Todo el mundo sabe, porque hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, que la parte negativa de las hospitalizaciones -aparte de la enfermedad que nos ha llevado al correspondiente ingreso- suele ser la adquisición de infecciones por virus y bacterias, aunque entre estos dos agentes hay significativas diferencias. Y que, la eliminación de ambos es difícil y, en ocasiones, de alto riesgo. Pero no tema, amigo lector, que no voy a hablar de medicina, sino de política.

Tras los acontecimientos que han precipitado la dimisión de Cristina Cifuentes, he hecho un ejercicio de meditación y llego a la conclusión de que un virus o una bacteria ha atacado a parte de la clase política. El nombre de este agente es cleptomanía y según el diccionario significa: Trastorno mental que se caracteriza por una inclinación o un impulso obsesivo por robar”

Yo ampliaría este significado a cualquier conducta que, usando malas prácticas, produzcan un beneficio ilícito para sí o para terceros. Y creo que lo que se ha descubierto de la Sra. Cifuentes, se puede aplicar a muchos que ejercen o han ejercicio el “noble arte” de la política. Porque, ¿no es cleptomanía, decir (mintiendo descaradamente) que se es ingeniero, maestro, licenciado en matemáticas (título inexistente, por cierto) o poseedor de diplomas diversos o haber ostentado cargos importantes en la empresa privada o en la Universidad? ¿Y declarar ante un juzgado que “no sabía nada de lo que ocurría en el ayuntamiento siendo el alcalde”? ¿O no recordar que se ha intervenido en favor de un mediocre profesor para que consiga una cátedra, o que se ha hecho “la vista gorda” para que una institución pública dé una ayuda de diez millones de euros a un empresario que después colocará a tu pariente? ¿O no ir al congreso siendo congresista?

Pues sí, amigos, la cleptomanía ha invadido la política y es un virus resistente que será difícil de erradicar, pero no imposible. ¡Pongámonos a la obra!