Cristina, quédate
Cristina Cifuentes

La historia del declive y ocaso de Cristina Cifuentes no es una novela picaresca, sino una película de terror.

En primer lugar, porque demuestra que nunca iremos al fondo de las cuestiones ni nos libraremos del omnipresente “anda que vosotros…”. Esta muletilla nos impide realizar catarsis alguna en ningún ámbito. En vez de limpiar, cambiamos de tema. En cuanto conocemos una nueva prueba de que la señora no es capaz de distinguir el bien del mal y comete hechos inconfesables a diario, una legión de pelotas le anima en la Red a que se quede.

Los aduladores cambian de tema: no comentan los desmanes de Cristina, sino que dicen que ella ha mejorado la economía de Madrid, que alguien la persigue o cualquier otra cosa no relativa a si ha obrado correctamente o de manera inicua. Otra turba vomita en las redes que lo de Errejón fue peor o que lo de los ERE’s nos salió muchísimo más caro en Andalucía.

Una tercera profundiza en la teoría de la conspiración: lo importante no es lo que hizo la lideresa conservadora, sino quién lo ha publicado exactamente ahora y por qué. Matar al mensajero distrae al personal y exonera de culpa al delincuente.

Lo que más miedo da de la peripecia no es el caso concreto de Cifuentes, al fin y al cabo una más a la que hemos pillado, sino lo que el psicólogo Julio Bronchal llama “selección inversa”.

Un sistema perverso de elección de líderes que, inexorablemente, conduce a la involución colectiva. Como cada vez parece más claro que el sistema político solo selecciona para la cúspide individuos éticamente muy defectuosos, seguramente algo estamos haciendo mal. Cifuentes se enfanga en sus respuestas y dice cosas tan delirantes como que se va con la cabeza alta o como que su padre estaría orgulloso de ella.

Sobre las cremas que se llevó del supermercado se defiende con el pleonasmo “fue un error de manera involuntaria”. Si fue involuntario, ¿por qué las pagó para salir? Mucho más inquietante: ¿quién dio la orden de soltarla por ser quien era? ¿Para ella rige el mismo Código Penal que para mí? ¿Puedo robar involuntariamente y ser liberado?

Hemos instaurado en política un sistema de Darwin invertido.

Ahora rige el país un esquema en el que no se aplica ninguna exigencia de mérito y capacidad. En el que tampoco hay estructura ética ni diferencia alguna entre el bien y el mal. En el caso de Cristina Cifuentes, cada palabra suya es más aterradora que la anterior, porque dibuja el retrato de una personalidad psicópatica que había llegado lejísimos y cuya ambición era presidir la nación.

No es un capricho mío. Los rasgos del psicópata son persecución del éxito a cualquier precio; disposición a hacer daño a quien haga falta para conseguirlo; dones para medrar a costa del daño ajeno; imposibilidad de reconocer culpa, ni siquiera las evidentes; absoluta confusión entre verdad y mentira; desaparición de las barreras entre el bien y el mal; y permanente simulación de que el psicópata es la víctima, en lugar de el verdugo.

Te pillan con las manos en la masa, filtras que alguien te ha tendido una trampa y la turba de ahí afuera olvida que lo importante no es si te han cazado, sino si has delinquido o no.

Escuchando a Cifuentes enhebrar una mentira escalofriante detrás de otra al irse, dan ganas de decirle “Cristina, quédate; no has hecho nada”. Imaginen cómo mentiría la señora si no hubiera pruebas fehacientes de que es capaz de cualquier cosa.

Lo que más miedo da no es escuchar fabular a la persona que habíamos considerado más apta para dirigir la comunidad central: lo aterrador es ver mentir a la inmensa mayoría de los medios de comunicación, siempre a favor del poderoso. Empezando por la utilización de la palabra “dimisión”.

Realmente, y con la protagonista aferrada al sillón durante semanas a costa de pasar vergüenza y tragar bilis, cuando finalmente la echan ¿tenemos que decir “dimisión”? Lo que definitivamente ha podrido nuestro sistema es la perversión sistemática simultánea de tres estructuras: la política, la judicial y la periodística. Con que uno solo de esos tres poderes hubiera permanecido libre e independiente, no habríamos podido corromper España así. Vamos a deberle mucho a la siguiente generación.