Compartirmos con todos los lectores y amigos de El Diestro y ¡Olé! este artículo de opinión del gran Antonio Díaz Cañabate sobre la “manía” de algunos toreros de morder el capote. Dice así:
<<¿Quién fue el primero que mordió un capote? No se sabe, pero puede conjeturarse que fue un torero hambriento…, supongamos que de ganas de torerar. ¿Qué objeto tiene morder el capote con esos mordiscos tan feos?  A punto fijo se ignora, aunque parece que es para plegar la tela y ponerla en disposición de torear. Dudamos mucho de su utilidad, pero aun suponiéndolos necesarios, deberían desterrarse, atendiendo a lo horribles que son.

Un torero en el ruedo tiene siempre que pensar que le están mirando muchos miles de ojos y que, por tanto, está obligado a comportarse con la máxima discreción en todos y cada uno de sus movimientos. La armonía de un torero no debe descomponerse nunca, ni en la cara del toro ni fuera de ella. Ante la cara del toro puede disculparse a veces que el torero desoncierte su figura, porque el toro no entiende demasiado de estética y va a lo suyo. Y lo suyo es quitarse de en medio aquello que se opone a la libertad de sus impulsos. Pero lejos de él es imperdonable cualquier falta de desentone y choque.

La salida del toro ha perdido mucho de su antigua y brillantísima espectacularidad. Cuando suge de chiquero se encuentra con un ruedo desierto. Los toreros están parapetados detrás de los burladeros, de esos nefastos y antipáticos burladeros, tras de los que se burla no solo a los toros sino también al público. El toro empieza a correr como buscando a alguien que no encuentra. Entonces sale un torero del burladero y, sin separarse mucho del refugio, agita el capote hacia lo alto como si se dispusiera, no a torear al toro, sino al aire, que no tiene cuernos. El toro acude a aquella extraña cita, y el torero, en cuanto lo ve venir, se cuela en el burladero más que a prisa. Si el toro llega hasta allí, el torero asoma el capote con la intención de que el toro se rompa los cuernos contra la madera, aspiración que en ocasiones se cumple, no a entera satisfacción del torero, porque jamás se da el caso de que el toro se rompa los dos pitones a la vez, pero sí uno, que ya es bastante.

Cuando el animal se cansa de cornear infructuosamente, desde otro buladero le invitan a probar fortuna y conseguir que se descuerne de una vez. El matador asiste a este bonito juego asimando su enmonterada cabeza por el burladero que le corresponde. Al fin, un arrojado diestro se decide a pisar la arena, dejando, con harto dolor de su corazón, el amado burladero, y le larga unas cuantas largas a toda velocidad, y en seguida, ¡pies para qué os quiero!, a desaparecer por el socorrido escotillón.

El toro sigue correteando a su antojo. El matador considera llegado su momento y, como quien abandona en la mañanita el bñanco y caicioso lecho, sale hacia los medios. Es el instante del mordisco. Coge el capote con las dos manos, lo eleva hacia su boca, lo abre desmesuradamente y clava sus dientes en el centro de la esclavina. Así lo retiene con todas sus fuerzas, con gesto feroche y, en lugar de masticarlo como su fuera duro, pero saborso queso manchego en aceite, manipula con sus manos doblando las puntas, plegándolas para recortar su extensión. Logrando este propósito, afloja la dentellada, extiende la tela y a torear se ha dicho.

Hay toreros, muy mordisqueantes ellos, que repiten varias veces durante la lidia sus bocados, incluso cuando su intervención ante el toro no es inmediata. Un tío nervioso, digo yo que será. ¿Por qué, si tanta ansia les acomete de morder algo, no se proveen de un chicle americano y lo muerden a placer y de incógnito? Les brindo esta solución que pudiera resolver el problema. Que muerdan lo que sea, pero que dejen el capote en paz>>.

El altar de los toreros

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