Nos remite un lector un artículo de opinión del gran Ángel Caamaño en el que habla de los presidentes de los festejos taurinos, un artículo fechado en 1896 y del que seguro muchos piensan que hoy podría estar de actualidad. Dice así:
<<Los hay que entienden de cosas taurina, por más que parezca raro; mas se hace necesario advertir que de tal modo escasean, que para dar con uno hay que recorrer más leguas que pelos rubios tiene el añadido el antidiluviano Carlos Albarán (el Buñuelero).

La inmensa mayoría de los presidentes creen de buena fe que su obligación es cosa de tan poca monta como telegrafiar superioridades taurómacas, o componer unos villancicos al Cristo del Garrote. De estos (no del Garrote, sino de los presidentes) es mi buen amigo D. Pegerto, concejal por casualidad, y que entiende tanto de toros como Chaves de castrar mirlos blancos.

D. Pegerto nació en Cabeza de Vaca; y aunque tal coincidencia parece acusar inteligencia en materia conúpeta, nada más distante de la verdad. El pobre hombre en sus mocedades se dedicó a la música, entregándose en cuerpo y alma a la flauta; tocándola tanto, que por poco se queda más tísico que los huéspedes de las patronas desecho de tienta y cerrado.

D. Pegerto, de la flauta saltó a la herboristería, y se estableció en la calle de la Ternera con una tiendecita en la que se expendían desde sanguijuelas hasta petróleo refinado, no sin haber abandonado antes el proyecto de un tranvía que, partiendo de la Traviesa de Moriana, fuese a terminar en lo alto de la calle de la Justa.

Estos datos prueban lo avispado que siempre fue D. Peferto, y demuestran que fácilmente llegara a ocupar un sillón en el Municipio. Tal cargo y la alternativa de matador de toros, están al alcande de todas las fortunas.

Bueno. Pues llegó un día en que a D. Pegerto le correpondió la presidencia de una corrida de novillos, y el hombre se echó a temblar.

-¿Qué voy yo a hacer en el palco de la autoridad, si ignoro hasta por dónde salen las mulillas?

-¿Pero de verdad usted no sabe nada de esas cosas?…

-¡Absolutamente! En mi casa, siempre se ha tratado de cuernos, mi mujer es quien ha puesto a prueba sus conocimientos. Yo, de suertes de capa, no conozco más lance que el que se le ocurrió al casto José con la esposa de Putifar. ¿Picar? Para mí ese verbo no tiene más aplicación que cuando se abusa de determinada hortaliza. En fin: la palabra meano yo creí que tenía relación con el mal de piedra, y a un amigo, víctima de ese padecimiento, se la apliqué…

-¿Y qué le hizo a usted?

-Una descalabradura; pues me tiró a la cabeza una Agenda taurina con cantos dorados.

D. Pegerto, concencido de que no había remedio, aceptó el compromiso; pero antes escuchó atentamente las instrucciones de un vecino suyo, a quien días antes se le había fugado la parienta con un conocedor de ganaderías y de… mujeres boyantes.

El día de la corrida D. Pegerto se encaminó a la Plaza por la mañanita, con el fin de presenciar el apartado.

-¡Valiente corrida ha traido la empresa!- oyó decir en un corro de aficionados.

-¿De verdad?

-¡Ya lo creo!- son seis toros de una vez, y con toda la barba. Hay tres negros, dos colorados y un berrendo; y o yo no entiendo una palabra de estas cosas, o el berrendo ese va a armar una revolución.

D. Pegerto ascendió por la escalerilla contigua a la sala de toreros, y dio vista a los corrales donde los seis bureles aguardaban la hora del jaleo.

-¿Qué le parece a usía la corrida?- preguntó el ganadero.

-¡Magnífica!- respondió el infeliz presidente. Y después de barbotar cinco o seis barbaridades fundadas en su ignorancia, se atrevió a preguntar al ganadero:

-Diga usted: de los seis bichos dispuestos, ¿cuál es el berrendo?

¡Calculen ustedes lo que pasaría durante la corrida!>>.

La presidencia de los festejos taurinos

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