Según un estudio científico llevado a cabo por un equipo internacional de investigadores del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas y Cerebros Humanos en Leipzig, Alemania que llevó a cabo un experimento para determinar en qué momento de la infancia surge el sentimiento de “justicia”, los niños lo adquieren aproximadamente a la edad de 6 años. Es en ese momento de la infancia en el que se empieza a tener conciencia de lo justo y lo injusto; es en esas edades cuando los niños exigen que se castigue a quienes no se comportan correctamente, e incluso desean ver cómo se castiga a quienes incurren en mal comportamiento, e incluso están dispuestos a pagar por ello, para disfrutar observando cómo se castiga a quienes a su entender merecen ser sancionados.

Cuando los niños, de ambos sexos claro, se enfrentan al mundo, entran en relación con él, acaban inevitablemente percatándose de la realidad, de una realidad que no les gusta… empiezan a descubrir cosas, situaciones desagradables, indeseables, y evidentemente su primera reacción es afirmar que “no es justo”: no es justo que haya enfermedades, no es justo que exista el dolor, no es justo que haya gente que pasa hambre, no es justo que haya quienes agreden y violentan a otros, no es justo que haya gente que se muera, no es justo que haya guerras, no es justo que unos tengan mucho y otros muy poco o casi nada.

Luego pasan a desear que alguien, o algunos, con su varita mágica hagan desaparecer todo lo malo, o como dice la canción del cantautor castrista, Silvio Rodríguez, “Si me dijeran: pide un deseo, preferiría un “rabo de nube” (un tornado, un huracán en el lenguaje caribeño) que se llevara lo feo y nos dejara el querube (relativo a querubín, ángel de singular belleza) un barredor de tristezas, un aguacero en venganza, que cuando escampe parezca nuestra esperanza”.

El mundo, un lugar injusto

Son muchas las personas que no pasan de este estadio a uno superior, lo cual es imprescindible para madurar y convertirse en adultos. Sí, madurar, aparte de implicar estar dispuestos a cambiar de opinión, significa aceptar que la realidad es tal cual es, sin adornos, sin engaños, sin distorsión de clase alguna, sea mediante el sesgo ideológico, o sea poniéndose unas gafas de color rosa, o púrpura. Madurar significa, entre otras cosas, aceptar que el mundo es injusto, que hay gente guapa y gente fea, altos y bajos, inteligentes y menos inteligentes, ricos y pobres, gente más exitosa que otra, gente que nace en una familia acomodada y otra gente que nace en una familia pobre, gente que tiene la fortuna de nacer en una familia con unos hermanos con los que cabe hasta hacer amistad y gente que le toca en suerte hermanos, padres con los que no logra comunicarse y entenderse… Madurar significa, también, aceptar que la igualdad no existe, ni en la Naturaleza en general, ni entre los humanos, ni en ningún ámbito y, además que, si la igualdad existiera sería una enorme injusticia, desde esa misma perspectiva desde la que los niños y adolescentes perciben lo justo y lo injusto.

Pero, volvamos a la “sed de venganza”:

La pregunta obligada es ¿Qué tiene de malo la venganza?



En nuestra sociedad ese vocablo posee muy escaso prestigio. Nos dicen desde pequeños que hay que perdonar a los que ofenden, poner la otra mejilla, intentar “razonar” con los gorilas, y algunos, los más “progresistas” nos hablan de que hay que darle prioridad a la reinserción frente a la venganza.

A menudo olvidamos que el sentimiento de venganza, de reparación, de saldar deudas personales, está en nuestro instinto; está ligado al instinto de supervivencia, de autodefensa, de defensa propia. Desde ese punto de vista, la venganza es una respuesta a una agresión previa, pero “aplazada”, pues cuando alguien recibe violencia, lo normal, salvo que sea un temerario, es que mida en qué forma puede salir malparado, en algunos casos la gente retrocede, no responde y trama la manera de responder al agresor con su propia medicina. En cierto modo, actuar así es bueno para la salud mental, aparte de la física, y generalmente es causa de frustración y profunda insatisfacción cuando el agraviado no logra vengarse.

