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Demasiado lamentable es que tengamos que escribir sobre la existencia de una industria que persigue con ahínco (además de buenos dividendos) la destrucción del ser humano. Si miramos a nuestro entorno, más o menos cercano, vemos que desgraciadamente (y pretendiendo desplazar a Dios de nuestras vidas) en lugar de buscar el bienestar del individuo, se estudian las maneras más sofisticadas de destruirlo.

No estoy inventándome nada ni tampoco exagerando; antes al contrario, es posible que me quede corto en mis apreciaciones. ¿Saben cuántos abortos se han producido en España en los últimos diez años? Algo más de un millón, según las estadísticas oficiales, lo que quiere decir que son algunas más. Claro que el legislador, siempre comprensivo, les llama “interrupción voluntaria del embarazo” y, todos, tan contentos. Pues si no se hubieran cometido ese millón de asesinatos, habría en España dentro de un cuarto de siglo sabia joven que alcanzase ese número para bien de todos.

Pero no para ahí la cosa. Ahora los próceres políticos del asesinato de bebés, quieren ampliar la industria aplicándola a los ancianos, mediante un trámite llamado “eutanasia” a la que seguramente llamarán “de confort para el último viaje”. De esta manera se irán eliminando pensionistas y con ello, se cobran dos piezas con el mismo tiro: 1) el importe de muchas pensiones y 2) los gastos sanitarios que “hay que ver lo que cuesta mantener a tanto viejo con mediana a salud”.

¿Saben cuál sería un buen acróstico para la palabra eutanasia? Ahí va: “Elemento Utilitario Terapéutico Accionado Nominalmente Ante Situaciones Indeseables Ansiolíticas” ¡¡Qué vergüenza!!