Género tóxico
El Exterminador de Tontos

Mi abuelo Luis era un hombre sabio y bueno que me alimentaba de cultura en los museos y de ética, directamente, en el libro de la vida. Con el propio ejemplo. Sabía devolver bien por mal y no desviarse jamás un grado del camino recto. Cuando se jubiló, me sonrió feliz y me dijo: “Hijo, en treinta y cinco años en la empresa, no he dejado un solo enemigo”. Don Luis no era, sin embargo y curiosamente, una de esas personas que dejan huella.

Porque dejaba surco.

La vida me regaló catorce años de ejemplo, consejo y saber junto a él, antes de que el mordisco del cáncer se lo llevara joven. Malbaraté otras enseñanzas: perdí mil millones de nociones que se me escaparon como agua de río entre los dedos. A veces, porque no supe estar a la altura ética de aquella sombra gigantesca. En otras ocasiones, sencillamente porque era pequeño y no llegué a entender nada. Mi abuelo creía que, con siete años, yo podía memorizar el Museo de América al completo y leer a Antonio Machado:

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Peino más de medio siglo.

En mi vida adulta he encontrado algunos hombres buenos. Me sobran tantos dedos de tantas manos y de tantos pies que prefiero no contarlos. Mi criterio de bondad pone el listón muy alto. La creencia popular aquí es que bueno es el que no ha matado a nadie. Eso incluye entre los sublimes a los malvados que pecan por omisión y, para no buscarse líos, miran al infinito cuando alguien hace algo espantoso. Casi todos los grandes han dicho en alguna ocasión que el silencio de la mayoría era ominoso.

Cuando los malvados se conciertan, los buenos deben aliarse; en otro caso, irán cayendo uno a uno, sacrificados implacablemente en una lucha mezquina“.
Edmund Burke, escritor y político (1729-1797).

La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”.
Albert Einstein, científico (1879-1955).

Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos como del estremecedor silencio de los bondadosos”.
Martin Luther King, luchador (1929-1968).

He observado hoy con delectación que un diario importante de Sevilla sí se ha acordado de un hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno. Serrano Castro es abogado de nuevo, pero ahora porque él ha querido serlo y ha pedido una excedencia en la judicatura. La noticia es que Francisco Serrano fue rehabilitado y puede, como siempre, agitar su honor, de condición intacto y de forma rectangular: un honor de bandera.

El Juez Francisco Serrano

Pasó un calvario de casi ocho años y fue inhabilitado como juez por denunciar en voz alta que, por motivos políticos de conveniencia, en España se está condenando a hombres inocentes por violencia de género.

Cayó por no sentarse tranquilamente a ver lo que pasaba, como temía Einstein. Por mostrarnos con orgullo la única receta que enseña cómo se viste un hombre: por los pies. Haciendo siempre lo que debe. En ocasiones, cayendo en el empeño. Otras personas sufrieron con Francisco Serrano, durante años, la angustia de los justos.

Quiero felicitar a María José, a María y a Rocío por tener este marido y este padre. Y porque ellas también fueron valientes y fueron sus pilares de piedra. Por experiencia sé que las acciones justas, pero arriesgadas y difíciles, no suelen reportar beneficio económico pero sí que nos otorgan el mayor privilegio de los vivos: poder mirar a nuestras hijas a los ojos.

Los que nos oponemos sin disimulo a que la ideología de género somos pocos. Operamos en la clandestinidad.

Somos los cristianos de las catacumbas.

Quedan, y siempre hubo, algunos hombres buenos. Mi abuelo Luis el siglo pasado o, ahora, el juez valiente. Francisco Serrano, que además ha resultado invicto. Como en el poema de William Ernest Henley:

Más allá de la noche que me cubre,
negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que puedan existir,
por mi alma inconquistable.
En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado, ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino,
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas,
donde yacen los horrores de la sombra,
sin embargo, la amenaza de los años
me encuentra, pero me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el camino,
cuán cargada de castigos la sentencia,
yo soy el amo de mi destino,
Soy el capitán de mi alma.

Invictus. William Ernest Heanley (1849-1903).