Transportar a los toros en camiones (en menor medida en vagones de tren) perfectamente adaptados es hoy día algo habitual, no se concibe de otra manera. Pero hubo un tiempo que no fue así, que los toros se trasladaban en manada, de manera libre, acompañados de mansos, los vaqueros y el mayoral. Esto empezó a cambiar en la segunda mitad del siglo XIX, siendo el primer traslado el 28 de junio de 1863, como cuenta el semanario El Ruedo en esta anécdota que compartimos.
El primer toro de lidia transportado en un cajón fué uno de doña Gala Ortiz, de San Agustín, enjaulado en Madrid para trasladarlo a Barcelona, donde se lidió el 28 de junio del año 1863. Este procedimiento se impuso en cuanto se generalizó el ferrocarril, pero la innovación, como todas las novedades, o muchas de ellas, produjo protestas y polémicas y se discutieron ampliamente, con tal motivo, las ventajas y los inconvenientes.

Aún coleaban los alegatos en contra algunos años después, y a este propósito reproducimos lo que publicaba el periódico taurino de Málaga El Tío Juanero, en 1877:

«¿Cuál es la causa que modifica el carácter salvaje de las fieras? La reclusión. En los estrechos límites de una jaula, el animal más feroz acaba por domesticarse y perder las fuerzas prodigiosas que desarrolla en estado salvaje en los campos. Se le hace entrar en esas jaulas estrechas, sin ventilación suficiente…, proporcionándole para mayor castigo más cargas y descargas en la estación de salida y arribo…».

Este era el patrón de las censuras. Los primitivos cajones eran mayores que los actuales y tenían puertas de bisagras en lugar de trampas correderas. La práctica aconsejó el estrechar el tamaño de dichas jaulas para impedir que el toro pudiera revolverse dentro de ellas, evitando así el magullamiento, golpes, rozaduras y otros accidentes más graves.