justicia

España es un Estado de Derecho, en el que es preferible renunciar a tus derechos, por tu bien, no sea que se cabreen el juez y el fiscal…

El Magistrado del Tribunal Supremo Pablo Llarena que, además de actuar contra los cabecillas del intento de golpe de estado que, tuvo lugar el otoño pasado en Cataluña, también tiene tiempo de participar en los cursos de verano de la Universidad Complutense, ha negado “categóricamente” -o sea, con rotundidad, de manera absoluta- el jueves, 26 de julio de 2018  que la Justicia española esté politizada… El juez que ha instruido el proceso contra los golpistas-separatistas catalanes, aseguró no haber recibido nunca injerencias políticas… Todo ello lo soltó sin ruborizarse, durante su participación en una mesa redonda del curso ‘Justicia y política: nuevos escenarios’ organizados por la Universidad Complutense de Madrid en ‘El Escorial’.

De todos modos, el juez Llarena se mostró comprensivo con la percepción a este respecto que puede tener la sociedad debido a la designación por parte del Parlamento de los magistrados que forman parte del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). “El riesgo de politización existe, y la mejor forma de acabar con ese riesgo es que los 12 vocales de procedencia judicial los nombren los jueces”, afirmó el juez.

Los comentarios de Pablo Llarena han sido cuestionados en las redes sociales por Joaquim Bosch, magistrado y portavoz territorial de Juezas y Jueces para la Democracia. Bosch recordó que el grupo GRECO del Consejo de Europa indicó que en España los magistrados del Tribunal Supremo no se nombran con criterios objetivos, e hizo hincapié en que, en España en la carrera judicial solo se llega alto cuando se poseen padrinos políticos.

Supongo que quienes estén leyendo estas palabras, habrán oído hablar de “la tutela judicial efectiva” y también de que la Constitución Española de 1978, en su artículo 24, habla de ella de la siguiente manera:

1. Todas las personas tienen derecho a obtener la tutela efectiva de los Jueces y Tribunales en el ejercicio de sus derechos e intereses legítimos, sin que en ningún caso pueda producirse indefensión.

2. Asimismo, todos tienen derecho al Juez ordinario predeterminado por la ley, a la defensa y asistencia de letrado, a ser informados de la acusación formulada contra ellos, a un proceso público sin dilaciones indebidas y con todas las garantías, a utilizar los medios de prueba pertinentes para su defensa, a no declarar contra sí mismos, a no confesarse culpables y a la presunción de inocencia. La ley regulará los casos en que, por razón de parentesco y secreto profesional, no se estará obligado a declarar sobre hechos presuntamente delictivos.

Cuando leo -y releo- las “reflexiones” del juez del Tribunal Supremo, Pablo Llarena, y también el texto constitucional; y lo confronto con la realidad de los juzgados españoles,  solo me cabe una conclusión: tanto los artículos de la Constitución como las palabras del juez Llanera son una burla cruel, puro sarcasmo.  En ocasiones como ésta, me viene a la memoria el libro de Alejandro Nieto, ex Presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y profesor de la Universidad Complutense, que lleva por título “El desgobierno judicial”, cuya lectura recomiendo de manera urgente a todos los que les preocupa el actual estado de la Justicia.

El libro fue editado en el año 2004, y la descripción que en él se hace del poder judicial y de la administración de justicia es realmente deprimente, descorazonadora. La descripción que hacía el profesor Alejandro Nieto, sigue siendo de absoluta actualidad por desgracia, pese a haberse publicado su libro hace casi tres lustros.

En España es un secreto a voces, y motivo de constante “alarma social” que en la Administración de Justicia se producen abusos de poder, prevaricaciones dolosas o culposas, encubrimientos corporativos, dilaciones indebidas dolosas, pérdidas de documentos, tráfico corporativo de influencias, tráfico de influencias de grupos de presión (o “lobbies”, como ahora se los nombra…) sutiles amenazas, presiones y coacciones a los justiciables o usuarios de la Administración de Justicia o, también, a los abogados y procuradores para que no firmen determinados asuntos o recursos, etc. etc. llevadas a cabo, por acción u omisión, por jueces, magistrados, fiscales, con la colaboración en muchas ocasiones de abogados, procuradores y demás personal de la oficina judicial…

Permítaseme también, traer a colación que la Constitución Española de 1978, en su artículo 14, afirma que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.”

