ermitaños

Decía Guy de Maupassant: La soledad es peligrosa: cuando estamos solos mucho tiempo, poblamos nuestro espíritu de fantasmas.

La palabra japonesa “hikikomori” traducida a nuestro idioma, vendría a decir “recluirse” o “aislarse”. El concepto de “Síndrome Hihikomori” comenzó a utilizarse en el país nipón para denominar una nueva enfermedad/síndrome que apareció directamente ligada a la nueva cultura digital o tecnológica. El ser humano está cada vez más globalizado en cuanto a adquisición de nuevas lacras sociales.

Dado que nuestro país se encuentra el segundo tras Japón en cuanto a número de habitantes más longevos si extrapolamos la edad pueril de nuestros vástagos ha aumentado considerablemente, sin hablar de ninis (término español) nos encontramos que la edad de hijos que dependen de sus padres ha aumentado de los 21 a los 32 años y aquí resultaría sorprendente cómo además de jóvenes se ven afectadas personas de más de 40, principalmente por la crisis y el paro.

En la actualidad, fenómenos antagónicos dan pie a interpretaciones del mismo calibre debido a los escasos recursos lingüísticos o el uso indebido de los conceptos.

En el cristianismo, la vida eremítica tiene por finalidad alcanzar una relación con Dios que se considera más perfecta. La vida del ermitaño está por lo general caracterizada por valores que incluyen el ascetismo, la penitencia, el alejamiento del mundo urbano y la ruptura con las preferencias de éste, el silencio, la oración, el trabajo, etc.

Para los jóvenes que se vienen a llamar ermitaños, no existen valores, metas ni elevada espiritualidad; no  se sienten útiles, no disponen de dinero, les da vergüenza su situación y se notan fuera de lugar, enfermos y frustrados, rehúyen el contacto social y “viven” por la noche, así que consumen videojuegos, están todo el día en Internet e incluso realizan las compras por este medio, apoyándose en la madre que es quien les suele proporcionar lo básico para subsistir.

El tema del descenso de la natalidad y que los padres depositen demasiadas esperanzas en esos hijos únicos, ¿es patrimonio de Japón o aquí también nos suena? Cada vez nacen menos niños. ¿Y lo de que el chico no se socialice-comunique bien con el padre porque pasa muchas horas trabajando?

Por desgracia nos unen muchos puntos con Japón, inclusive con la mejoría de estas personas, pues al igual que allí, aquí no existe una adecuada red de ayudas sociales ni apropiada atención de Salud Mental Pública para rehabilitar al enfermo, y los poquitos que salen de esa penosa situación, suelen ir a clínicas privadas.

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