Reproducimos un artículo escrito por Antonio Díaz Cañabate en la revista El Ruedo en enero de 1952, un artículo titulado “una corrida no es una diversión” que dice así:
<<Aunque siga habiendo corridas soporíferas, abundan muchísimo más las divertidas, y hasta ahora no escasean las que pudiéramos calificar de apoteósicas. Aceptamos de buen grado que esto no ocurría antes, cuando las corridas de toros eran algo fuerte, tremendo y magnífico. Para aceptarlo no tenemos más remedio que insistir.

Hoy el que se divierte es el público. Hoy los verdaderos aficionados se aburren. Exactamente todo lo contrario que ocurría antes. Yo jamás me he aburrido en los toros hasta ahora, cuando precisamente todo está dispuesto para que se divierta todo el mundo, incluso el torero. Porque estoy convencido de que hoy los toreros la gozan toreando. Por lo menos, eso parece indicar la cara de contento que ponen al separarse del toro para iniciar una tanda de naturales. Hoy, una de dos: o los toreros están al ladito de los lomos del toro o se alejan un kilómetro de él.

Hoy el toreo lo podemos denominar de ida y vuelta. Como las faenas son tan largas, da tiempo para todo. Hasta para aburrirse. Hou en los toros todo se encuentra previsto. Hoy el toro no presenta ningún problema a resolver. Y en consecuencia, el torero se lleva a las Plazas la faena hecha, soñada en sus ratos de insomnio o en las conversaciones con su apoderado y amigos de confianza. Y de diez toros se la hacen a siete. Los tres restantes se los conceden al aburrimiento para que la gente no se llame a engaño. De los toros ha desaparecido casi en absoluto lo imprevisto. Y aquí, en lo imprevisto, estaba para mí todo el encanto de las corridas de toros. Y de aquí el que me aburra tanto ahora.

Muy bien, pero esto no quiere decir nada. El caso es que la gente se divierte una barbaridad, porque la gente también lleva de sus respectivas casas sus faenas hechas. ¡Y ay del torero que no la haga! Ese se ha caído con todo el equipo. Este es el único y estrecho margen que se concede hoy a lo imprevisto. Que al torero se le olvide la faena heca. Y esto sucede de manera matemática, impepinablemente, en cuantito al toro se le ocurre no ya presentar un problema, sino cabecear con cierta insistencia, tal vez porque le pica una oreja. Entonces estamos perdidos, el público y el torero. Mas para evitar al catástrofe están los ganaderos. A un toro le puede picar una oreja. Esto no lo puede impedir el ganadero. ¡Ah, pero que se libre muy mucho de cabecear para atenuar el picor mientras el espada esté frente a él muleta en mano! Para ello se le vigila con escrúpulo desde que le destetan. Para ello el ganadero, en la tienta de becerras y de machos para simiente, no se fija en otra cosa. La becerra o el macho puede remolonear en el caballo, salirse sueltos, escarbar, lo que quiera, con tal de que no cabecee. Si cabecea, la nota infame acompaña su nombre y su número. Toda la cuestión de los toros se ha reducido a una sola: a que los animales no frustren las manoletinas y quien dice manoletinas dice toda la gama del toreo moderno.

Los toros todavía no salen enseñados a la prefección. Pero los toreros sí. Cuando el toreo consistía en resolver artísticamente una serie de problemas, torear era muy difícil. Requería un aprendizaje, que se realizaba en las temibles capeas o empezando de peón de brega, y poco a poco, ir escalando puestos. Hoy un muchachito imberbe se sabe al dedillo la papeleta íntegra del toreo. Porque no les que a ustedes duda de que las manoletinas y demás “inas” son muy fáciles. Nada tiene que ver que luego unos las ejecuten de una menera y otros de otra. Que unos se hagan ricos y otros no. Todavía queda el misterio de la perssonalidad de cada cual, y esta es la que determina el auge del uno y la mediocridad del otro. Pero torear, todos torean igual; es decir, ninguno torea, todos hacen lo que todos. Y por esto se aburre uno tanto.

Porque antes jamás un torero era igual a otro; porque tampoco los toros eran iguales, y cada uno tenía su lidia, que unos se la sabían dar y otros no. Y surgía lo imprevisto, y las corridas resultaban de un interés apasionante, aun las más tediosas, que en relidad, para el buen aficionado, no lo eran, porque el buen aficionado no iba a los toros a divertirse, como tampoco iban los griegos al teatro a morirse de risa, sino a contemplar una tragedia, que los dejaba suspensos de admiración y de angustia. ¡Qué Dios perdone a los espectadores que van hoy a los toros a divertirse!

No. Yo nunca he ido a los toros a divertirme. He ido a algo mucho más noble. He ido a emocionarme con una lucha leal, donde el toero poseía sus armas y el toro las suyas, y con estas armas reñían y no jugaban, porque no se podía jugar con la fiereza de un toro. Y muchas tardes cuando el torero, dadas las condiciones de un toro, se veía obligado a prescindir de todo posible lucimiento, atento solo a defenderse, el aficionado no se aburría, al contrario, en tensión sus nervios, vibraba su sensibilidad, pendiente de la dramática contienda. No. A la Fiesta de toros, cuando se desarrolla con toda su fuerte y tremenda magnificencia, no se puede ir a divertirse, como si se tratara de una función de esas de mucha risa>>.

Y ustedes, queridos lectores, ¿qué opinan?, ¿es este un artículo de actualidad, aunque escrito en enero de 1952?

 

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