Asamblea Nacional Catalana (ANC) ha tocado a rebato como ya hiciera en 2017 y exige un paso al lado a quienes no estén dispuestos a implementar ya la República. También exige la dimisión del gobierno catalán si este y los partidos que lo soportan no elaboran y presentan antes del 21 de diciembre una agenda nítida que explicite la implantación de la República. Y para que no quepa la menor duda, desde el Secretariado de la ANC que preside Paluzie, ya se apunta hacia un nuevo referéndum unilateral definitivo.

El independentismo no está fracturado. La única discrepancia manifiesta se da entre quienes están dispuestos a abandonar la pasión para convertirse en los nuevos Mesías y aquellos que parecen abandonar toda razón para mutar en auténticas bestias. Pero unos y otros comparten las semillas de odio a España esparcidas durante décadas desde los medios, en la escuela y en buena parte de las instituciones.

En el momento que escribo éstas líneas, me llegan noticias de que el racista Torra (lean Carlos Puigdemont) ha decidido tomar la iniciativa política que se traducirá, en las próximas fechas, en una ofensiva independentista, inequívocamente rupturista con el Estado, que agitará las calles y desestabilizará definitivamente el gobierno de Pedro Sánchez.

Se equivocaría Pedro Sánchez, como antes se equivocaron otros gobiernos socialistas y populares, si imaginara que fomentando la división interna y blanqueando a Oriol Junqueras (no se olvide que el independentismo de pata negra lo encarna Esquerra Republicana de Catalunya y que jamás renunciará a ello) dinamitaría el proceso. Y también lo haríamos nosotros si olvidamos que el presidente plagiador está en la Moncloa gracias al apoyo de los secesionistas catalanes. O unas próximas elecciones lo arreglan, o estamos jodidos.