Nos acabamos de enterar de otra maledicencia de los independentistas catalanes, con Puigdemont a la cabeza. Se trata de una de las retorcidas ocurrencias que el pueblo catalán decente, tiene que soportar y teme -al mismo tiempo- que se eternice. Este radical y xenófobo, apellidado Torra y de nombre propio Joaquín (aunque para adulterarlo utiliza la abreviatura Quim), tiene acreditados suficientes méritos para ejecutar las más disparatadas maniobras de oprobio a Cataluña y, de paso, a España.

Está visto que el creador de todo este ruinoso y despreciable barullo (Puigdemont) ha encontrado un servidor, un criado fiel, al que le irá transmitiendo sus esperpénticas órdenes para que -el lacayo Torra- las vaya cumpliendo (si puede). Ahora bien, el criado queda advertido de que no podrá utilizar el despacho del mandamás, jefe o rey. Faltaría más.

El fugitivo berlinés (que debe su amparo a la torpe e injusta decisión de un tribunal alemán) demuestra que tiene por muy poca cosa a este lacayo porque le ha prohibido -terminantemente- que siente, siquiera un momento, sus orondas posaderas en el sillón del fugado.

Supongo que el lacayo no se sentirá humillado porque le compensará poner en práctica su basurienta ideología y eso, para un independentista, merece los mayores sacrificios y aguantar las humillaciones personales que hagan falta. Y, en consonancia con lo dicho en el título, me reafirmo en afirmar que: a Torra le toca ir de perrito faldero. Habrá que estar ojo avizor para ver dónde deja sus sucias meaditas.