Cuando la gente es sincera, inevitablemente acaba confesando que hay ocasiones en las que no existe otra manera para lograr que nuestros vecinos egoístas comprendan y respeten las reglas de convivencia que pagándoles con la misma moneda con la que ellos nos causan daño.

Se supone que en las naciones civilizadas existe un general consenso en que es el gobierno el que posee el monopolio en aquello de los ajustes de cuentas. Los ciudadanos delegan y otorgan al gobierno la capacidad de ejercer la venganza y obligar a los que nos violentan a compensarnos y resarcirnos por el daño recibido, o protegernos del agresor, sea alejándolo de nosotros o, llegado el caso, privándolos de libertad, ya que lo de quitarle la vida está mal visto, aunque sean muchos los que posean el oculto deseo de eliminar físicamente a quien lo ha agredido, vejado, violentado, humillado.

No es sorprendente que sean precisamente que las personas menos socializadas, las que no comparten la moral social al uso, las que tienden a tomarse la justicia por su mano. Tampoco es extraño que la gente suela generalmente sentir simpatía por los débiles, o se perciba solidario, concernido por los desgraciados, y acabe aplaudiendo a rabiar cuando en una película, al final den muerte al “malo”.

El caso de “la manada”

El problema, como ha acabado ocurriendo con los descerebrados que se hacían llamar “la manada”, surge cuando el gobierno se manifiesta incapaz de cumplir con su obligación de vengar afrentas. Y esto se acentúa cuando en una sociedad como la española, un enorme grupo de españoles sigue anclado en la forma de pensar infantil, y de forma casi inevitable es presa fácil de demagogos, de liberticidas, de ideas estúpidas, y de gente totalitarias.

Son muchos los que, en situaciones como la ocasionada por la sentencia del caso “la manada” alientan la frustración de quienes se ven ofendidos, humillados, vulnerables, indefensos ante el mal causado. Son muchos los que además de echarle leña al fuego de la frustración, les inculcan la idea de que deberían ser ellos mismos quienes satisficieran su ansia legítima de venganza, puesto que los poderes del estado, de manera torpe, ineficaz, no es capaz de llevar a cabo en su nombre.

No olvidemos que la venganza es una reparación simbólica, incapaz de recuperar lo que no se puede revertir; pero tampoco podemos ignorar que sólo el castigo, al fin y al cabo, una forma de venganza, ofrece cierto alivio a los que se sienten agraviados. Hay quien dice que el odio que está implícito en la sed de venganza es un sentimiento vil, innoble (lo penúltimo en ser puesto en circulación por los autodenominados progresistas es lo del “delito de odio”, pese a que ellos son expertos en fomentarlo) pero, al parecer no toda la gente piensa así, al contrario, es mucha la gente que es de la opinión de que el odio del violentado contra su victimario, contra su torturador, constituye el último baluarte de rectitud moral; y que si hace dejación de ese odio, perderá su dignidad, convirtiéndose en un vil gusano.

Venganza y justicia




La idea de venganza está ligada a la idea de hacer justicia, aspirar a responder con un castigo al dolor y al sufrimiento causados por un malhechor: pagar con la ofensa por la ofensa, con el dolor por el dolor, la “ley del talión”.

El deseo de venganza es furia incontrolada, es pasión, de ese deseo de venganza proviene la visión antigua (y no tan antigua) de la justicia punitiva: “ojo por ojo, diente por diente”, expresada en la ley del talión (lex talionis, de “talis”, idéntico), por supuesto, en la ley del talión está implícita la máxima de “no hagas a los demás lo que no deseas que te hagan” y “haz a los demás lo que deseas que te hagan”, una moral de obligación y sanción que está presente entre los humanos (y posiblemente nunca dejará de estarlo) por los siglos de los siglos.

