Francisco José Contreras

La sociedad actual, se revuelve contra aquello que otrora fue su vigor, sentido y guía. Por eso siempre me resultó tan interesante la imagen creada por los medios y cierta literatura en torno al siglo XIX inglés, que transcurrió en su mayor parte bajo el reinado de Victoria.

¿Recuerdan el término moral victoriana como expresión de doble moral y represión?
¿Se acuerdan del menesteroso Oliver Twist y el humo negro de las fábricas sobre Londres?
Pues bien, para redescubrir el siglo XIX inglés, contaremos con la ayuda de Francisco José Contreras.

Francisco es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Columnista en Actuall.com y Disidentia.com. Autor de libros como “Liberalismo, catolicismo y ley natural”, “Nueva izquierda y cristianismo”, “Una defensa del liberalismo conservador”, y otros.

Gracias en primer lugar.

Gracias a usted por entrevistarme

En esta incursión por la época victoriana abordaremos tres temas fundamentales: mujer-feminismo, nivel de vida de la población y consolidación de las llamadas libertades burguesas (libertad religiosa, de pensamiento, de asociación…). He decidido centrarme en este periodo histórico y en concreto en Inglaterra por ser la vanguardia de las 2 revoluciones industriales y el objeto de tantas novelas y películas.

En primer lugar, ¿cómo valora usted el periodo comprendido entre 1837 y 1901 teniendo en cuenta grosso modo los aspectos económicos, sociales y culturales?

Fue la edad de oro del liberalismo y de la hegemonía occidental en el mundo. La liberalización del comercio y la revolución industrial permitieron rápidos incrementos de la productividad y mejora general del nivel de bienestar. Los progresos de la medicina y la higiene aumentaron notablemente la esperanza de vida, dando lugar a una explosión demográfica en Europa y Norteamérica. Aunque España había perdido sus posesiones americanas en la década de 1820, Gran Bretaña, Francia y Holanda ampliaron sus imperios coloniales a partir de 1830, llegando a dominar gran parte del mundo. Aunque el colonialismo es un fenómeno ambivalente cuyo análisis excede el espacio del que disponemos aquí, creo que en conjunto fue positivo para los pueblos colonizados (de la misma forma que lo había sido la conquista española de América tres siglos antes). El siglo XIX asistió también a la abolición de la esclavitud: un formidable progreso moral que no se había dado en ninguna otra época o cultura. En el caso de EE.UU., la erradicación de la esclavitud costó una sangrienta guerra civil. Y se produjeron grandes avances en muchos otros derechos: libertad de prensa, libertad religiosa, derecho de voto (ampliación progresiva del sufragio, llegándose al sufragio universal masculino en varios países en la segunda mitad del siglo).

Francisco José Contreras

¿A qué se debe la visión que nos llega hasta hoy de esa época como una sociedad “atada” por el puritanismo y opresora de los pobres?

En casi todos los ámbitos, los valores que han triunfado en nuestra sociedad son antitéticos a los de la época victoriana. Por tanto, se ha demonizado a aquella época como represiva y cruel. Creo que no lo fue: fue una etapa de progreso y esperanza. Es cierto que se dieron situaciones muy duras de hacinamiento en barrios obreros insalubles, duras jornadas laborales, trabajo infantil… Pero esa pobreza era consecuencia del rápido aumento de población. Sencillamente, individuos que en épocas anteriores habrían muerto de hambre o enfermedad, ahora sobrevivían (gracias a la medicina y la industrialización), aunque en condiciones maltrechas. Por otra parte, la pobreza antes de la revolución industrial era omnipresente, y se daba simplemente por supuesta, es decir, no suscitaba escándalo. En el siglo XIX la pobreza empezó a suscitar indignación, precisamente porque ahora se sabía que no era “lo natural”, que podía y debía ser evitada. El problema es que los socialistas culpaban de la pobreza al capitalismo… cuando en realidad el capitalismo era lo que estaba generando ese gran progreso material de la sociedad. Pero no podía hacer milagros: no podía hacer desaparecer la pobreza instantáneamente.

¿Tiene algo que ver Dickens y su obra literaria?

