exhumaciones

En todos los años que llevo de vida (muchos gracias a Dios) no he oído ni leído tanto de exhumaciones como ahora. Está claro que no es apetecible estar involucrados, por intereses espúreos de unos cuantos, en conversaciones relativas a desenterramientos. Pero es lo que hay y, por tanto, todos tendremos derecho a opinar sobre la pertinencia o no de las exhumaciones por razones políticas que ahora están tan de boga.

El perdedor de todas las elecciones, presionado por su vicepresidente ejecutivo virtual, y, apoyados, ambos, por todo el arco comunista, terrorista e independentista, haciendo oídos sordos al mensaje que nos dimos los españoles con la Constitución de 1978, ha decidido exhumar, por decreto, los restos mortales de Franco, vendiendo que esta decisión era un acto de justicia. Nada más incierto pues el acto de justicia fue precisamente nuestra Constitución suscrita por una enorme mayoría y que llevaba implícito el perdón de todos a todos, y el olvido -sin decretos- de todos los actos criminales anteriores al 36, con miles de asesinatos, persecuciones y destrucción de edificios religiosos.

Pero ese generoso y acertado borrón y cuenta nueva, no le vale al perdedor de todas las elecciones. Él quiere la exhumación a toda costa. ¡ya veremos! Pero lo que no podía suponer este presidente -tan altanero como ineficiente- es que ¡mira por dónde!, alguien haya dado con la horma de su zapato y, aunque a regañadientes, y bastante cabreado, no ha tenido más remedio que ordenar que se “exhume” su doctorado cum laude porque, al parecer, lo tenían tapado y bien tapado, debido al insoportable olor que desprendía. ¡¡¡vivir, para ver!!!