las partidas

Hoy os traemos un artículo firmado por Barico II que hace referencia a la historia de la tauromaquia, hablando de las Partidas, Jovellanos y los toros y que dice así:

<<El mundo de los toros, como factor de integración ha ejercido su influencia en todos los círculos artísticos, pero sobre toro en la literatura. Ya en el primer código de la cristiandad, Las Partidas, iniciadas por Fernando III y concluídas por Alfonso X El Sabio, aparecen en algunas disposiciones sobre asuntos taurinos; pero su cita puede resultar un arma de dos filos si, como hizo Jovellanos, se examina el texto sin mesura y con afán oposicionista.

El ministro de Carlos IV tomó por base las Siete Partidas para organizar los espectáculos públicos, y, con un criterio bastante personal, trató de suprimir las fiestas de toros porque la ley 57, título quinto, partida primera, prohibía a los perlados acudir a ellas.

Quien no conozca el texto de la ley, creerá suficiente el argumento; sin embargo, hay que aclarar esta prohibición, inspirada en el espíritu piadoso que anima a la obra, se extendía a todos los juegos; “alanzar, o bohordar, o lidiar toros, o otras bestias bravas, nin ir a ver los que lidian. Otro si, non deben jugar dados, nin tablas, nin pelota, nin tejuelo, nin otros juegos semejantes destos, etc…” (sic). La posición del legislador es completamente lógica; se trata de adaptar al prelado de la vida común, de los entretenimientos vanos del pueblo; su fin en este mundo es superior y sus funciones basadas en el ministerio divino.

Si este era el argumento más calificado de Jovellanos, podría haber prohibido el juego de dados o el de pelota y no hacer de un gusto particular una cuestión de Estado.

Con anterioridad, la interpretación equivodada de Las Partidas, llevó a Isabel la Católica, a intentar suprimir la fiesta de los toros, pero ante el temor de la impopularidad, su disposición quedó reducida a la implantación de un sistema que consistía en envainar las astas de las reses en fundas inversas a los cuernos, con lo que se disminuía el peligro de los lidiadores. Claro es que el verdadero motivo de la animadversión de la reina se basaba en el origen árabe del espectáculo.

Al hablar de la sepultura eclesiástica, Las Partidas dicen que “non deben soterrar en los cementerios a los que mueren en torneos lidiando, nin a los robadores, nin matadores”. Únicamente con saber el significado de lidia se puede suponer que esta ley no se refiere a los que burlan a los toros, sino a los hombres que pelean entre sí hasta la muerte, costumbre muy extendida en la Edad Media y que trataba de suprimir la doctrina católica.

Jovellanos no cesa en su oposición, y llega a definir el toreo como “arte capaz de recibir todavía mayor perfección si mereciese más aprecio, o si no requiriese una especie de valor y sangre fría que rara vez se combinaran con el bajo interés”. En otra ocasión, el ilustre político y literato afirma que “sacada esta afición de la esfera de un entretenimiento voluntario y gratuito de la nobleza, llamó a la arena a cierta especie de hombres arrojados, que doctrinados por la experiencia y animados por el interés, hicieron de este ejercicio una profesión lucrativa, y redujeron por fin a arte los arrojos del valor y los ardiles de la destreza”.

Las afirmaciones de Gaspar Melchor de Jovellanos son tan arbitrarias como la ley cuarta, título sexto, de la séptima partida, en la que se fundamenta. DIce la ley, con un criterio muy particular, que son infames “los juglares, remedadores, los que hacen juegos y se envilecen ante todos por aquel precio que les dan. También son infames los que lidian con bestias bravas por lucro o por estipendio combates hombre a hombre, pues sus cuerpos aventuran por dineros en esta manera, bien se entiende que harían ligeramente otra maldad por ellos”. Pero cuando estos ejercicios se realizaban para recreo y diversión de reyes y señores, “non sería enfamado por ende, antes ganaría prez de hombre valiente e esforzado”.

Está claro que el modo de tratar la infamia demuestra un criterio muy elástico de justicia. El pintor que realizase una obra para venderla al público sería infame, pero si esta llegaba a manos de un rey desaparecería su mancha por el solo hecho de servir de solaz al soberano.

En realidad, el que se sirve de una profesión para obtener medios de subsistencia no es vil, aunque sea más noble dedicar sus beneficios para obras de caridad. Tal es el caso, en nuestros días y en la profesión taurina, del duque de Pinohermoso o de don Álvaro Domecq. Pero no todos están en igualdad de condiciones.

En fin, que a pesar de los muchos e importantes ataques que la fiesta española ha sufrido a través de su historia, se mantiene con toda brillantez. ¿Por qué? Es algo más que luz, color, dramatismo. Estoy por decir que tiene una espiritualidad>>.

Fuente

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