Sí, por supuesto, las obras de Dickens han contribuido mucho a la visión miserabilista del siglo XIX. Dickens escribía movido por una inquietud moral sincera por la suerte de los pobres. Y, de hecho, sus obras sirvieron para mover conciencias y multiplicar las iniciativas filantrópicas. Por ejemplo, “Oliver Twist” tuvo un impacto tal que el Parlamento nombró una comisión para investigar las condiciones de vida en los hospicios de huérfanos. Sus conclusiones fueron que la situación no era en absoluto tan mala como se pintaba en la obra.

Surgimiento del asistencialismo…

Claro, es otro aspecto muy interesante de la época victoriana, olvidado en la actualidad. Sí, había al principio mucha miseria en los nuevos barrios de las ciudades, que acogían a las multitudes que abandonaban el campo. Pero también hubo una admirable proliferación de “friendly societies”, asociaciones filantrópicas que socorrían a los pobres (y no sólo en lo material: también procuraban fomentar en ellos las virtudes de la autoprovisión, para que pudieran mantenerse por sí mismos: por ejemplo, cuidar su higiene, dejar el alcohol, casarse y formar un hogar…). En el siglo XIX la asistencia social fue asumida en gran parte por la propia sociedad civil. En el siglo XX, la asistencia fue asumida cada vez más por el Estado. Las consecuencias han sido negativas.

¿Una vez observada la parte económica y de condiciones de vida, en qué situación se encontraban las llamadas libertades modernas o burguesas a lo largo del reinado victoriano?

Como en todo lo demás, el progreso fue muy notable. La libertad de expresión era muy amplia: Marx no tuvo ningún problema para ir publicando en Londres (a partir de 1849) obras que proponían la destrucción de la sociedad que le había acogido. También Darwin pudo publicar en 1859 su “Origen de las especies”, que tanto iba a sacudir la cosmovisión de una sociedad que todavía era cristiana, aunque con una religiosidad ya en declive (el censo eclesiástico de 1851 mostró que el 50% de los ingleses asistían al culto dominical: es muchísimo comparado con las cifras de ahora, pero poco comparado con épocas anteriores).

En Inglaterra había existido desde la Reforma una grave discriminación (y, en etapas anteriores, persecución) de los católicos, que se concretaba jurídicamente en las llamadas “penal laws”. Las más severas habían ya sido abolidas en 1793; pero en 1829 la Catholic Relief Act terminó de equiparar los derechos de católicos y anglicanos (subsistieron algún tiempo otras discriminaciones en el ámbito académico: por ejemplo, para ser titulado por Oxford o Cambridge había que jurar los 39 Artículos de la fe anglicana).

La mujer, sus derechos y condiciones de vida, es un tema al que recurren mucho los enemigos de la moral sexual tradicional, del concepto natural del matrimonio y de la familia como formas de represión social. ¿Cuál fue realmente la situación de la mujer? ¿Hubo cambios jurídicos?

Las feministas actuales pintan a la familia decimonónica como un horrible patriarcado, con las mujeres prácticamente como esclavas. Es cierto que, especialmente las mujeres casadas, tenían sus derechos legales limitados y necesitaban autorización de sus maridos para muchas cosas. Pero esto no obedecía tanto a una concepción misógina como a una visión de “esferas separadas” y división del trabajo: se estimaba que la misión natural de la mujer era la maternidad, la educación de los hijos y el trabajo doméstico, tareas más que suficientes para llenar una vida en una época anterior a los electrodomésticos y en la que el número promedio de hijos era todavía de cinco o seis. Aunque con derechos legales recortados, las mujeres ejercían un poder fáctico importante dentro del hogar. Por ejemplo, era frecuente que el marido entregase su sueldo a la esposa, y ésta lo administraba, asignando al marido dinero de bolsillo para sus gastos.

Las feministas pintan todo aquello en clave de guerra de sexos y de dominación de las mujeres por los hombres. En realidad, existió una colaboración fructífera, como demuestra el gran progreso conseguido en todos los ámbitos por la sociedad victoriana. Eso sí, una colaboración basada en unos supuestos sobre los roles de género –el hombre en la esfera pública, la mujer en la privada- que hoy no podemos compartir. Por cierto, determinadas investigaciones (la de Elizabeth Roberts, por ejemplo) demuestran que, en general, las mujeres de la época no se sentían explotadas, y que eran felices en su papel.

