casado

En política no es suficiente con el talento y el ideario, la providencia también es un activo, especialmente si juega a favor de corriente. Un nuevo jugador acaba de aparecer en el  tablero político nacional. Si bien es cierto que ha provocado entusiasmos muy levantados en las filas de los liberales e incondicionales del Partido Popular, su llegada a la plana mayor de la política genera tantos interrogantes como sonrisas suele esbozar el nuevo mandatario popular.

En la campaña de las primarias del partido, Pablo Casado ha sido muy determinante en su discurso pero ahora le llega la hora de la verdad, tendrá que elegir entre contemporizar con los socialdemócratas insertos en su partido (Soraya, Maroto, Feijóo, y demás) o purgarles de todo poder geocéntrico, tendrá que elegir entre engañar a los creyentes, o desafiar a los discrepantes, entre hacerse con una guardia pretoriana y centripetar el mando, o centrifugar sus supuestos  ideales. Nada sale gratis y llegó la hora de asumir costes.

Para empezar, ha vindicado la moderación y el centrismo al manifestar que él no es de derechas sino moderado. No estaría mal empezar por no mostrar complejos y dejar de hacerse trampas así mismo, es decir, por no mostrar implícitamente que ser de derechas es algo vergonzante y hedoroso, y no buscar el karma protector de la moderación. ¿Y Qué rayos es la moderación? La moderación no pasa de ser una actitud, no es un principio al que aferrarse: los objetivos no pueden ser moderados, cosa bien distinta son los medios para alcanzarlos. Total que la moderación es simplemente una actitud estratégica, ajena al decálogo de valores. Si emplea la palabra moderación como maniobra disuasoria o de distracción quizá tenga más éxito, que sí la abraza como modus vivendi.

Las hienas de la izquierda mediática y los falcónidos de su partido que le vitorearon campanudamente el día de su victoria, sabrán apreciar la diferencia y le pedirán cuentas. Respecto al maravilloso mundo del centro político, ¿qué demonios es el centro? Esencialmente es más que un comodín, son los baños termales en donde sus señorías toman chorros de agua fría, templada, o caliente, para no destemplarse ideológicamente; a fin de cuentas, la equidistancia como modo de vida política.

La Biblia debería ser un pozo de sabiduría hasta incluso para los no creyentes pero sí escuchantes, por el fulgor de su saber. Jesucristo en la Última Cena rodeándose de los doce apóstoles ocupó el centro de la mesa. Como siempre la simbología es mucho más importante de lo que parece, más si cabe hablando del Hijo de Dios. En el centro está siempre el pastor que apacienta a sus ovejas. El centro es ocupado por aquel que dirige, cobija, y manda no por el que se esconde. Dios es el centro del universo, el hombre es el centro de la creación, luego en términos políticos el centro es elemento cardinal. En términos de metafísica política, ocupar el centro equivale a liderar, dirigir, y mandar, no a elaborar un popurrí de ideologías con los preceptos generalmente aceptados por la opinión pública, buscando espacios comunes, practicando el intrusismo y el escapismo a partes iguales.

Si un centrista es preguntado por cuestiones como el libre mercado, las autonomías, el matrimonio homosexual, o la violencia de género, no sé saldrá ni un milímetro del discurso oficial, pueden estar seguros. La verdad es que no tiene unas convicciones propias, todas son alquiladas o en el caso más honroso compradas. Si encuentra a alguien de esas características habrá dado con un centrista. Y ahí va la pregunta, ¿es Pablo Casado un centrista? De momento ha evidenciado algunos síntomas:

1) Se autodenomina como moderado, huyendo de la derecha como el que huye del hombre del saco. En ese sentido ha entrado en el juego del lenguaje que le planteo la indocta Villalobos y algunos medios que  tratando de acorralarle le han llamado ultraderechista. De momento le han sitiado dialécticamente. Dicho esto, podría tener una explicación: a Casado le consta que ir de outsider contra los medios y las sanguijuelas del sistema empieza a tener imán electoral, pero entra dentro de sus sabiendas que en España el votante medio sufre un nivel de lobotomía sin par.

2) Con más buena intención y candor que otra cosa, se ha lanzado en busca de la integración de todas las facciones de su partido, reuniéndose primero con Rajoy y después con Soraya (también con Aznar). Suponiendo que Pablo Casado tenga ideología, no parece muy acertado el reclutamiento de los que no la tienen puesto que ante el mejor postor siempre serán los más débiles. Contentar a los sorayistas y demás saltimbanquis socialdemócratas que pasan por derechosos modernos no le reportará el crédito electoral que necesita, más le puede debilitar.

3) Ha manifestado que va a defender a tumba abierta el “constitucionalismo” frente a los independentistas. No se ha atrevido a poner en su boca ni la palabra España, ni la palabra nación, al igual que el resto ha defendido la cáscara en lugar del huevo. En el buen sentido, la Constitución tiene que defender la Nación y no viceversa del mismo modo que la cáscara protege al huevo. De resultas, la Constitución no se defiende cuan amada siente el marido  a su esposa, se vela por su cumplimiento para  proteger la Nación.

Estaba de Dios que Casado ganaría las elecciones no por primar el sentido común (eso de lo que tanto se habla que no deja de ser una vaciedad), más bien reinar el sentido particular, concretamente el de supervivencia: los compromisarios que han otorgado la victoria a Casado no son sus incondicionales, sino los incondicionales de la supervivencia política.

De igual modo,  estaba de Dios que Soraya iba a ser incapaz de ganar las elecciones generales y de levantar el vuelo, el hundimiento que vaticinaban las  encuestas mandaría a su casa por la puerta de atrás a miles de compromisarios, muchos fueron debidamente concienciados por las voces que susurraban un remonte electoral y una posible victoria de Casado en las próximas generales.

Como contemporizar supone un regreso al Marianismo- cuya estrategia de combate político es la nada contemplativa que tiene como destino inevitable la nada política-tendrá que apostar para no probar las mieles del fracaso como su predecesor. No podrá contentar a todos, eso parece misión imposible, aunque de momento le asiste la providencia.

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