Reproducimos el artículo publicado en el semanario El Ruedo en su número publicado el 26 de agosto de 1954 y firmado por Areva. Un artículo dedicado al gran Pedro Romero, en el segundo centenario de su nacimiento y con ocasión de los actos que se preparaban en Ronda en su homenaje.
<<La bella ciudad de Ronda, atalaya rocosa que serpentea el Guadalevir, se prepara con afán para rendir público y fervoroso homenaje a Pedro Romero, con motivo del segundo centenario de su nacimiento.

Y dicho acto de exaltación a uno de los mejores toreros que los siglos conocieron, a aquel carácter sobrio, modesto y valeroso, genuino representante del nervio de la raza, no puede, a nuestro juicio, quedar circunscrito al reducido límite de su patria chica, sino que, por el contrario, deberá alcanzar la máxima resonancia dentro del ámbito nacional.

En Ronda, la vieja Arunda de los romanos, viene al mundo el 19 de noviembre de 1754 Pedro Romero. Hijo y nieto de toreros, lleva en la sangre la afición de sus mayores. Y desde muy niño anda ya por las plazas, en plan de entrenamiento, tomando parte en algunas funciones, hasta que Juan, su padre, le incorpora en su cuadrilla.

Discurren las lidias de por aquella época por cauces anárquicos, puesto que el verdadero arte se halla aún en embrión. Pero ante la presencia en los cosos de Costillares, Pedro Romero y Pepe-Hillo, la Fiesta experimenta una radical transformación.

Merced a estos tres nombres, el toreo adquiere nuevo impulso y comienza a practicarse con sujeción a reglas. Pasa de lucha violenta y desordenada a lidia metódica y regular; lo que hasta entonces hubo de ser temeridad inconsciente y alarde de valor frío se convierte en espectáculo artístico, ajustado a ciertas normas, que, si no evitan el riesgo, al menos lo alejan y disimulan en bastantes ocasiones.

Al correr de los años, la señera estampa de Pedro Romero se agiganta más y más. Maravilla e impresiona al mismo tiempo la vida del excepcional lidiador, al que, según un tratadista, podría considerársele como un César o Alejandro del toreo.

¿Cómo fué Pedro Romero y en qué consistió su mérito?

Todos los historiadores, antiguos y modernos, coinciden en el retrato físico del grandioso lidiador de Ronda, como asimismo en sus inigualables aptitudes artísticas, en su dominio, en su rectitud, en su hombría…

Alto y robusto, fuerte y valeroso, inteligente y sereno, ligero y firme de piernas, y con un arte tan especial y suyo, que no fué superado ni aun igualado por sus contemporáneos ni por muchas otras figuras que le sucedieron.

La muleta en manos de Romero era manejada con soltura, gracia y naturalidad, empleándola unas veces, según las condiciones de los toros, para adornarse sobriamente, otras para castigar o corregir resabios y todas para prepararles a la muerte. Y en cuanto a la suerte suprema, Pedro Romero era seguro, y toro que le tomaba el engaño, toro que recibía a ley, limpiamente, haciéndole morder el polvo de soberbia y mortal estocada.

Hombre serio y formal, sin jactancia ni endiosamiento, nunca buscó peleas ni competencias. Limpio su corazón de envidias y rencores, se limitaba a cumplir su cometido lo mejor posible, tratando a sus compañeros con afecto y auxiliándoles a lo largo de la lidia con sabio consejo  oportuno y eficaz quite. Mas su orgullo profesional, su sapiencia del arte, no consentían rebajamiento ante el público, y quienes intentaron enfrentarse con él, animados por el deseo
de arrebatarle gloria y aplausos, fracasaron en sus empresas, saliendo muy malparados.

La técnica del peculiar arte del coloso de Ronda, creador de la llamada escuela rondeña, consistía en ejecutar las suertes parado y tranquilo, sereno y ceñido, demostrando en todo momento valor consciente, sin arrebato ni atropellamiento. Casi en plena juventud, pletórlco de facultades y halagado por el aura popular, abandona Romero la profesión. Han sido veintiocho años de ejercicio Ininterrumpido, de azarosa existencia, de ruda lucha, durante los cuales ruedan a los pies del torero más de 5.600 toros, la mayor parte recibiéndolos. Y en
su amada Ronda busca el señor Pedro Romero el sedante para el espíritu y el tranquilo disfrute de un modesto peculio ganado con hartos sudores y fatigas, cosa esta última que no logra conseguir, porque, como expone al rey Femando VII, con fecha 6 de junio de 1830, al solicitar el cargo de maestro de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, las vicisitudes de los tiempos le han privado del fruto de decentes ahorros.

Resulta curioso el dicho escrito, donde más adelante insiste Romero en la precaría situación económica por que atraviesa al decir que confía en que recibirá esta prueba más de la real bondad, y en los pocos dias que le restan podrá vivir sin afanes y apuros qué ahora tiene.

Y como dato revelador del temple de aquel hombre, que a los setenta y seis años se considera con energías suficientes para recibir un toro, véanse las elocuentes palabras
con que termina su citada exposición: De cualquier modo, su brazo no está aún tan debilitado nue no pueda brindar un toro á la salud de V. M. y de la Reyna su Señora al llegar el feliz acontecimiento que con tanto afán se aguarda. Todavía espera Pedro Romero tener el gusto de postrarse a L. P. de V. M. antes que acaben sus dias, tener uno feliz presentándose a sus Soberanos y contemplando su Rl. semblante.

He aquí, pues, ligeramente esbozado, el perfil humano de un genio, de un hombre, de un torero, en cuya memoria se está organizando en Ronda el más cumplido homenaje
de admiración>>.

Pedro Romero y la suerte de recibir