Hoy compartimos un artículo de opinión publicado en El Ruedo por el gran don Antonio Díaz-Cabañate y titulado “Los enemigos de la fiesta”. Desgraciadamente creo que hoy la cosa está peor, pero este era el estado de la Fiesta en 1955 y conocer el pasado nos ayudará a mejorar en el futuro…
<<La fiesta de toros, como todo en este mundo, tuvo sus enemigos. Y empleo el pretérito porque creo que hoy no los tiene o, por lo menos, permanecen callados o se limitan a vociferar contra ella en privado. José María de Cossío, en su libro «Los toros», y en el capítulo titulado «Polémicas sobre la licitud y conveniencia de la Fiesta», ha estudiado este asunto con la erudición que le es propia, y para él las razones con que se han combatido las corridas pueden resumirse en tres: religiosas, económicas y de pura sensibilidad. Ninguna de las tres están vigentes hoy. Las tres han sido superadas. Una de ellas, la religiosa, totalmente; las otras dos son las que se flamean débilmente por los escasos y desconocidos detractores de los toros. Pero tampoco su fuerza y sus alegatos son los de antaño.

La Fiesta está por las nubes en cuanto al precio de las localidades se refiere. Pero hoy, más o menos, todos los precios se elevan a parecida altura y, por tanto, no le extraña a nadie. Se refunfuña, pero se paga. Los honorarios de algunos toreros son verdaderamente desproporcionados no ya a sus méritos, sino a lo normal que perciben los profesionales de cualquier arte. Tampoco esto es motivo para clamar contra las corridas. Todo lo más, originan lamentaciones amargas de aquellos que precisamente contribuyen a engrosar esas fantásticas sumas. Porque la fiesta de toros no es obligatoria, como los impuestos. El que se sacude su dinero, que sirve para enriquecer rápidamente a unos cuantos toreros afortunados, lo hace voluntariamente, y si se queja, demuestra candidez. Con no ir a la Plaza, en paz.

La indudable e inevitable crueldad de la Fiesta ha disminuido en mucho. Detenerse a demostrarlo es perder el tiempo, porque está en el ánimo y en los ojos de todos. Por consecuencia, los espíritus sensibles apenas pueden quejarse. Y, en efecto, apenas se quejan.

De manera que puede asegurarse, no radicalmente, pero sí relativamente, que la Fiesta se halla libre de enemigos declarados que rompan contra ella con saña y tesón, como desde sus albores los tuvo. Los que no gustan de ella se limitan a desdeñarla. No se ocupan de sus incidencias. Y, sin embargo, la Fiesta sigue teniendo enemigos, y sin duda alguna infinitamente más importantes y dañinos que los de antaño.

Estos enemigos están dentro de ella, viven de ella, son sus parásitos, tan temibles y destructores como la carcoma, como la polilla, y que si los dejan —y por el momento se desarrollan y actúa n con toda libertad— acabarán dejando a la Fiesta hecha unos zorros, hecha una pena. A punto estuvieron de ello cuando la orgía de los pitones cortados. Intervino con eficacia la autoridad, y la Fiesta, convertida ya en grotesca mojiganga, ha cobrado nuevo aliento. Pero la autoridad no posee medios ni poder para extirpar a los parásitos que continúan su labor nefasta sin desmayo notorio. Me temo mucho que sea imposible su desaparición. Me temo mucho que su virulencia vaya en aumento. Todos los síntomas lo denuncian.

En los toros se ha perdido el sentido de la responsabilidad. El planeta de los toros va a la deriva, sólo y exclusivamente con la ilusión fija en la ganancia pronta y descomunal ¿Medios? Cualquiera, todos son buenos con tal de que el fi n sea el ansiado. Lo que el torero haga en la Plaza cuenta, pero no de modo definitivo, como antes.

Un torero mediocre puede enriquecerse, y se enriquece, quizá con más facilidad que un torero genial. Y esto es subversivo. Esto es peligrosísimo para la Fiesta. Pero como no existe la responsabilidad, nadie se ocupa de atajar la revolución, que campa por sus respetos, apoyada por un público falto de orientación sana. Unas cuantas voces aisladas nada significan, ahogadas por la balumba que tejen los parásitos, que a lo suyo van sin importarles las consecuencias. La balumba reina. Bien está. También los tronos caen. jPues que caigan, piensan los parásitos, a mí no me van a coger! No. A ellos, no; pero a la Fiesta sí.

La Fiesta se encuentra llena de enemigos cual nunca los tuvo. ¡Pobres literatos que clamasteis contra ella, vuestras palabras eran sólo eso, palabras que el viento se lleva!, casi necesarias para su sostenimiento. Los actuales enemigos no hablan, no escriben; hacen, ejecutan, destrozan a la chita callando, como la polilla, como la carcoma. Toda es euforia, bienestar, optimismo. Las Plazas de toros, llenas de colorines, de alegría, llenas de oro, que circula con profusión. Nadie ve a la carcoma, nadie ve a la polilla, que están dentro, escondidas, trabajando impunes, poquito a poco, sin prisa, seguras de su triunfo, seguras de que todo aquel tinglado, tan deslumbrante, pero tan falso, tan endeble en su aparente firmeza, es ya suyo, terminarán con él a la larga, si antes no se opone un remedio. U n remedio que ya no es fácil, porqué el mal se adentró muy hondo, pero todavía posible.

¡Ahora sí que vendrían bien, archibién, unos literatos que desenmascararan a las carcomas, a las polillas, con el desinfectante de su ingenio y de sus razones!>>.