Pues bien, para que se garantice el derecho constitucional a la “Tutela Judicial Efectiva”, es imprescindible la intervención de un juez imparcial. Es absolutamente inadmisible que el juzgador realice su labor a partir de simpatías, o fobias, u odios… o que se deje llevar por deseos tales como el de beneficiar a alguna de las partes, ya sea movido por el miedo (amenaza) o con el ánimo de obtener un beneficio personal (soborno) o por presiones de su entorno (superiores jerárquicos, grupo social, opinión pública, grupos de presión, lobbies, etc.)

¿Acaso en los Tribunales de Justicia del Reino de España no se dan todas las arbitrariedades descritas anteriormente? Algunos opinamos con rotundidad que ¡Sí!

Para que se pueda afirmar que una determinada nación posee un Estado de Derecho, debe darse además otro requisito fundamental: que las decisiones judiciales sean previsibles. El derecho debe otorgar al ciudadano “seguridad”.

La seguridad jurídica implica que los justiciables puedan saber a qué atenerse cuando acuden a los tribunales. La persona que acude a un juzgado debe de tener el grado máximo de certeza. Es inadmisible que quien acuda a los tribunales lo haga como el que acude a un casino de juego… el usuario de la Administración de Justicia debe tener posibilidad de anticipar el resultado final del proceso, no puede ser que acuda –como ocurre en la actualidad- con una absoluta incertidumbre… No olvidemos que esta es la clave de que el sistema judicial inspire mayor o menor confianza al ciudadano…

Y, ¿Qué me dicen de la arbitrariedad de las resoluciones judiciales?

Lo arbitrario está reñido con el Estado de derecho, pues el derecho es, justamente por definición, todo lo contrario de la arbitrariedad. Para que el sistema judicial inspire seguridad, es conditio sine qua non la sujeción de los jueces al derecho, a los hechos, a las pruebas, a la jurisprudencia, y, además, a la lógica y a la realidad.

Las cosas en España distan muchísimo de ser así.

Y como tampoco ignora cualquiera que esté medianamente bien informado, respecto de semejante desbarajuste nadie quiere asumir responsabilidades, nadie tiene culpa de nada, siempre hay justificación para todo, y quienes tienen capacidad de decidir, acaban diciendo que la culpa del desbarajuste es de los otros: “la ley está muy mal hecha, y no puede mejorarse porque la oposición y el gobierno no se ponen de acuerdo, son muchos los jueces que están dominados por la pereza y la ignorancia, el Consejo General del Poder Judicial margina a los juristas competentes,… y bla, bla, bla”

Se suele decir que quienes no tienen intención de solucionar algún problema, buscan pretextos, en lugar de buscar soluciones (algunos crean “observatorios” que pagamos los contribuyentes, y a través de los cuales, sobre todo, ponen mucha atención… aunque no solucionen nada de nada). -de absoluta actualidad por desgracia, pese a haberse publicado hace casi tres lustros- Todos los gobiernos, desde la muerte del General Franco hasta la actualidad, han recurrido a frases como que estaban vigilantes, que les preocupaba seriamente, que estaban alerta, que no bajaban la guardia, y a frases tópicas por el estilo…

 De las palabras de todos los gobiernos pretéritos solo se puede concluir que tenemos un sistema judicial maravilloso y unos jueces que son el no va más. Pero la cruda realidad no indica precisamente eso; muy al contrario, la Administración de Justicia es posiblemente el ámbito de la Administración que menos simpatías suscita en la mayoría de los ciudadanos.

Es imprescindible acabar con el “desgobierno judicial” que actualmente sufrimos. Es hora ya de que los jueces se sujeten al imperio de la ley (y no al revés) que en España se respete escrupulosamente la Constitución, y se acabe con la sensación general de arbitrariedad e inseguridad jurídicas actuales.

