El estado siempre ha cobrado impuestos, eso es algo inherente al estado. Y los espectáculos taurinos no quedaban fuera de esta regulación fiscal. En este artículo os vamos a hablar de los impuestos de los festejos taurinos a principios del siglo XX. Así se establecían dependiendo del tipo de plaza y de festejo:
Según el Reglamento de la contribución industrial referente a espectáculos taurinos, en las corridas de toros de muerte o luchas de fieras en plazas permanentes de madera o fábrica, se pagará por cada una: El 3 por 100 del importe íntegro de un lleno o entrada completa, liquidando a los precios ordinarios o de despacho al público todas las localidades y entradas sin excepción alguna, aunque entre ellas las haya de propiedad particular.

En las plazas no permanentes de Madrid, Sevilla, Barcelona, Valencia, Cádiz y Málaga se abonaban 644 pesetas por cada corrida. En poblaciones de más de 30.000 habitantes eran 386 pesetas y en las demás poblaciones 192 pesetas.

En las corridas de novillos o becerros, sean o no de muerte, la cuota establecida también era del 3 por 100 del importe íntegro de un lleno o entrada completa, liquidando a los precios ordinarios o de despacho al público todas las localidades y entradas sin excepción alguna, aunque entre ellas las haya de propiedad particular. Y conforme a la distribución anterior para las plazas no permanentes el abono sería de 332, 162 y 104 pesetas prespectivamente.

Añadía la norma que de las cuotas señaladas a las empresas de toros, etc., serán responsables: en primer término, los empresarios o los arrendatarios de las plazas o locales donde se verifiquen las funciones, y en el caso de disolvencia de aquellos, los dueños de las mismas plazas o locales.

Respecto al Timbre, las empresas debían satisfacer en aquella época, 1910, el 15 por ciento dsobre el impote del valor de cada billete. Además los toreros debían abonar el 5 por 100 de sus ajustes, siempre que éstos no excedieran de 1.500 pesetas en cada corrida.

Del abono del Timbre eras responsables los arrendatarios de las plazas y, en caso de insilvencia, los dueños de las mismas.

Estos eran algunos de los impuestos con los que estaba grabada la fiesta de los toros.

 

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