chiringuito

En tiempo de mi juventud había algunas profesiones que me gustaban ejercerlas, había tres porque veía en cada una de ellas enseñanzas que me atraían más que a las otras, voy a enumerarlas por gustos: una era maestro de escuela —era como se le señalaba en mis tiempos mozos— otra era la de actor de teatro— y por último quería ser practicante, lo que ahora se le llama enfermeros. Si mi padre me preguntara ahora que quería ser, lo diría sin pensarlo dos veces, ¡Papá! quería ser político, para tener un chiringuito.

Un chiringuito como los que usaba cierto juez, cobijado bajo un techo de ramas o escondido en la espesura del monte cuando iba a cazar, y de paso amasar y preparar con los amigos lo que en los despachos no se puede hacer. También me gustaría tener un chiringuito en una trastienda de un colmado para hacer los negocios, un lugar cómodo para remachar los dividendos contraídos de antemano, y de vez en cuando darle un lengüetazo a un buen vaso de whisky sin que nadie se entere, e inclusos te puedes poner hasta las trancas de hierba-buena, de la buena. Me gustaría tener un chiringuito en una gasolinera para quedar con mis queridos amigos para que me digan cómo van los trabajos relazados.me gustaría ser político y amigo de un sastre para que me compusiera un buen traje y así aumentar mi guardarropía, Cómo diría un petulante inglés.

Todo esto es menudencia para lo que disfrutan y ganan hoy día los políticos de nuestro entorno. No hay nada más que mirar cómo viven. Hace unos días el nuevo, flamante y aprovechado, valga la redundancia, y como se le está pronosticando ha aprovechado su avión Falcon 900B, al parecer la herramienta favorita de Pedro Sánchez, avión pagado por todo, cosa que me rio, ya serán menos que es pagado por todos los españoles un avión para ver un concierto. Hay políticos que tienen patente de corso.

Aún no he encontrado —supongo que lo habrá— yo siempre he dicho que tanto es el ladrón que roba como el que lo consiente y lo calla. Hay que ver cómo ha cambiado el mundo, ha cambiado para mal, en cuanto una nación es más rica, más dinero se puede esconder. Bueno, no hace falta esconderlo, solo hay que coger una factura e inflarla con los euros que se quieran y deseen los políticos de turno, lo hemos visto en Andalucía con los ERE, donde las malversaciones y la facturas simuladas descansan en los lechos de los nuevos bucaneros, aunque de nuevos ya no son, se han hecho viejos y ricos. ¡Papa! Con todo esto no hubiese pedido una jefatura en un consorcio, en una manco comunidad, en una ayuntamiento, o llevar la dirección de un hospital, solamente con un chiringuito me hubiese conformado, pero viendo el percal he visto la lana. Me alegro de no haberme propiciado para ser político. En que estaría yo pensando para decirle a mi padre que quería ser político. Montesquieu ha muerto” (Alfonso Guerra, 1985).

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