Es habitual que nos hagamos eco en estas páginas de artículos taurinos de opinión. Artículos antiguos, pero que en gran medida podrían aplicarse -y escribirse- hoy día. Como el artículo que hoy compartimos, publicado en el semanario taurino La Fiesta Brava el 8 de julio de 1926, sobre los viejos valores del toreo. Un artículo que dice así:
<<Claro que las muchedumbres quieren y anheñan las novedades, buscan lo desconocido, lo que todavía no tiene para él, el marchamo de lo ya consagrado. Por algo ha dicho alguien, que en este momento no recuerdo, que en este pícaro mundo hay que renovarse o morir.

Pero amigazos, como diría un aficionado allende de la patria de Gaona, Silveti y Porfirio Díaz, hay que respetar y no olvidar a estos valores viejos que dejaron en nosotros recuerdos imperecederos de sus magnas actuaciones, de sus grandes éxitos y de sus grandes triunfos; máxime si estos valores viejos están aun en la plena posesión de su arte y de sus facultades para dar a la afición tardes de memorables hazañas.

Estos valores viejos que aquí me refiero son, “El Gallo”, Belmonte y Sánchez Mejías, esta trinidad taurina que este taurino, de pupila máxima, que se llama don Eduardo Pagés, ha sabido reunir y acoplar para que la afición siga deleitándose, con la gracia y salsa torera del primero, el arte máximo del segundo y la hombría del tercero.

Los valores viejos son para el filósofo cronista que desde el tendido se complace en observar, analizar y aquilatar los momentos cotidianos del toreo, algo así como el repaso de los clásicos, la contemplación de las obras cumbres de los pintores de antaño frente a las máximas de los modernos, son el recuerdo, lo definitivo lo esculpido, lo que no se puede derrocar y que a través del libro de nuestros recuerdos repasamos con gusto y contemplamos con una frucición de viejos aficionados.

A la vuelta de Juan Belmonte, después de un eclipse de dos o tres años, la afición acudió a las plazas con aquella ansia y espectación de los grandes acontecimientos, y Belmonte, siempre grande en todo correspondió con su sublime arte agrandado por la sabiduría y el conocimiento de las reses como no había estado nunca, más un matador de toros como pocos. Le duran hoy los toros a Belmonte lo que a un chaval de 20 años una peseta.

Sánchez Mejías, pletórico de facultades con un valor y conocimiento de las reses que hacen de él una figura indiscutible, con un valor viejo de gran estima y de tenerse en cuenta.

Y por último aquí está “El Gallo” este incomprable torero, el ídolo de las masas, el héroe de las muchedumbres, el tipo representativo que hace con las sublimidades de su arte y su pajolera gracia, traspasar las entradas de las plazas de toros a miles de espectadores que solo acuden al circo taurino cuando S. M. El Gallo torea.

Son los valores viejos que despiertan a las masas, los que hacen revivir a la afición y los que sacuden la modorra a los triunfadores de hoy para que no duerman sobre sus laureles y aprieten, y no se queden atrás.

Y así como Ramadés puden cantar a coro los valores viejos, juntados por obra y gracia de otro genial hombre, D. Eduardo Pagés>>.

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