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México seguirá subordinado al interés económico de Estados Unidos, en momentos en que su guerra comercial con China sube de tono.

En efecto, el capítulo 32 del USMCA (Acuerdo entre Estados Unidos, México y Canadá) prohíbe a los tres países firmar tratados comerciales con naciones cuyas economías estén cerradas al libre comercio, que otorguen subsidios o que pongan en riesgo a la planta productiva de América del Norte.

Así, sin más, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, cerró a México la posibilidad de negociar un tratado de libre comercio con China y, en cambio, lo colocó como un peón más -muy vulnerable- en su guerra económica contra Pekín.

Cuando el Tratado de Libre Comercio de América del Norte entró en vigor en 1994, el gobierno mexicano optó por renunciar a su papel regulador. “Con ello -señala el Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico (IDIC)- se renunció a la política industrial y al fomento de las empresas nacionales, el crecimiento llegaría vía el comercio internacional, particularmente con Estados Unidos”. ¹

En consecuencia, el crecimiento económico de México se estacionó en un mediocre 2.5 por ciento anual, lo que ocasionó que la planta productiva se contrajera y que el campo fuera abandonado. La inflación se salió de control, el peso se devaluó a niveles nunca vistos, los precios de los combustibles se dispararon, la mayoría de los empleos formales empezó a pagar salarios muy bajos y la informalidad (57 por ciento) se consolidó como el principal soporte de la economía mexicana.

El TLCAN tampoco convino a la economía estadounidense, porque sólo benefició a las poderosas transnacionales, que siguieron generando utilidades fabulosas montando fábricas en otros países, como México, para pagar salarios ínfimos. Esto explica, en buena medida, el enojo de Trump. Las transnacionales utilizaron el TLCAN para lucrar de manera inmoral cerrando -de paso- fuentes de empleo en territorio de los Estados Unidos.

El dilema para México

Si México no modifica su política económica luego de la aprobación el USMCA, seguirá caminando hacia el precipicio.

En su informe titulado El fin del TLCAN, el IDIC advierte con claridad, que “En este sentido el USMCA reviste pocas posibilidades para incrementar la productividad de las empresas mexicanas porque conserva la lógica comercial, no de integración productiva, solo que ahora lo hace bajo una agenda más apegada a los objetivos del gobierno de Estados Unidos y su óptica de limitar el acceso al mercado de América del Norte de aquellos productos provenientes de otras regiones del mundo”. ²

Lo que sigue, es decir, lo que debe ser, es que México recupere soberanía económica. ¿Cómo? Dejando de importar insumos intermedios y poniendo en marcha un gran plan de industrialización, en el que la micro y la pequeña industria deben cumplir con un papel fundamental.

Por otro lado, debe dejar de mirar específicamente al Norte y, en concreto, a los Estados Unidos. Gran Bretaña, la Unión Europea, Rusia, Japón y América Latina se muestran como mercados favorables.

El IDIC, que dirige el economista mexicano José Luis de la Cruz Gallegos, es muy claro al señalar lo siguiente:

Para que el USMCA redunde en un beneficio para México se requiere de la implementación de una política industrial activa, que permita acelerar el desarrollo del sector. Solamente bajo esa lógica México podrá transformarse de un país maquilador que depende de las importaciones de insumos intermedios de Asia, en proveedor de valor agregado hacia el interior del USMCA.

En resumen, México debe aplicar la política industrial que fue negada durante los últimos 30 años. Seguir por el mismo camino no funcionará. ³

El gran problema

Hacerlo será en exceso difícil, porque el presidente Trump utilizará el USMCA con fines electorales. La crisis política interna de los Estados Unidos incrementa el factor de incertidumbre. Trump, digámoslo claro, no forma parte del Estado Profundo; es empresario y gusta de las utilidades multimillonarias, aunque no está vinculado al complejo militar industrial. Si el Estado profundo logra derribarlo, quien quede en su lugar utilizará el USMCA o un nuevo acuerdo, para devolver el poder arrebatado por Trump a las transnacionales. En uno y otro escenario, México seguirá en calidad de rehén.

Es cierto que Trump ha evitado conflictos armados regionales y hasta globales, pero su guerra económica contra China podría desencadenar consecuencias devastadoras. Hoy mismo, nos enteramos por la agencia rusa Sputnik que los grandes importadores chinos de petróleo han dejado de comprarlo a los Estados Unidos.

En síntesis

Trump utilizará a México y a Canadá como peones en este ajedrez global. Trump manda hoy, en Washington; el Estado Profundo, sin embargo, no cejará en su intento de defenestrarlo. Lo triste es que sea cual sea el resultado de este conflicto, la economía mexicana seguirá atada a los dictados de los dioses supracapitalistas que tienen sus “olimpos” en Washington y Nueva York.

Por lo demás, si México se mantiene alejado de los otros grandes mercados del planeta, seguirá como hasta hoy, si no es que peor.

Ya lo escribió Zbignew Brzezinski, fallecido alter ego del poder en los Estados Unidos, en 1970: “No queremos a otro Japón al sur de nuestra frontera”.

Notas:

  1. IDIC. El fin del TLCAN. La Voz de la Industria. Vol. 6. Número 130. México. Recuperado el 3 de octubre de 2018. http://idic.mx/2018/10/03/el-fin-del-tlcan/
  2. Ibid.
  3. Ibid.