En la antigua Roma, para ahuyentar “la ira del populacho”, así como la oclocracia (el gobierno de los que más gritan), idearon lo que se conoce con el nombre de Derecho Romano, en el cual se inspira el actual derecho del mundo occidental, y todas las formas de justicia no religiosa. Por supuesto, con el derecho romano no vino de forma automática la eliminación de la conducta reglamentada según las normas del talión. En el Código Penal español actual, y en el de la mayoría de los países, la ley del talión sigue estando presente; se conserva la idea de que a los delitos más graves debe corresponderles un periodo mayor de privación de la libertad en el sistema carcelario; y que a los delitos menores o leves deben corresponderles castigos menos severos.

Claro que, la cuestión se complica cuando se trata de mis hijos, mis padres, mis amigos, mis colegas, ¿Es admisible una actitud condescendiente o indulgente? Y si no, ¿cuál puede ser la respuesta a la injusticia?

El rechazo de la ley del talión nos hace sentir vulnerables, angustiados, impotentes y desarmados ante la manifestación del mal.

Algo así ocurre con la sentencia sobre “La Manada”, que es como se hacen llamar los cinco abusadores sexuales sevillanos condenados el último jueves, 26 de abril, a nueve años de cárcel cada uno, por haber abusado sexualmente de una joven en los Sanfermines de Pamplona, en julio de 2016.

Autor: CANVALCA (Wikimedia)

“Nosotras somos la manada”, corean y vociferan enfurecidas, feministas y progresistas que han tomado las calles España en protesta contra la sentencia, ya que, a su entender, los magistrados han sido demasiado blandos, y consideran que, debían haberlos condenado, como poco a 18 años por agresión sexual, o a 22 por violación.

En la mencionada sentencia de 371 folios de los tres magistrados de la Sala Segunda de la Audiencia Provincial de Navarra (que yo no me he leído, y seguro que las y los manifestantes que pretenden recuperar la ley de Lynch, tampoco) aparece un voto discrepante, el del magistrado-juez Ricardo Javier González González, que pidió la absolución, según él, a la vista del comportamiento de la víctima y de las contradicciones en las que ésta incurrió durante el juicio.

El magistrado-juez Ricardo Javier González González acabará siendo una víctima más de todo este embrollo.

Sus dos compañeros de sala, entre los cuales está la “magistrada feminista” Raquel Fernandino magistrada feminista, también están sufriendo las iras de la jauría enfurecida, acusados de machistas, cómplices de los agresores, y tildados casi de asesinos por no haber acordado que en los sucesos de los San Fermines de 2016, hubo violación.

Los tres magistrados, incluyendo el disidente, hemos de suponer que tienen madre, esposa y quizás hijas, y han resuelto de la manera que lo han hecho, sabiendo que los iban a poner en la picota, tanto a ellos como a sus familiares…

Decía un tal Francisco de Quevedo que en una nación donde no existe justicia es peligroso tener “razón”, porque la mayoría es estúpida, en la España actual, discrepar de las masas mediáticamente indignadas es peligroso, pero cuando los jueces actúan en conciencia, valientemente, sometiéndose al imperio de la ley, como determinan la Constitución y las leyes, aunque se equivoquen, los hace más honorables y más nobles.




 

Cierto es que detrás de las ganas de que se haga justicia, además del ánimo de venganza, está la idea loable de crear una sociedad mejor en la que prime el principio de que todas las personas posean los mismos derechos y en la que deben existir mecanismos de compensación. Sin embargo, las ganas de venganza no nacen de la voluntad de hacer un mundo mejor, sino de un sentimiento mucho más visceral, profundamente irracional. La furia de las manadas, de las jaurías encanalladas, no guarda relación con el deseo de progreso, de avanzar para mejorar, por el contrario, tiene que ver con el odio y el resentimiento, generalmente alentadas por gente totalitaria y liberticida, que saben que, tal cual decía Averroes, la ignorancia conduce al miedo, el miedo conduce al odio y el odio conduce a la violencia.

Y, como dice el refranero: a río revuelto, ganancia de pescadores…