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La primera vez que pisé la capital de España fue la antigua estación de Atocha. Inmediatamente cuando me bajé de aquel tren, departamento de madera y miré hacia arriba y observé la altura de su nave, quise compararla con la de mi Córdoba, permanecí unos segundos acomplejado, el bullicio, el ir y venir me hizo ver que no estaba soñando, puesto que mi maleta me recordaba que iba para cumplir mi deber como español, es decir, el servicio militar.

No sé si lo habré dicho alguna vez, pero a mí Madrid me chifla una enormidad. Me enamora por donde pisan mis pies en esa ciudad a la que llaman de Madrid al cielo. Bien es verdad que los tiempos cambian que es una enormidad. Somos nosotros los que las cambiamos con todo tipo de ordenanzas, regímenes y leyes, bien es verdad, que unas veces para bien y otras, las más, para estropearlas.

ANTES podías caminar, ver escaparates y hacer la compra, ir a ver una buena película de estreno o una buena obra de teatro, meterte en una de las buenas confiterías y merendarte una buena Napolitana con su café correspondiente. Y si hablamos de la noche madrileña, es la Gran Vía y todas las calles que van a encontrarse en la puerta del Sol. Donde a muy pocos metros tenemos la Plaza Mayor. El arco de cuchilleros con sus mesones y cervecerías y algunas cantinas, donde se deleitan un sinfín de tapas de todo tipo. Y si caminamos a la calle Huertas y sus calles adyacentes, nos deslumbran con sus aperitivos, tapas y buena cerveza. Sus monumentos a todo lo largo y ancho de esta gran ciudad de Madrid, las hemos visto casi todos los españoles, además no habría tiempo ni espacio para recodarla como yo la recuerdo en tiempos pasados.

AHORA apenas puedes caminar por el centro de Madrid. Y si es con coche imposible, a no ser que vayas en taxi. La capital de todos los españoles, ha dejado de serlo: así de cruel y así de sencillo. El centro está acampado por manteros, y si debo ser sincero hace cuatro o cinco años antes, los había solamente en la calle Arenal, ahora y en doble fila nos los encontramos en esta calle mencionada, en Arenal hasta llegar a la Plaza Mayor, donde allí tenemos que caminar con mucho cuidado ya que puedes pisar el tenderete de bolsos, de gafas o de cualquier otra prenda, menciono lo de cuidado porque podemos pisar estas prendas y ya sabes la calle es suya, no de los madrileños y de todos los españoles que visitamos la capital de España.

El Madrid de ahora ha cambiado 90 grados al Madrid de antes. Debes andar con cautela, eso sí, te avisan los hoteles, los taxistas, los amigos y parientes que debes estar atento a los amigos del descuido: los de lo ajeno acampan por los cuatro costados de todo Madrid. Antes observabas los manteros correr cuando venían los municipales, ahora estos se pasean delante de los manteros, solamente les falta saludarse con un hola o buenos días, cosa que he visto los últimos 15 días del mes de agosto en la Plaza de Callao. Y no hablemos del metro un sábado o domingo.

EL DESPUÉS, ¿que nos deparará visitar Madrid?, pues lo mismo que Barcelona, Alicante o Valencia, incluida la costa andaluza. El después es un enigma solamente con ver lo que estamos pasando y llevamos andado, lo que nos queda por ver será un misterio. Todos los días lo vemos en la tele, en los periódicos y en cualquiera de los medios informativos que tenemos en España, solamente hay que ver los telediarios que solo comunican peleas, crímenes, robos y pisos donde los okupas se han metido en viviendas que no son suyas.

Los escaparates no los puedes ver, en su plataforma hay cabeceando una o dos personas que te aterrorizan solo con verles. Las trabajadoras sexuales quieren tener su sindicato. Cada día entran en territorio español cientos de inmigrantes de color saltando las vallas y arrojando todo tipo de porquerías a la guardia civil, donde en muchos casos tuvieron que ser hospitalizados para curarse heridas protagonizadas por estos violentos que dicen que son inmigrantes.

Estamos observando que las pateras llegan hasta la misma costa dando un espectáculo grotesco, las personas que están pasando un día en la playa con sus hijos, asisten asustados, como muy bien me ha dicho un amigo que estaba en la playa de Santi Petri (Chiclana) hace dos días y presenció la hora H del desembarco, donde llegó una patera llena de personas de color.

El después ha llegado, no se sabe cuánto acontecerá, pero nada bueno debemos esperar, la situación es crítica, caótica y de unas dimensiones que los políticos no se atreven en contestar. La manecilla del reloj se está parando, hay que cambiarle la pila. Las autoridades están a verlas venir, nadie pone coto a tanto desmadre.

De los salarios que nos bloquean en el día a día ¿no entran en su trabajo estos atropellos, desordenes e ilegalidades o hay que dar la voz de socorro, pues yo la doy ahora mismo: socorroooooo.

Hace tres días que llegué de la capital de España y ¿saben cuántos días he estado sin salir? De los 14 días que iba a estar, he estado la mitad de ellos. Por ahora Córdoba me ha devuelto la alegría.