Reproducimos la anécdota ocurrida entre El Gallo y el antitaurino y que nos cuenta José Montero Alonso en un artículo publicado en prensa. Dice así:
<<Cuando El Gallo brindó un toto a Eugenio Noel. Hoy, la pasión en torno a los toros surge del propio mundo taurino. La Fiesta no tiene frente a sí detractores. El público podrá ir a ella más o menos, unos toreros interesarán y otros no, pero en ralidad el espectáculo no tiene en contra las apasionadas diatribas de otro tiempo. El sentimiento antitaurino, minoritario siempre, halló su verbo más enardecido en Eugenio Noel por los años 1910 a 1915. El escritor -pluma excelentísima- era uncansabñe en su campaña: campaña antipopular, que le valía denuestos, contrariedades y chacotas constantes, que le tenía en continuo riesgo de agresión y que él llevaba adelante con un espíritu que no conocía el desaliento.

Publicaba artículos y daba conferencias. Le acompañaba siempre un revuelo de polémica, y muchas veces su llegada a cualquier localidad era ocasión de protestas y agitaciones colectivas. Noel, imperturbable, seguía adelante en su campaña. Combatía a la fiesta taurina no solo por esta en sí mismoa, sino por el ambiente que la envolvía y por creerla ligada a la decadencia española. “El torero, inconscientemente -llegó a escribir-, es el causante de todas las desgracias nacionales”.

Y he aquí, paradójicamente, que eun día al escritor antitaurino le fue brindado un toro. Ocurrió el hecho en la Plaza de Valencia. Eugenio Noel había recorrido palmo a palmo la provincia sando conferencias “contra el flamenquismo, que todo lo pudre en España”. Una tarde de corrida se hallaba sentado en la terraza de un café y un revendedor se le acercó. Era popular la estampa física de Noel por las abundantes melenas que el escritor se había dejado. El revendedor conoció al escritor y se atrevió a ofrecerle una localidad. “Tuve entonces -rocordaría después Noel. una de esas ideas que los españoles llamamos luminosas; acepté y pagué la entrada, y me fui a la enorme Plaza, la mayor de España”.

El escritor antitaurino fue a los toros. Sabía que su presencia amargaría el espectáculo al público. Se situó en un palco, y en seguida se corrió la voz de que estaba allí el encarnizado enemigo de la Fiesta. “Sin exagerar, sin mentir, la plaza entera ya no hizo otra cosa que insultarme, vociferar, escandalizarse…”. Allá abajo, en el ruedo Vicente Pastor y Rafael El Gallo miraban un poco asombradamente todo aquello. No cesaba el escándalo contra Noel, que lo aguantaba impávidamente. Llegó así el último tercio. El toro se llamaba Amargoso y le correspondía a Rafael El Gallo. El mozo de estoques le entregó a este la muleta y la espada. El torero se dispuso a empezar la faena, y entonces el vocerío popular se enardeció hasta límites ensordecedores. El Gallo se detuvo, indeciso. ¿Qué quería decir con todo aquello? Lo que el público quería es que Rafael, como un sarcasmo, brindase la muerte del toro al escritor antitaurino. Y así lo hizo el torero, a quien hubiera sido imposible rehuír la encrespada voluntad popular. “En dicha suya fue -contó luego Noel-, y por días de indulgencias se lo cuenten, que el Gallo aceptara, porque ni no allí mismo deja de ganar 6.000 pesetas en dos horas. Trémulo y rojo, como el hombre que no sabe lo que se hace o hace lo que le exigen sin saber por qué, el torero me brindó su faena. La copa de la amargura, llena hasta los bordes, temblaba en mis manos”.

Hizo el torero una buena fena y mató a Amargoso de una certera esticada. Los dieciocho mil espectadoresse unieron en el aplauso al diestro, aplauso que era al mismo tiempo la protesta contra el escritor. Fue concedida una oreja a Rafael, y este se dirigió al pie de la localidad en que Noel estaba, haciendo llegar al escritor el apéndice del toro. Noel, entonces, correspondiendo al obsequio, le arrojó una tarjeta, en la que iban estas palabras: “Vale por un artículo en El Pueblo”.

El artículo se publicó al día siguiente en el diario valenciano. Se titulada “La oreja de Amargoso”. Y en él, el escritor evocaba la tarde del brindis: “Quien pensó herirme en el corazón al obligar al torero a un brindis que no sentía, logró su objeto y me dio una buena puñalada -decía Eugenio Noel en aquel trabajo-. Gallito es na víctima de su público. Inducido por él, me quiso demostrar que es fácil matar a un toro cuando se tiene una espada en la mano, siete toreros al lado, una muleta en la otra mano, la barrera y después de haber banderilleado, picado y toreado al desgraciado animal”. No escondía ni paliaba Noel en su artículo la enorme violencia de la protesta popular aquella tarde. Arremetía contra el público más que contra el torero e insistía en su punto de vista de que la Fiesta y el anbiente taurinos estaban ligados a la decadencia nacional. Pedía también que a sus argumentos y sus razones contra los toros se le respondiese con otros argumentos y otras razones, no con insultos y burlas. Pedía que se le demostrase sus errores y sus equivocaciones. Y prometía seguir luchando desde el periódico y la tribuna contra la Fiesta y su ambiente. El artículo terminaba con estas palabras: “Pero, a pesar de la orej, hay Noel para rato, y presumo que serán necesarios muchos trofeos de esos para que yo me convenza de que mi patria está irremediablemente perdida”.

Valencia entera leyó el artículo en el que Noel correspondía al brindis del Gallo. Los puntos de vista del escritor tuvieron así, aunque no hubiera sido esa la intención del público que vociferó contra él, una difusión extraordinaria, mayor que el limitado eco de una conferencia o de un artículo normal. Durante muchos días se estuvo hablando de la corrida aquella, de Noel, del Gallo, del brindis, de la oreja y de Amargoso. Hubo algo, sin embargo, que el público no supo entonces; Eugenio Noel buscó, entre los gatos de su vecindad, tres, y les arrojó la oreja de Amargoso, que los felinos se comieron alborozadamente>>.

Esta es la anécdota que compartimos hoy, la de El Gallo y el antitaurino. Y es que siempre ha habido antitaurinos, unos más educados que otros…

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