igualdad

Desde hace ya bastantes años, quizás desde que alcancé los cincuenta, vengo oyendo la cantinela de los/las feministas sobre la igualdad entre hombres y mujeres. Y en base a esa supuesta igualdad montan una serie de reivindicaciones que no tienen sentido ni conducen a la buena armonía que debe existir entre las personas de ambos sexos.

La única verdad sobre esta cuestión es que, como seres humanos, todos -sin distinción de sexo- tenemos los mismos derechos y las mismas obligaciones. Derechos que en muchos casos son vulnerados precisamente por aquellos que se quieren significar con más fuerza. ¿Cómo -si no- se puede comprender que haya defensores del aborto (matar a un feto) o de la eutanasia (matar a una persona)? Tampoco es de recibo admitir, por ejemplo, que deba haber igualdad física entre hombres y mujeres, porque nuestra naturaleza, creada por Dios, está por encima de los deseos.

En cuanto a la paridad en puestos de trabajo, lo de la igualdad tampoco tiene sentido porque en estos casos debe primar -siempre- el físico, la preparación, la habilidad y la preferencia de las personas. Prueba de que ello es que hay muy pocas mujeres dedicadas al campo, a la construcción o a la minería y sin embargo en sanidad y docencia arrasan con el 70 y 77% respectivamente. ¿O es que sus supuestos defensores van a obligar a que las mujeres se dediquen a tareas que nos les atraen por una malentendida paridad?

A mí, sin embargo, me encanta ver empresas en las que casi todas son mujeres y en otras todo lo contrario. Porque creo que eso es la verdadera democracia.