Por lo demás, determinadas mujeres excepcionales destacaron en la vida pública: en la literatura (Jane Austen, las hermanas Brontë o George Eliot), la filantropía (Florence Nightingale) o incluso la política (Helen Bosanquet, Beatrice Webb). En la misma época, en España teníamos a las Fernán Caballero o Emilia Pardo Bazán. Además, hubo una evolución: la incorporación de la mujer a la Universidad, por ejemplo, empezó ya en la segunda mitad del siglo XIX, con la fundación de colleges femeninos como Girton o Newnham. Y comenzó el movimiento de las sufragistas, que conseguiría el voto femenino ya entrado el siglo XX.

Actualmente uno de los problemas más acuciantes que tenemos es la bajísima natalidad, parece ser que los victorianos si engendraron muchos más hijos ¿no es cierto? Hoy en día se suele ridiculizar el tener un gran N.º de hijos como falta de planificación y racionalidad…

Sí, como dije antes, fue una época de alta natalidad y explosión demográfica (al reducirse progresivamente la mortalidad infantil). La nuestra, en cambio, parece abocada a un invierno demográfico que traerá problemas terribles. En ese sentido, resulta un tanto patético el aire de superioridad con el que el progresista contemporáneo se permite despreciar a aquellos victorianos, tan pacatos, puritanos y machistas. Puede que lo fueran… pero la suya era una sociedad sostenible y ascendente. La nuestra es insostenible y declinante. Entre otras cosas, porque ya no somos capaces de formar familias sólidas ni de tener hijos en número suficiente. Ellos sí lo fueron. (Por cierto, una de las características de la era victoriana es la solidez familiar: el porcentaje de nacimientos extramatrimoniales, por ejemplo, bajó desde el 7% a principios del reinado de Victoria (1837) al 4% a finales de siglo; en la actualidad, el porcentaje es del 49% en Gran Bretaña y del 43% en España).

¿Cabe establecer una distinción clara entre el feminismo de 1ª ola y el de 2ª y 3ª ola?

El feminismo de primera ola sería precisamente el de esa época (las Millicent Fawcett, Josephine Butler, Alice Paul, etc.), que sólo buscaba igualdad de hombres y mujeres ante la ley (voto femenino, igualdad jurídica marido-mujer dentro del matrimonio, etc.). Esas reivindicaciones, muy razonables, empezaron a ser satisfechas ya en época victoriana, y se completaron a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Es entonces, a mediados del siglo XX, cuando surge el feminismo de segunda ola, comenzando por Simone de Beauvoir en “El segundo sexo” (1949): se estima ahora que no basta con la igualdad ante la ley, porque la mujer sigue esclavizada por la maternidad y el matrimonio. Al mismo tiempo, el feminismo cobra una coloración neomarxista de guerra de sexos, con autoras cada vez más radicales, como Kate Millet, Shulamith Firestone, Germaine Greer… Sus nuevas reivindicaciones serán el aborto, los anticonceptivos, la destrucción de la “familia tradicional”, la liberación sexual de la mujer…

Finalmente, la tercera ola se identifica con la “ideología de género”, con Judith Butler (Gender Trouble, 1990) como gran referente. Ahora ya se estima que es el concepto mismo de “mujer” o sexo femenino el que resulta opresivo. Frente a la categoría biológica del sexo (masculino o femenino), se hace valer la de “género”, entendida como construcción cultural, o como percepción subjetiva (soy lo que yo decida o perciba, no lo que digan mis genitales y cromosomas). Al perder su anclaje en la biología, los “géneros” pueden ser más de dos, pues también se critica la “dictadura de la binariedad”, así como la “heteronormatividad” (o sea, la idea según la cual lo normal es que cada sexo se sienta atraído por el opuesto). Lo que ocurre es que la ideología de género, llevada a sus últimas consecuencias, desemboca en la autodestrucción del feminismo. Pues el feminismo es la defensa del sexo femenino, y la ideología de género termina proclamando que los sexos no existen. “El sexo siempre fue género”.

Muchas gracias por atendernos.

Gracias a ustedes.

Entrevista realizada por el colaborador Borja Ruiz