isabel la católica

Queremos compartir un relato histórico protagonizado por Isabel la Católica, a la que por lo sucedido, se le atribuye la creación del toro embolado. Una historia contada por Julio Escobar.

<<Debió de ser el 24 de junio de 1494. Unos días antes, hallándose los Reyes Católicos en el Castillo de la Mota, de Medina del Campo, o en el palacio que los soberanos tenían en uno de los ángulos de la Plaza Mayor medinense, junto al Arto y cerca de las Casas Consistoriales, ya desaparecido -que fué donde expiró doña Isabel el día 26 de noviembre de 1504; en el año treinta desu  einado y a los cincuenta y tres años de su edad-, decidieron los soberanos trasladarse a Madrid acompañados de sus hijos mayores, Isabel y el príncipe don Juan.

El itinerario que entonces seguía la calzada era el siguiente: Medina del Campo, Ataquines, San Vicente, Palacios de Coda, Arévalo, Santa María la Real de Nieva, Segovia, la Fuenfría, viertiente meridional del Gudarrama, y, por fin, la que sería después capital de España. Era un camino polvoriento y lleno de baches, entre tierras de labranza y tal cual otro pinar, robledo o encinar, con algún mesón o venta en descampado, para amparo y descanso de viajeros y acémilas. Los reyes irían en carro tirado por mulas, con el debido acompañamiento de caballeros y servidumbre. La primera detención del cortejo real fué en Arévalo, donde hallábase sumida en penumbrosa melancolía la reina madre, es decir, doña Isabel, viuda del
serenísimo señor don Juan II de Castilla, acompañada de la que fué ama del principe, ambas recluidas en la fortaleza arevalense, asentada en el espolón norteño de la loma, donde engalga su caserío la ciudad ilustre, bien encrestada de torreones y campanarios, sobre la altura mollar y descarnada, en cuyo fondo de alamedas y verguerías, el breve caudal del Arevalillo se entrega de lleno en la corriente del Adaja, que viene de Ávila y va a tierras de Olmedo, para morir, poco después en el propio Duero.

Refiere el historiador Fernández de Oviedo, al tratar de este vieje que “en el trayecto de Medina a ´Arévalo fué tan asfixiante el calor y tan escasa la previsión de los aposentadores, que dos mozos de espuelas y un negro de la servidumbre del mayordomo de la reina se abrasaron de sed en el camino”. Mucha y fuerte canícula sería aquella para producir tan graves males, y eso que no había finalizado aún el mes de junio, que no es, ni mucho menos, el más fuerte de calores en Castilla, sino de Virgen a Virgen; es decir, de mediados de Julio a la mitad de agosto.

El príncipe celebró en Arévalo su onomástica de aquel año, y para festejarle, y sabiendo los gustos y aficiones del que había venido al mundo en Sevilla y hacía honor a su nacencia, fué organizada, entre otros festivales, una corrida de novillos en la Plaza de la Villa, al amparo del ábside románico de Santa María la Mayor, las Casas Consistoriales, las torres gemelas de San Martín; y tres lados de repórtales corridos, sobre los cuales sacaban el pecho, bien enlucido, casonas de hidalgos, labradores y artesanos, fieles subditos unos y otros de la reina madrileña, rosada como el alba, con cabellos del color de los trigales maduros y unos ojos entre celestes y marinos, que reflejaban mediodías rientes y triunfadores.

Al dar cuenta de esta novillada, un testigo de la época refiere que los toros eran de Compasquillo y muy bravos, pues que dieron muerte a dos lidiadores y a tres o cuatro caballos.

Como en esta plaza arevalense de la Villa se celebraron novilladas hasta finales del siglo pasado, trasladándose después el Coso taurino a la plaza del Real, y posteriormente a la del Arrabal, que es donde hoy todavía tieren lugar durante la feria de junio -no merece la pena señalar las pocas corridas dadas en el campo de los Descalzos, y sí, en cambio, lamentaría la desaparición de la Plaza de toros que frente al antiguo parador, y antes convento de San Francisco, evitó durante algunas anualidades el espectáculo duro y cruel de las capeas, aunque, por otra parte sea un exponente sincero de los desbordamientos singulare de nuestra raza-, suponemos que el toril estaría en la placita anexa, desde donde desciende el callejón que va a dar hoy al matadero, y que el encierro tendría que ser por San Martín y San
Nicolás, o bien, desviando las reses por San Miguel.

Lo cierto es que Isabel la Católica, al ver aquellas desgracias, donde perdieron la vida personas y animales “sintió mucha pena de ellos”. Y agrega el historiador, “e quedando congojada, de allí a pocos días, mandó correr otros toros en la misma Arévalo para ver si sería provechoso lo que tenía pensado. Mandó que a los toros, en el corral, les encajasen o calzasen otros cuernos de bueyes muertos, e que así puestos se los clavasen, para que no se les pudiesen caer los postizos, e como los ingertos volvían los extremos e puntas de ellos sobre las espaldas del toro no podían herir a ningún caballo ni peón, aunque les alcanzasen, sino dalle de plano, e no hacelles otro mal”.

El duque de Maura, que también se ocupa de este singular episodio en su obra “El príncipe que murió de amor” muy digna, por lo bien escrita, de alabanza, añade que la parodia taurina debió de contrariar sobrfmanera a don Juan, harto mortificado ya por la ausencia de Juana de la Torre, su ama.

De lo que uno no está muy seguro es de que algún lector, reparando con cierto detenimiento en el truco que doña Isabel la Católica inventó para esta corrida en Arévalo, dándose una palmada en la frente, no diga con rebote estimulante: “¡Cuernos! ¡Doña Isabel era un genio precursor! ¿Por qué no se nos ocurre ahora, que tanto hablamos y pensamos para hacer cada vez más inofensivos a los toros, encajarles cuernos en los suyos propios, de bueyes muertos en el matadero municipal?

Cierto que el heredero de la corona de Castilla y Aragón sintió mucho malestar con semejante farsa, y que, bajo su palio da seda y oro, que sombrearía la balconada de su palco, al lado de los reyes, sus padres, y entre duques, condes y grandes señores, caballeros y damas, dando frente a la masa popular aglomerada en ventanales balconcillos y tablados, sentiría fuertes y briosos deseos de proclamar a gritos la condenación de aquella mojiganga. Pero si lo pensamos con algún detenimiento, hogaño no tendría muchos detractores de esta calidad la parodia arevalense, y más de cuatro lidiadores saltarían gozosos ante la posibilidad de acatar y poner en práctica aquella ¡dea de la más fiel y mejor soberana que gobernó
España, a la que dió tanta honra y provecho>>.

Fuente

La corrida de las sillas…