Nació en Córdoba, el día 4 de Julio del año 1917, y nació con el destino marcado en su cara grave. Desde la primera vez que se vistió de luces, fue calificado como: serio. Era un torero trágico, que encogía el corazón de los que veían sus hazañas… así empezaba la crónica Antonio Ortiz Villatoro.  Maestro ejemplar en el arte de contar corridas sin que le temblara el pulso y se le encogiera los latidos del corazón.
El día 29 de Agosto de 1947 a primera hora de la noche cundió por toda España la noticia de que era mortal la grave cogida que, al matar su segundo toro miura, y cuarto de la corrida de Linares, recibió el famoso matador Manuel Rodríguez Sánchez, Manolete, la mortal cogida que se veía en aquella enfermería de la plaza de Linares.

Por la angustia de su mirada—incluso, aún vivo—y el ictus de amargura  que se percibía en sus labios. Córdoba era una gran capilla ardiente. Densa, callada, Córdoba estaba llena de sentimientos, pasión sobre aquel gran torero.

Cada tarde aquellos que le hacían las crónicas  de sus corridas se quedaron mudos, no había palabras para definirlo  y plasmarlo en el papel. Fue un íntimo sentimiento, como una música, el jardín exuberante, de pena contenida, pena profunda, estoica y fatalista, pero pena de  muerte. Manolete, ese gran torero creo con su torería y pasos anhelantes con un deber histórico, se entregaba cada tarde plenamente. Cautivó a la gloria y se dio a ella en póstuma entrega de muerte.

Sus gestos de torero fueron gestos de Gran Capitán del toreo. Sus hazañas íntimas y universales, nacidas del ambiente y con sentido filosófico que agobia a Córdoba y que encarnó a Séneca. El ideal poético del artista puro; la muerte gloriosa y heroica, cierra la vida del que transformó la ciencia en arte y dio arte a la ciencia  del toreo.

En una pregunta  de K-Hito le dijo:” Yo lucho con esta seriedad mía; la gente me cree huraño y orgulloso y soy, ciertamente afectivo y sentimental, los que me tratan  son asiduidad lo saben. No tengo don de gentes, si el don de gentes es fingir el primer día lo que no se puede sentir” Su inmortalidad de hombre mortal era ya real, dentro de su vida y de la historia que iba constantemente escribiendo

No pude contener mi emoción al ver su féretro  salir en hombros de la Plaza de Toros  de los Tejares,  blanqueada de blanco y amarillo, tenía yo 7 años, mi padre gran aficionado al Arte de Cúchares no me pudo llevar a la puerta de la plaza para verlo salir y darle el último adiós.

Fueron  madre y una de mis tías, gran aficionada, las que me llevaron a ver salir a este otro califa del toreo para darle el último adiós. El silencio era absoluto, ceremonioso  en aquella tarde. Cuatro caballos negros, empenachados, arrastraban el coche del torero de la cumbre. Pocos caballos para su grandeza. Flores y cintas negras rompen la marcha. El entierro llega a la Torre de la Malmuerta, velos y crespones negros, visten su piedra oscura y una cascada de flores caen desde el cielo.

El sol se vistió de luces/ aquella tarde en linares/Surcos se ven en la arena/ella:; quiere ser sembrada con el tallo de tu cuerpo/ la fecunda cornada/. Las caras se torna tristes, la fiera cae humillada/ y el Señor va abriendo el cielo / para recibir su alma.

 

 

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