Género tóxico
El Exterminador de Tontos

España no es estrictamente un país de vagos porque en ella no hay más gandules que en otros lugares, pero los zánganos de aquí están protegidos.

De manera que nuestro problema no es un vicio individual, sino una enfermedad integral del sistema. Una cosa es ser víctima de los gandules y otra muy diferente, que nos hayamos convertido en una fábrica de ellos.

El sistema de subvenciones fue creado en torno a un objetivo aparentemente solidario y muy loable, pero degeneró y se convirtió en el actual esquema de protección que convierte en lucrativo casi todo lo inactivo. Las subvenciones y los subsidios han protegido centrales eólicas que tomaban la energía nocturna de la propia red, cubren a las muchas personas que no quieren buscar empleo “porque entonces me quitarían la ayuda” y convencen a los famosos ninis de que lo mejor es pasar todos los años que puedan tocándose el bálano.



El término nini se aplica ahora a jóvenes que ya han terminado los estudios y no encuentran ocupación, pero nació como palabra para designar a los que no estudiaban ni trabajaban por decisión propia. La voz menos común ‘ninini’ significa en la calle “Ni estudia, ni trabaja, ni lo intenta”. El mal no está en el mismo ninini ni en su permanente empeño de permanecer en horizontal; la enfermedad arraiga en la misma la sociedad que le garantiza que podrá hacerlo. Todo el que cría parásitos espera poder serlo algún día.

No es fácil echar de casa a un vago de veintiocho años

El Código Civil garantiza su derecho a que se mantenga “el principio de solidaridad familiar”. Este eufemismo significa que le permite quedarse tumbado en casa.

Tres características ‘sine qua non’ definen al vago profesional protegido en el hábitat español: mentira, insolidaridad y cobardía. Lo de que todos mienten se concreta en que ninguno ha dicho nunca la verdad: “Es que soy un vago”. Todos alegan incompatibilidades con el esfuerzo, nunca voluntad de zanganear. En cuanto a lo de la solidaridad, el zángano se la exige a los demás, pero jamás la practica: si ve deslomarse a sus progenitores, no siente lástima alguna.

En referencia a la cobardía, el vago siente más pánico a trabajar cuanto más tiempo lleva librándose a diario de esa maldición: si cumple una cierta edad tumbado y adorando el becerro del ocio, sencillamente ya no se imagina currando. En ese instante, comienza a diseñar su bucle melancólico de excusas. Los políticamente correctos lo defenderán afirmando que es bueno, pues para ellos bueno es todo aquel que “no ha matado a nadie”. Estos imbéciles de lo pulcro consideran bueno todo lo que presente un aspecto limpio y un corazón podrido. Por ello, creen lícita la explotación del hombre por el hombre siempre que el explotador muestre una apariencia débil.

Caso 1: Joven alérgico

Varón, veinticuatro años. Nini. Ni ha conocido la precariedad ni le impresiona el ejemplo de sus padres, emigrantes de vida dura que repiten sobre sus tímpanos impermeables el mensaje de que, a su edad, llevaban ocho años trabajando. La firme decisión de no trabajar jamás está aherrojada a fuego en su cerebro casi desde siempre, pero él dice continuamente que busca empleo.

En realidad, disfruta la alegría de vivir en el mayor paraíso de paro de todo el primer mundo, que le ofrece incontables excusas para holgar. Cuando se despierta, con una mano se acomoda los testículos en el escroto y con la otra maneja el mando de los videojuegos. Todos los días del año, sobre la una y media de la tarde, utiliza Instagram para mostrarle al mundo dónde está: en la cama, moviendo los pies bajo la colcha frente al televisor. No entiende por qué no le compran un coche o, al menos, otra consola más moderna.

Caso 2: Okupas

Lourdes M., trabajadora madrileña de clase media, queda estupefacta cuando comprueba que lo que escuchaba en el Telediario era verdad: aquí se puede ocupar una vivienda de otro y permanecer impune. Vivir en una gigantesca cadena de hoteles gratuitos. Cuando el tipejo que se ha metido en su casa de Cuatro Caminos se aviene a negociar con ella una cifra de chantaje a cambio de abandonar el edificio, la mujer acepta el mal menor de perder unos miles de euros en lugar de permitir que el tiempo genere en su bolsillo un roto insondable e irreparable.

