No sin mi hija
Nature (Pixabay)

La estadística decía que era imposible recuperar a mi pequeña

Solo cinco de cada cien papás consiguen la custodia compartida en España, el único país cuya ley considera que un hombre es culpable si una mujer lo acusa. De cada cien denunciados por violencia de género, solamente dos lo logran. Mi ex también me había denunciado por pegarle palizas a una niña de cuatro años y, en esas condiciones, nadie había conseguido recuperar a su hijo. Teníamos que ser los primeros, abrir camino.

La Ley de Violencia de Género, la única que reconoce como víctima a toda mujer que diga serlo, fue diseñada como herramienta de negocio para los divorcios y para atraer el voto buenista hacia los partidos políticos. No se creó para evitar muertes: las estadísticas demuestran que detener hombres inocentes no salva vidas humanas. La norma maligna es autóctona: el feminismo radical no ha conseguido aprobar una parecida en uno solo de los otros 193 países del mundo y en ellos rige la presunción de inocencia.

Todo sea por los votos y por el dinero

Por eso decimos ‘industria de género’: España, el lugar en el que los políticos ven los conflictos familiares y a los mismos niños como suculentas fuentes de ingresos. La concordia no genera dinero y los divorcios justos, muy poco. Nuestros mil y un parlamentos aprueban normas que generan principalmente enfrentamiento; negocio para abogados, porque la formación de la mayoría de los parlamentarios es esa, la de letrado. En realidad, la sociedad completa es culpable.

Todo el mundo conoce un caso cercano de varón con la vida destrozada por una denuncia falsa, pero casi nadie lo dice en voz alta. Es como si todos negasen que el sol sale por el este. El Consejo General del Poder Judicial considera nimio el porcentaje de denuncias falsas, pero es juez y parte. Cómo vamos a encargar de denunciar las trampas del feminismo radical… a los propios feministas radicales.

Nada de esto sabía yo en 2007, cuando dormí en un calabozo por una denuncia falsa de violencia contra la mujer. Poco después de salir, fui rematado por otra de palizas a mi hija de cuatro años que tampoco aportaba prueba alguna. Mi niña se quedó sin padre un año entero. El caso fue sobreseído finalmente, pero nadie procesó a mi exmujer. Aprendí que en España habían desaparecido la línea entre verdad y mentira y, con ella, la misma frontera entre el bien y el mal. Que hacer negocio de la desgracia ajena es muy rentable en los divorcios.

Me preparé para una larga guerra de trincheras

Cien veces caímos mi hija y yo, ciento y una nos levantamos de nuevo. Una eternidad de denuncias falsas y recursos puestos por una mujer que la veía a ella como un manantial de riqueza, que sabía que siendo honrada no conseguiría vivienda ni dinero. Mi ex se había quedado mi piso y el ochenta por ciento de mis ingresos y contaba con los recursos de su familia de clase alta, que tiene dos pisos y un gran chalé. Yo no compraba ropa ni encendía nunca la calefacción, pero tenía el calor de mi madre y de mis hermanas Ana, Susana, Mónica y María Jesús.

También gozaba del cariño de mi hija, pero vivía en peligro permanente: en España, una nueva denuncia por violencia de género que no requiere pruebas paraliza cualquier petición de custodia compartida. De manera que retrasé una década ese intento. Vivíamos en el filo. Todo vale en este albañal inmundo en el que España se ha convertido desde que se implantó la ideología de género, que no juzga a las personas por sus acciones, sino por su sexo. Varón significa culpable y candidato a la cárcel.

En el plano público, aquella mujer denunciaba mentiras ante los jueces. En el privado, exhibía ante mi hija ya adolescente listas de hasta cuatro féminas que decía que habían sido maltratadas por mí. Llegó a decirle a mi hijita que yo había sido condenado a varios años de cárcel, pero me había librado de ingresar en prisión porque realizaba trabajos para la comunidad. Intentaba así convertirme en una especie de maltratador en serie para que la niña no dijera que también quería vivir conmigo.

Todo fueron absoluciones y sobreseimientos, pero los jueces nunca sentenciaron que la señora estaba mintiendo, de manera que yo vivía sumergido en una novela de distopía y con el agua más arriba del cuello. Cada madrugada, al ir a trabajar, dudaba si por la noche pernoctaría en a casa o regresaría al calabozo. Cuando me encontré con mi ex en la calle, llegué a enviar al juzgado escritos preventivos para que no me metieran en la cárcel. Temía que estuviera buscándome para meterme entre rejas

Una vida de terror

Algunos periodistas amigos de mi exmujer testificaron a su favor sin habernos visto nunca convivir. Once años así. Escuchando que ser prácticamente el único periodista que se arriesgaba a publicar estas cosas me daba muy mala imagen porque eso “sonaba machista”. Pero publicar “estas cosas” equivalía a decir la verdad.

Mi pequeñuela y yo comprendimos que lo primero era no rendirse: “never surrender”, como dice la canción de Corey Hart:

Así que si estás perdido y en tu soledad
no puedes rendirte nunca.
Y si tu sendero no va a llevarte a casa
no puedes rendirte nunca.
Y cuando la noche es fría y oscura
puedes ver, puedes ver la luz.
Porque nadie puede quitarte un derecho:
tu derecho: tu derecho a luchar y a nunca rendirte.

Luchábamos contra la injusticia metidos en un grupo incondicional de gente grandiosa. Mis hermanas y mi madre nos regalaron su tiempo y sus muy escasos recursos. Así lograron que yo pudiera seguir viendo a la chiquitina y que el contacto paterno filial no se rompiera cuando yo sufría órdenes de alejamiento.

La mayoría de los  jueces de género las regala para cubrirse, incluso cuando el padre no ha dado ninguna prueba de peligrosidad. La mujer de mi vida, Tania, también consiguió que hija y padre mantuviéramos el contacto en tiempos de máximo peligro de detención y cárcel, cuando mi ex vio que peligraba su dinero. Resulta imposible citar a todos los soldados de un ejército, pero Mario Arnaldo, Gabriel Araujo, Andrés Inocencio, Andrés Pérez Rubio y Juan del Moral siempre estuvieron ahí, escuchando mi llanto o resucitando mi cuenta corriente.

Durante todo ese tiempo de pesadilla intenté ayudar a otros. Aprobé dos licenciaturas y un doctorado en guerra de género ayudando al juez Serrano en la lucha contra las denuncias falsas que lo convirtió en un héroe represaliado por la Administración española y rehabilitado por la Justicia después. Cuando lo destituyeron como juez por defender la Justicia se convirtió en abogado. También en el mío, algo que no sé si podré pagarle.

En el plano personal, eso hizo que contase con un nuevo amigo que se preocupaba por cómo estaba mi pequeña. En terreno del periodismo, me obligó a publicar siempre porque no podía dejarlo solo. En el escenario judicial, Francisco Serrano fue el jurista de sosiego que encontró la vía que permitió que mi hija regresase a casa. A partir de ahora, la estadística está rota: en algún rincón de Madrid sí que hay un caso de un papá y una niña que han podido volver a vivir juntos remando contra la corriente de una Justicia corrupta. Y, cuando sea necesario, volveré a empezar.

No sin mi hija.

Dedicado a los que cayeron en esta lucha.

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