 Los españoles no nos merecemos la injusta justicia que padecemos, lenta, cara y arbitraria; hay que acabar con la idea que tiene la mayoría de los ciudadanos españoles de la judicatura, de que es una casta privilegiada y que sus miembros gozan de impunidad e inmunidad… son ya demasiados los años que llevamos oyendo que es imprescindible una profunda reforma del sistema judicial español, demasiados, y a falta de verdadera voluntad de hincarle el diente al asunto, a lo que se viene recurriendo por sistema es a distraer la atención del ciudadano con la manipulación descarada de fenómenos parciales o colaterales, para así evitar que la opinión pública acabe poniendo la vista en las cuestiones de fondo, que son las que no se desean tocar; se recurre a cortinas de humo. Así se suele hacer en los últimos años prometiendo fórmulas milagrosas para acabar, pongo por caso, con la violencia doméstica (a la que suelen llamar “violencia machista” o “de género”). El caso es aparentar que se está haciendo algo.

La triste realidad, hasta ahora, es que no hay voluntad de solucionar el problema de la Justicia. Hemos llegado a tal extremo, que ya no caben parches, ni ungüentos. Como dice el profesor Nieto, en su libro “El desgobierno judicial”, es imprescindible recurrir a medidas quirúrgicas. Si no se adoptan con prontitud tales medidas quirúrgicas, la mayoría de los españoles seguirán reafirmándose en la idea de que los políticos son los primeros interesados en que las actuales perversiones de la justicia sigan existiendo, para que el Poder Judicial no los pueda controlar, y para poder así, seguir controlando la Administración de Justicia desde el Ministerio del ramo… Pese a que algunos, como el juez del Tribunal Supremo, Pablo Llarena, traten de engañarnos y nos cuenten lo contrario.

Tal como señala en su libro el profesor Nieto, la intervención de los políticos en la Administración de Justicia ha sido una constante en la historia de España, en los últimos siglos. El poder político ha manejado a los jueces a su antojo, y ha influido sin pudor en sus resoluciones, ha entregado los juzgados a jueces afines, ha creado una red clientelar y los ha premiado por los servicios prestados. Daba igual el régimen político que fuera, o el “color” del gobierno de turno, las constituciones y las leyes siempre han sido ignoradas y despreciadas.

Los partidos políticos que se han turnado en el poder desde la muerte del General Franco, respetan cínicamente la fórmula del Estado de Derecho, al que han ido vaciando de todo contenido, respetan en apariencia las competencias del poder judicial, dominan a los jueces que lo integran y así se aseguran que el poder judicial no perjudique a sus intereses y mucho menos controle sus actuaciones. Cada cierto tiempo “sufrimos” una serie de reformas, que lejos de pretender una auténtica y profunda reforma de la justicia (pese a la retórica vacía de los trovadores, tertulianos y aduladores del régimen) lo único que demuestran es la lucha de los diversos grupos de presión por patrimonializar el poder judicial. Hasta ahora los protagonistas de tales reformas-luchas siempre se podían contar con los dedos de una mano: el PSOE, el PP, los miembros de la carrera judicial y las Comunidades Autónomas; y en la penúltima legislatura, cuando el PP de Rajoy gozaba de mayoría absoluta en el Congreso y el Senado, en la que se repartieron, por cuotas el gobierno de los jueces (Consejo General del Poder Judicial) también se les unió Izquierda Unida, solo faltó que le asignaran algún trozo a los etarras de “Bildu”.

En este panorama, la posición de los jueces (también hay jueces honestos, ¡ojo!) también es desesperanzadora: son conscientes de la manipulación de los políticos, se ven obligados a aplicar normas éticamente intolerables, e incluso se las ven y se las desean para intentar aplicar las normas más o menos buenas, que el ordenamiento legal pone a su alcance. La realidad, terrible realidad, es que generalmente los jueces no pueden asistir a las pruebas, tampoco tienen tiempo de leer los escritos que presentan las partes en conflicto (tal como la ley les obliga) y se ven incapaces de dictar sentencia en los plazos establecidos, al no disponer del tiempo necesario para redactar sus resoluciones (por lo cual han de encargárselo a funcionarios que no son jueces) De este modo, están negándole a los justiciables el derecho constitucional a la tutela judicial efectiva -artículo 24 de la Constitución- del cual según la Constitución son los encargados de proteger.

