tabernas

Posiblemente sea un axioma y no se  requiera la demostración  para conocer  el juicio, ni lo pretendo ni lo deseo, solamente me hago a los hechos y al buen libro  que llegó a mis manos  el domingo 21 de enero, una obra que  se obsequiaba  junto  al ABC de Córdoba. Su título trazaba lo siguiente: Tabernario Sentimental. Solamente ojeándolo me presagiaba una buena lección de afecto y de un sentimentalismo que, los dos artistas con mayúscula, el uno con su pluma fina y  delicada prosa, el otro dándole a  la viñetas teñidas de colores vivos, donde ves a los dibujados  como si los conocieras de toda la vida. Parroquianos de las ilustres tabernas, nos deja en cuanto he leído hasta su final recuerdos de otros tiempos pasados y no menos presentes.

En una parte de este tratado dicen: unos detrás del mostrador y los otros desde el otro lado del mismo mostrado, complicidades que se tienen los parroquianos con los taberneros. Lo pasado, pasado está, pero mis tiempos mozos, no muy lejanos, puesto que soy asiduo, rememoro en este añorado compendio tres tabernas con solera donde la materia prima, eran los caldos de Montilla-Moriles. No sé si ha sido por olvido o por la edad de los escribanos no conocieran este trio de bares, tabernas que por su, también sentimentalismo, pudieran haber entrado en este tabernario. La taberna casa Ordóñez, Casa Gamboa y Casa Manolo, llamada también manolo el de las quinielas. Estas tres tabernas ubicadas en el Barrio de San Lorenzo, estaban separadas las tres a unos 10 metros, unas de las otras, donde sus parroquianos ilustres eran albañiles, impresores, jornaleros del campo y sastres. En la taberna Ordóñez no había tapas, solamente se bebía un buen vino, de la barrica  al medio de vino. Un medio de los de verdad, y si me pongo en decir de verdad, como los que tengo en mi vivienda, medios de los de antes, de los originales medios de vino.

Tengo la suerte, si, digo suerte, de haber entrado en muchísimas tabernas que se abrazan  en este libro sabedor de las tabernas de Córdoba. La grandeza y el  señorío de las tabernas estarán siempre en el pensamiento de todo buen cordobés. No digo señorío por lo ascendiente y dominio de estos bares, que también, lo englobo en personas humildes y nobles, en cuanto a la amistad y decoro de los asiduos  que adornan  estos centros del vino y del tapeo.

Y, como muy bien dice el director del periódico en el epílogo de este tabernario sentimental, obsequio de un gran amigo mío, “en todos habita la enorme virtud del servicio a los demás”. La huella de una cocina insuperable, de pobres y ricos, que forma ya parte de la historia de Córdoba.

España está para el desguace

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