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La baja natalidad en las zonas rurales de España provoca que cada vez más pueblos se queden sin niños.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), para el 1 de enero de 2017 más de mil pueblos del país ibérico no tenían censado ni un menor de 5 años, mientras que 663 de ellos no contaban con ningún menor de 11 años.

En 1970, la tasa de fertilidad de España era de 2,9 hijos por mujer, es decir, la más alta de Europa occidental. Ya para 1993, ese índice cayó hasta los 1,26 hijos por mujer. Esta tendencia, sumada al proceso de envejecimiento de la población, hace que las pensiones y los gastos sanitarios cada vez pesen más en los presupuestos del Estado. Para el día de hoy, uno de cada cinco españoles tiene más de 65 años, y la tendencia sigue al alza.

Estos dos males demográficos —la baja tasa de fecundidad y el envejecimiento de la población— suponen uno de los mayores retos para Europa. Al tiempo que la población global aumenta a pasos agigantados —sobre todo en los países en desarrollo— el Viejo Continente es el único que muestra una tendencia opuesta.

Estimaciones de la ONU calculan que para el año 2100 la población global se incrementará de los 7.300 millones actuales a los 11.200 millones de habitantes. Por su parte, las mismas predicciones indican que el continente europeo reducirá su población de los 742 millones actuales a los 653.

Esto tiene consecuencias económicas directas. Así, la población europea en edad de trabajar en 2005 constituyó un 11,9% de la población activa mundial, pero podría pasar a solo el 6,4% en 2050. Este fenómeno podría conducir a un declive de Europa y de su relevancia en el mundo.

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