Reproducimos un artículo publicado en memoria a Manolete en el séptimo aniversario de su muerte, hoy que se cumplen 71 años de su cogida mortal en Linares. Un artículo firmado por José Vega y que dice así:
<<Córdoba, buena depositaría de aquellos pomos magníficos que creó y acunó Ronda, parece que tenía reservado el privilegio de darnos un torero —y un torero— cuya raír de quietud, casi lindante con el automatismo y la rigidez, había de dejar una estela. Esta ha fecundado luego formas y modos que elevan o hacen decaer la personalidad de un lidiador. Es decir, que acusan esta personalidad o la, niegan. Tal vez por esto se ha lanzado la especie —no desprovista en absoluto de razón— de que «Manolete» fué un torero de decadencia. Lo cual no quiere decir que él no fuese un maestro de su arte. Su arte. Suyo, inconfundible. ¿No se ha dicho igualmente de grandes figuras literarias y pictóricas? Y es que es la ley de vida que quien fecunda crea y agota. Cierra con su gesto —con su expresión— una línea remota y mantenida, para abrir otra con un impulso juvenil de savias antiguas. Nuestra dicción popular lo ha concretado muy bien: «vino viejo en odres nuevos». Juventud de siempre en inquietud y madurez de ahora. No del momento que pasa, sino del momento que vive. Y este momento, este aire de permanencia, es el que asumió «Manolete» en la rúbrica de su arte agotador y maravilloso.

Quietud de angustia y de sangre,
fermento de luna y fragua,

que dijo el poeta.

Cuando apareció en los ruedos «Manolete» no se presumió el alcance de su arte, porque éste era algo que necesitaba hacerse, plasmarse y, como toda creación de auténtica raigambre, de veraz contenido, érale precisa una elaboración, un juego de tiempo lento —como diría un musicógrafo— para que el sedimento de la plenitud se produjera.

En realidad, todo lo que no es fugaz, pasajero —de liviana y deleznable construcción—, requiere el acento de la espaciosidad, la pausa ascendente de su curso. Por fortuna, los días permitieron al diestro cordobés el disfrute de expresar el acento de su personalidad, aunque no tardaron en manifestarse avaros de su tesoro y devorarlo, como las fieras a su domador. Es el hado de tantos y tantos elegidos, la suerte y la gloria de no pocos hombres cuya vida ha de dejar una estela, a despecho de su malogro. Y la estela de «Manolete» está ahora aquí, presente, en nuestras apetencias y exigencias taurinas. Ella nos hace
apreciar el trabajo de los diestros con una lente que ya no puede enturbiarse. Algo —o mucho— de lo que sucedió después de ver y admirar el toreo de Juan Belmonte.

El mínimo de nuestras aspiraciones de espectador se ha afinado, se ha hecho más buido, no admite esas mellas que en un tiempo no sólo se disculpaban, sino hasta se aplaudían. Además, la limitación del toro acusa, apremia sobre el valor y el arte del torero. La estela manoletina luce y alumbra con luz propia, y es difícil sombrearla y pretender que lo gris —lo mediocre— brille con fulgores que no le pertenecen o se atribuya luces que no posee.

La muleta, sobre todo todo, de «Manolete» trazó en el arte taurino un signo de imposible fugacidad. Marca una época de estilización cumbre, de temple casi exhaustivo (sirva la frase), y sintetiza en apretada estampa lo que el genio torero era capaz aún de promover. Con esto no queremos decir que el espada de Córdoba se haya llevado la llave de la postrera expresión de un estilo. No. Su gesto puede clausurar una línea del toreo. Sin embargo, precisamente por esta virtud de cerrar un determinado instante

Creó un impulso nuevo
de gracia y de destreza;
un mundo en que renace
el que Ronda legó.

He aquí un puntal formidable para esa trayectoria, ya bien estudiada, por algunos tratadistas, de la paternidad rondeña sobre el arte taurino cordobés. Lo que nos lleva a no considerar aisladamente —con exclusivismo apasionado— un estilo. O sea que aun la más cacareada espontaneidad tiene en su entraña una levadura de siglos. Llamémosla evolución, hereditarismo, perfeccionamiento
—el nombre  no varía la sustancia.

¿Tenía sabor propio el pase natural de «Manolete»? ¿Y la actitud de espera estatuaria que tan bien caracterizó al diestro insigne? ¿Y su manoletina? ¿Y su despejo indiferente ante y frente al toro?

En efecto. Todas y cada una de estas facetas encerraban una enorme personalidad. Pero en todas ellas palpitaba un rescoldo —refinado, quintaesenciado ya— de aquel espíritu que resumió en su fase primitiva un espada al cual evocamos hoy con perspectiva de mito, de leyenda, de sueño: Pedro Romero.

Inadmisible es de todo punto —a pesar de que alguien lo ha intentado— separar el arte de «Manolete» de la jerarquía rondeña. Entonces, ¿con quién emparentarlo? Además, en su órbita, en su tierra, en su alma, guardaba el malogrado héroe taurino una tradición. La gran tradición que recogió esa maravillosa gracia cordobesa. Y «Manolete» fué uno de
sus últimos califas.

Conocimos a «Manolete» pocos meses antes de su óbito. Apenas cruzamos con él veinte palabras. A nuestro alrededor se hablaba de su próxima despedida. El torero
seco, cenceño, con una lejanía secreta en los ojos, dejaba charlar y charlar en torno suyo. Había en su actitud un no sé qué de ausencia y de esperanza. ¿De nueva vida? Acaso —más bien— de nueva gloria. De quien glorificaría su arte con el drama tremendo de su sacrificio por él.

Pero la estela de «Manolete» habíase ya sedimentado. Señalaba una huella y esperaba un contraste. La espera está en vivo, caliente aún. Carne y áscua de futuro,
de posteridad:

Por eso tiene un fulgor
de luz que nunca se apaga,
estrella de nuevos soles
en la muleta y la capa.
“Manolete” no se ha muerto;
“Manolete” está en la Plaza.
¡Ved cómo tiemblan los toros
a la sombra de su estatua!…>>.

Manolete en el NO-DO… (VIDEO)