La historia de las banderillas de fuego se remonta al siglo XVIII. Pero primeramente fueron los perros de presa los que atacaban a los toros cobardes, a fin de excitar o provocar su reacción agresiva para que tomaran las varas; y sin desaparecer esta costumbre del uso de los perros, que duró en algunas plazas hasta bien avanzado el siglo XIX, se empezó a utilizar el recurso de las banderillas de fuego.
De hecho, en la corrida que se celebró en Madrid el 16 de junio de 1796 se advirtió al público en los carteles anunciadores que en lugar de los habituales canes, se emplearían las banderillas de fuego, “al arbitrio del magistrado”, y así vemos como Goya, en sus grabados de la tauromaquia incorpora las banderillas de fuego en la lámina número 31 en la que aparece un toro fogueado.

No obstante, el uso de fuegos de artificio en los toros es anterior, constando referencias al uso de de cohetes ya en 1658, concretamente en una corrida celebrada en Granada en ese año, con ocasión del nacimiento del príncipe Felipe Próspero (hijo de Felipe IV), festejos en los que se decía que se utilizarían rejones de fuego “dispuestos con tal artificio, que al clavarse en los toros esparcían diversos cohetes”. Algo que se acercaría mucho a las posteriores banderillas de fuego.

Las banderillas negras

La presencia de perros en las corridas de toros

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