Sí, todo es un paripé, una cínica farsa, que finaliza con la publicación de sentencias “en audiencia pública”, como la Constitución dice, y que en realidad nunca se realiza.

Para poner remedio a todo ello, los políticos deberían renunciar a la utilización partidista de la justicia, y a la judicialización de la política, a lo cual, por lo que vienen demostrando legislatura tras legislatura, no están dispuestos.

O los españoles nos tomamos en serio la reforma de la Justicia o nunca tendremos una democracia seria. Pues la Administración de Justicia no es sólo cosa de los jueces y de los políticos, es cosa de todos los ciudadanos, y a todos nos concierne. Nadie puede decir que el asunto le traiga al fresco, pues tarde o temprano puede sufrir las consecuencias de esta “justicia injusta” que no nos merecemos.

Si la Administración de Justicia no alcanza un óptimo nivel de calidad, no se la puede nombrar como tal, ni tampoco se puede tachar a nadie de fatalista o catastrofista, por llamar a las cosas por su nombre.

El Poder Judicial en cuanto a institución constitucional, no existe, es un gran engaño, una falacia, una estafa intolerable (aunque, hay que reconocer que afortunadamente sigue habiendo jueces y fiscales que pese a las coacciones políticas, corporativas e institucionales, tienen la valentía de imponer la ley).

Lo que está en juego es al fin y al cabo la auténtica independencia de los jueces, independencia que nunca será real mientras que la Justicia siga siendo la continuación de la lucha política en otro ámbito y con otras armas.

Es deseable que la Administración de Justicia, como servicio público funcione, pero tal cosa es casi imposible con el actual desgobierno, en el que se confunde independencia con impunidad, con jueces intocables; como decía al principio de mi artículo, España es un estado de derecho en el que más vale que renuncies, por tu bien, a tus derechos para no cabrear al juez…

La deplorable situación de la Justicia en España depende de decisiones políticas: hay que hacer que los jueces estén más cerca de la gente y/o que la gente pueda acercarse más a los jueces, hay que legislar sin miedo ni complejos y, ya puestos, habrá que plantearse si no sería bueno que en el CGPJ no haya sólo juristas -cercanos además a los partidos- sino solventes representantes de la sociedad y no sólo “compañeros de profesión”.

La Justicia no es sólo cosa de los jueces y de los políticos, es cosa de todos los ciudadanos, y a todos nos concierne. Y, por favor, no caigamos en el “buenismo” de considerar que la Administración de Justicia española es magnífica, y que las corrupciones de las que hablo son excepciones, o pequeñas anomalías, o disfunciones que nada empañan la enorme perfección del sistema, y que pueden ser eliminadas fácilmente.

Puede que lo que afirmo no guste demasiado a los que están acostumbrados a las alabanzas, a las adulaciones, a los elogios “política y socialmente correctos”… Pero somos muchos, demasiados, sino todos al fin y al cabo, los que padecemos esta Injusticia travestida de justicia, maquillada con leyes cínicas e hipócritas, palabras vacías, retórica hueca, una burla cruel.

Estoy hablando de un debate urgente, imprescindible, inaplazable si realmente se quiere recuperar –o mejor dicho, adquirir- el tantas veces cacareado Estado de Derecho.

¡Heterosexuales!, es la hora de salir del armario

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Carlos Aurelio
Profesor jubilado, jubilosamente jubilado, debido a mi profunda sordera, lo cual me hace ser capaz de diferenciar entre "oír" y "escuchar", cosa poco corriente en la oclocracia (el gobierno de los que más fuerte gritan, más ruido son capaces de hacer) que padecemos.

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