Leer e investigar para escribir en El Diestro y ¡Olé! tiene el efecto de descubrir pequeñas joyas relacionadas con el mundo de los toros. Y el artículo que hoy compartimos es una de esas joyas. Un artículo de opinión, firmado por Luis de Tapia y publicado en la revista Los Toros en su número 36, publicado el 13 de enero de 1910. Un artículo en el que se cataloga a los aficionados taurinos de la época, un texto escrito hace más de un siglo y que, sin embargo, podríamos aplicar hoy día a los distintos tipos de aficionados taurinos. Un artículo que dice así:
<<El que crea que con todos los aficionados a toros puede formarse un tipo único de aficionao, ¡apañado está! Casi puede decirse que no hay dos aficionados iguales. A cada cual le da la manía por lado distinto.

Tan es así, que yo he formado una especie de catálogo o muestrario en el que aparecen, con su número correspondiente, cada uno de los entusiastas sujetos que constituyen la afición. Hay entre estos catalogados individuos algunos muy curiosos, y aunque seguramente vosotros lso conocéis, voy a tener el gusto de presentároslos. Atención, pues, y abramos el libro.

Número 1

El aficionado que aparece en la primera página es un señor que no va nunca a los toros. Decirle o preguntarle si piensa asistir a la del domingo, es inferirle un grave insulto. Invitarle a pisar la plaza, es querer tener con él una cuestión personal. El número uno del catálogo, el mejor aficionado a toros, el inteligente de más prestigio, no asiste jamás a estas mojigangas de ahora. El número uno considera vergonzoso sancionar con su presencia las corridas de hoy día. Para él (que ha visto a Cúchares y al Chiclanero, y, después al gran Rafael y al Negro) los toros se han acabado.

-¡Aquéllos eran toreros!- exclama a cada paso. -Ganaban menos y hacían más. Ahora, los aficionados se contentan con los desplantes de cuatro bailarinas que no saben donde tienen la mano derecha. ¡Tanto peor para ellos! Yo, por mi parte, no pienso sumarme al número de los tontos. Desde que Salvador se la cortó no he vuelto a los toros. Ni volveré, no se empeñen ustedes…

Y no hay quien le haga pasar de la Puerta de Alcalá un domingo por la tarde. De modo que resulta la paradoja de que el mejor aficionado a toros es hoy el que no va a los toros. Y el caso es que el tipo ha existido siempre. Porque cuando nuestro hombre iba a ver a Cúchares ya había aficionados que no iban a las corridas porque habiendo visto a Pedro Romero y a Delgado juzgaban poco serio ir a contemplar los jugueteos del señor Curro. ¡Así es el mundo…! Y vamos con otro.

Número 2

Del mismo modo que el número uno jamás va a los toros, el número dos no pierde ni una corrida. No sé cómo se las arregla, pero las ve todas (aun las que a la misma hora se dan en plazas y hasta en provincias distintas). Su memoria es prodigiosa y no se puede hablar con él sin que una serie de nimios detalles vengan a enriquecer el diálogo.

-¡Bonito jabonero!- le dice usted al ver salir por los chiqueros un bicho de tal pelo.

-Para jabonero -contesta con rapidez- uno que mató Parrao en El Puerto el 7 de julio del 88. Era del duque, astifino y un poco mogón del izquierdo. Le puso dos puyazos Agujetas sobre una jaca torda que le duró toda la corrida. ¡Aquél era un jabonero! Aquél y otro que en Salamanca le soltaron a Merenguito Chico el día del beneficio de…

A este aficionao hay que dejarle con la palabra en la boca o encargarle que escriba una obra estadística, porque de no darle algún encarguito no nos deja ver la corrida.

Número 3

El número tres, en vez de estar enterado de todo, no lo está de nada.

-Dice usted que aquel de azul y oro es Bombita, ¿no es cierto?

-No, señor. El de azul es un banderillero. Bombita viene de carmesí.

Poco depués dice a un amigo que le acompaña: -Mira, aquel picador es Badila.

Nosotros, que sabemos que el pobre José murió ya, sufrimos en nuestro asiento y ni nos tomamos el trabajo de rectificar.

-¡Bien, Bomba! -grita al poco tiempo viendo meter el capote al banderillero que viste de azul.

-Este hombre es totno – pensamos-. Se ha empeñado en que es Bombita y no hay quien le apee.

-¿De quién son los toros? -nos pregunta cuando se está corriendo el sexto.

-De su dueño-  contestamos amoscados, y huímos de aquel infeliz que nos ha dado la tarde.

Número 4

Este aficionado es el indiferente, el distraído, el que va a los toros por matar la tarde. Es el que al cuarto toro ya está cansado. El que goza cuando foguean un toro y cuenta las veces que salen del tejado, asustadas por el ruido, las palomas del conserje de la plaza. Al pasar las aves asustadas por cima de él simula apuntarlas con el bastón como si estuviese de caza. Es el que recorre con sus gemelos la delantera de grada por si hubiera alguna gachí con quien timarse mientras termina aquella lata de corrida. Es, en fin, el primero que se apercibe de que un globo aerostático cruza el espacio y hace que toda la plaza se fije en el majestuoso ballón. Es, en fin, todo lo contrario del siguiente.

Número 5

Este no desperdicia detalle. Dos horas antes de empezar la corrida ya está en la plaza. Entra por la puerta de los corrales. Allí permanece viendo todos los preparativos. Pide un programa de la corrida. Corre, luego, al poste indicador de las señas de los toros y apunta escrupulosamente, estirando el cuello y avanzando la cabeza entre un grupo de aficionados, todos los requisitos de los morlacos, por supuesto en la parte ad hoc que el revés del programa lleva impresa.

Saluda después a los diestros cuando cruzan el patio; se dirige a su localidad; lleva notas, para él solito, de los lances de la corrida, y terminada ésta, aún suele ir al desolladero y hasta llevarse a casa algún sabroso trozo del último pavo ya arrastrado.

Es un aficionado que no se priva de nada de lo que dan por el precio del billete…

Números siguientes

No es cosa de colocar a ustedes íntegro el cataloguito. Faltan entre los que van dichos muchos característicos tipos, tales como el señorito abonado, de gemelos en bandolera y cuidada toilette; el señor de la máquina instantánea que goza cuando hay cogida y puede tomarla; el paleto que desde los pueblos cercanos a Madrid se viene a pie el día de la corrida, y a pie se vuelve una vez terminada; el torero de paisano que asiste silencioso como una esfinge a presencial el trabajo de los compañeros, y mil y mil más que tengo catalogados y que se los enseñaré a los lectores que quieran ir por mi casa y consultar el muestrario. Son variados y casi infinitos los tipos que asisten a las corridas.

Tan solo en una cosa se parecen todos. Y es el afán con que acuden a los remates de las escaleras que dan acceso a las gradas de sombra. ¿Qué harán allí…? ¿Por qué mirarán hacia arriba cuando una buena hembra sube airosa, remangando los sedeños volantes de su vistosa falta bajera…? No lo sé.

Es la única cosa que no tengo apuntada en mi catálogo.>>

Dos toros en la arena para Frascuelo

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