No son Quijotes delirantes ni caballeros andantes que arremeten contra molinos de viento, ya que su objetivo no es la búsqueda de la justicia o la libertad del Caballero de la Triste Figura

El nacionalismo, por el contrario, ha sido una parte esencial en ambas guerras mundiales alimentándose de la forma más peligrosa de las pasiones humanas. Su objetivo es la dominación y colonización de los vecinos tratando de imponerse por el derecho que le confiere la superioridad natural sobre el diferente; a quien consideran inferior

Este tipo de ideología resulta un cáncer arduo de erradicarya que al igual que las religiones se nutre de los sentimientos atávicos más profundos ancestrales del ser humano. Por ello ambos tienen la capacidad de resurgir de sus cenizas cual ave Fénix.

Por ejemplo, la religión Ortodoxa fue borrada del mapa por los soviets en la URSS. Los temidos gulags, los genocidios y asesinatos en masa, las más implacables persecuciones, los adoctrinamientos políticos contra la religión… nada pudieron contra el resurgimiento de la religión Ortodoxa tan pronto como se derrumbó el muro de Berlín. Así de simple: después de ser borrada totalmente del mapa la religión Ortodoxa reapareció en Rusia como ave Fénix. Igualmente, el fascismo fue derrotado tras la Segunda Guerra Mundial pero vuelve a aparecer con el resurgimiento de los nacionalismos por Europa.




Haber no solo permitido sino alimentado y financiado durante cuarenta años el nacionalismo especialmente en áreas tan peligrosas como Cataluña y País Vasco con experiencia en estas lides ha resultado el peor error histórico imaginable. Biológicamente, un organismo que está en guerra con elementos exteriores tiene la oportunidad de sobrevivir si vence la infección o la intrusión vírica; pero un organismo que está en guerra consigo mismo está condenado a desaparecer: simplemente no puede sobrevivir.

Cómo España ha llegado a estar en guerra consigo misma en estos momentos forma parte de una luctuosa cadena de errores: España entró en una pendiente muy peligrosamente resbaladiza desde el momento en que durante la confección de la Constitución el profesor Varela Ortega propuso a Fernando Abril que se reconocieran los Estatutos de Cataluña y el País Vasco aprobados durante la II República.

Un asunto tan delicado debería haberse planteado con una visión inteligente de Estado a largo plazo. La inteligencia política brilló por su ausencia cuando Clavero Arévalo tuvo una ocurrencia: “café para todos“, con el objetivo de “colocar”, a los “suyos”. Pero, entre otros, junto a quienes podemos suponer se apuntaron a la política de buena fe se colaron en tromba toda la banda de vividores que calentaban eternamente los asientos de ciertas facultades con el único objetivo de que no se pudiera dar clase, vagos incapaces de aprobar, y dedicados a vivir de sus padres o del  comunismo internacional, junto a otros elementos de todo pelaje dispuestos a sumarse al carro. Esa resultó ser la feliz consecuencia cuando se sacaron las diecisiete autonomías de la manga, de forma que el café no fue para Cataluña y País Vasco sino para todos: con las autonomías se multiplicaron por diecisiete una serie de altos cargos con sueldos y prebendas de ensueño que les resolvió la vida a unos oportunistas que jamás hubiesen sido capaces de conseguir nada en la vida privada




Fernando Abril hizo suya la idea Arévalo Adolfo Suárez la acogió con desbordado entusiasmo: el germen de la destrucción de España estaba ya sembrado y tuvo nombre y apellidos desde que a un iluminado se le ocurrió la desgraciada idea del “café para todos”, refiriéndose a la invención de unas Comunidades Autónomas tan costosas económicamente para el ciudadano como innecesarias y peligrosas para la unidad de España. 

Nada se consultó al pueblo en la confección de dicha Constitución,  sino que se hizo de espaldas a los ciudadanos. Evidentemente, un pueblo amaestrado acostumbrado al franquismo habría mansamente de aceptar lo que se le presentara y aceptó la Constitución.

Aún así, nada hubiera ocurrido si se hubieran limitado a aprobarse con inteligencia unos Estatutos para Cataluña y País Vasco, cuyo peso político se reducía durante la República a una ínfima parte respecto a las transferencias de poder desbocado que actualmente disfruta la casta parasitaria en las Comunidades Autónomas en detrimento del ciudadanoNo solo los cargos políticos y el clientelismo se multiplicó por diecisiete, sino que los nacionalista consiguieron engordar la vaca, exponencialmente, gracias a la extorsión sistemática que el desequilibrio de poderes les trasfirió en detrimento del poder central. 

Durante cuarenta años los nacionalistas se han dedicado al chantaje político y económico que les ha permitido la nefasta ley d’Hont,  adquiriendo un inmenso poder político y económico desbocado que le confiere su categoría de Estado. Así el nacionalismo ha logrado alimentar no una doctrina o ideología sino un sentimiento: es fácil despertar el odio al vecino o diferente (aquel que piensa diferente) adoctrinando al pueblo con mensajes fascistas de superioridad respecto a sus vecinos, los inferiores. Los superiores no pueden convivir junto a unos inferiores que deben ser sometidos por derecho natural igual que el depredador somete a su presa o que el fuerte sobrevive sobre el débil en una interpretadión diabólica del darwinismo social. Un catalán podrá viajar por el mundo sin tener que pagar nada simplemente por el hecho de ser catalán, dijo un fervoroso acólito nacionalista. Sin dejar de ser una estúpida anécdota esa es la esencia del sentimiento nacionalistaEl inferior debe pleitesía al superior en los primeros estadios, pero no olvidemos que puede ser destruido en cualquier momento simplemente por el hecho de existir. 

Así lo demostraron los asesinatos de judíos en los campos nazis de concentración o los asesinatos del GRAPO y ETA. Así lo demuestra la dicotomía entre buenos y malos catalanes marcados con lazos amarillos. El paso intermedio de odio y xenofobia está hace tiempo marcado en los más altos cargo de las instituciones de la Generalidad, embridadas en estos momento con un ligero 155. No quiero imaginarme lo que ocurrirá cuando tengan en sus manos de nuevo todo el poder de un Estado que seguirá sin control alguno fagocitando competencias del Estado Central, algo que parece ya no tiene más que un papel simbólico vacío de poder, ya que en Europa ni siquiera tienen en cuenta los dictados de nuestros jueces y pesa más la hábil propaganda nacionalista.

 

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