presidente

Hace unos días, en el Palacio de Marivent, de Palma de Mallorca, se celebró el habitual despacho de Su Majestad el Rey Felipe VI, con el presidente del Gobierno español, y perdedor de todas las elecciones. Y el resultado no pudo ser más decepcionante.

Está visto que en ansia de poder que tenía el actual inquilino de La Moncloa no estaba basado precisamente en su talento, ni en su talante, ni en su patriotismo o en su buen hacer. Y lo que ha puesto en práctica es el “andar de puntillas” con todo lo que pueda afectar negativamente a alguno de sus repugnantes socios, porque le puede costar el puesto. Lo primero que debería haber hecho el perdedor de todas las elecciones es pedir a Torra que para recibirlo hace unos días en La Moncloa debería desprenderse de la solapa de su chaqueta ese despreciable lazo amarillo. Porque todo el mundo conoce que ese lazo quiere decir que en España hay políticos presos, lo que es una mentira que nadie puede tolerar y menos el inquilino de La Moncloa.

Si hubiera actuado como un buen político y como un hombre cabal, le tendría que haber negado la entrevista con el lazo puesto. Y, después, en la comparecencia con Su Majestad Felipe VI, a la que me refiero al principio, le faltó dejar claro -en aquel mismo momento- a todos los españoles, y a todo el mundo, que Felipe VI es el Rey de España y, como tal, nadie le puede vetar en nuestro territorio y no necesita ningún salvoconducto (y menos de unos independentistas) para viajar, cuándo cómo y dónde quiera.

Y, sería de justicia, que el presidente del Gobierno, juntoa todos los españoles de bien, mostrásemos a Felipe VI nuestro agradecimiento por su ejemplar ejecutoria, que lo acredita como uno de los mejores Jefes de Estado que hay en el panorama mundial.

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