Poco a poco las cosas se van decantando, hasta el punto de que todos los destellos oportunistas e incoherentes, dejan al descubierto actitudes erróneas y conductas poco constructivas, que son bastante perjudiciales para alcanzar el grado de seriedad y confianza que debe adornar a un hombre, en el sentido genérico de la palabra.

Estas consideraciones que hago, como premisa, son producto de la observación comparativa de la trayectoria de Alberto Rivera, mandamás de Ciudadanos al que ya “retraté” en una carta que me publicó ABC el 16-5-2016.

Rivera, desde el primer momento, ha ido zigzagueando como la antigua carretera de Cerro Muriano, para hacer en cada sitio lo que convenía a “su” partido. Él, acercando el ascua a su sardina, dijo que no debían estar en política los que nacieron antes de 1978; el “listillo” nació en 1979.

Ahora que esas carísimas e inútiles valoraciones, llamadas encuestas le aventuran a su partido poder superar al PP, va y dice que abandona el consenso con los populares en torno al 155; ese que, por cierto, rechazó él unas cuantas de veces.

Rivera, que se cree el Macron español, no reconoce que Rajoy (como antes Aznar) es el que ha sacado de la miseria económica a España, evitando el rescate y llevándonos a la cabeza de Europa. Y es que él, como un gran egocéntrico que es, y sujeto a los vaivenes que convengan, cree que los resultados de esas mentadas encuestas son ya votos emitidos.

Pues que no se fíe y ande con cuidado, porque “los números cantan” y éstos salen de las urnas. Que no siga sus traicioneras trapacerías que “a las veletas las mueve el viento”. Y que, como decía Shakespeare:  “no hay buenos vientos para el barco que no sabe a dónde va”.