El golfo ‘okupa’ otro pisito, cobra el estipendio correspondiente por dejar el de Lourdes y se larga, sonriendo. La casera forzosa se queda pensando que este sistema de patrocinio oficial de la desidia nos ha convertido en una sociedad enferma. Todo político que pueda disfrazar de solidaridad una decisión injusta intentará inmediatamente aprobar una ley al efecto. A menudo, una ley de subvenciones.

Dejando aparte la ideología, lo cierto es que subvención solamente significa cambiar dinero de bolsillo a cambio de los votos del del vago. Conflicto significa negocio para los abogados y son abogados casi todos los diputados que vegetan en el Congreso mercadeando con el dolor ajeno. Generalmente, parlamentarios que no saben hablar.

Caso 3: De baja.

Juan es periodista de radio y en octubre de 2017 le asignaron el turno de las cinco de la mañana. Desde entonces, no ha vuelto a trabajar. Es enfermo crónico de asma y no le resulta difícil fingir, periódicamente, los síntomas que dan derecho a una baja. Regresará a la redacción cuando le devuelvan su horario cómodo. Todos sus compañeros saben que finge la recaída.

Unos cuantos son cómplices: cada lunes que no aparece por la emisora porque “no respira bien”, le llaman por teléfono y le preguntan qué tal se encuentra. Sonrientes. Como felices de tener que desempeñar su trabajo al sustituir a un tipo que acude a la redacción menos de doscientos días al año.

Caso 4: Divorciada ¿o jubilada en plena juventud?

Cristina siempre trabajó sin excesos, modulando mucho el esfuerzo para no hacerse daño, incluso para ni siquiera correr riesgos. Es de clase económica alta y se formó en Periodismo en la universidad más cara, la de Pamplona. En 2002, y tras treinta años alimentándola, su padre la entregó simbólicamente ante el altar. Rafa, de clase baja, es quien desde hace dieciséis años la mantiene.

Por eso recuerda amargamente aquel momento aciago del casorio. En realidad, todo ha sido más un problema económico que una cuestión de roce en la convivencia. En 2007, cuando Cristina decidió separarse, una abogada feminista muy cercana al PSOE le dio a elegir divorciarse “por lo civil o por lo penal”. Ella escogió este último divorcio ‘exprés’, que consiste en que desde el instante de la denuncia falsa ya puedes sacar de casa a tu marido y quitarle a sus hijos.



La trampa conceptual está en que un problema económico termina juzgándose como un asunto de violencia. Después, el Sistema feminista te permite vivir de él el resto de su vida llevando a tu ex a juicios civiles en los que solo tienes que demostrar que no trabajas. Y también a procedimientos penales que lo retraten como un maltratador. Tú temes al tipo que dices que siempre te ha torturado aunque no tienes pruebas… y lo ves como a tu cajero automático ambulante.

El Sistema simula proteger a los hijos, pero en realidad solo te ampara a ti: te otorga la custodia y, gracias a ella, te garantiza el vil metal por si no deseas trabajar nunca más. El único requisito: que estés dispuesta a mentir y a destruir a un hombre a cambio de la pasta. En el límite, si al padre le embargan su único piso, los dañados serán los menores a los que se simula proteger: se quedarán sin herencia. Cristina está dispuesta a permanecer en paz, sin denunciar, si no le obligan a currar. En La Castellana, las feministas han cortado el tráfico y protestan contra el techo de cristal: exigen que todas puedan trabajar.

Una especie que no está en vías de extinción

La vaguería es una religión. El vago es un cruzado, un gladiador juramentado con la idea de no hacer esfuerzo y un estratega que a todas horas repite que aquí no hay manera de encontrar trabajo. Que lo intenta a cada instante. En cualquier país del mundo puedes encontrarte con uno de estos guerreros. En España, el problema es, efectivamente, colectivo: el gandul también es un jugador de ventaja porque lo hemos convertido en especie protegida. Orwell y Hans Cristian Andersen dijeron tras viajar por aquí que España era realmente diferente.

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