Ashley Judd y Mira Sorvino, a su llegada a la gala de los Oscar: fueron las primeras actrices que denunciaron el daño que Harvey Weinstein había hecho a sus carreras.

No se movieron demasiado del guión de la corrección política diseñado desde hace semanas. La 90ª edición de la gala de los Oscar, que tuvo lugar este domingo en el Dolby Theater de Hollywood, se convirtió en altavoz de #MeToo y #TimesUp.

En la alfombra roja no hubo monotonía de trajes negros(símbolo de las protestas contra el acoso sexual), como en los Globos de Oro de enero o los Bafta de febrero, y sí muchos blancos y rosas. Channing Dungey, presidenta de la ABC, cadena que emite el evento, abogaba por “permitir que su mensaje sea escuchado” sin eclipsar “a los artistas y a las películas”.

Jimmy Kimmel arrancó su tarea como presentador con un alegato por la igualdad y por el cambio. Una mujer fantásticapelicula chilena apologética del transexualismo, se llevó el Oscara la mejor película de habla no inglesa. El galardón al mejor corto de ficción no fue para Watu Wote: All of Us, que refleja un episodio de persecución a los cristianos en Somalia, sino The silent child. En cuanto a Call me by your namefilm que exalta una relación homosexual pederasta, ganó el Oscar al mejor guión adaptado.

Ahora bien, más allá de la justa protesta contra el acoso sexual en la meca del cine (un escándalo en el que se han visto envuelto muchos de sus santones progresistas, con Harvey Weinstein a la cabeza), el movimiento #MeToo parece reforzar las causas de ese mal: a saber, la sexualización universal y la entronización del consentimiento como único criterio moral. Así lo considera Mary Cuff, filóloga y profesora de literatura inglesa en la Universidad Católica de América, en un artículo publicado en Crisis Magazine:


La profesora Mary Cuff plantea algunas interesantes objeciones al planteamiento de fondo de #MeToo, que deja intactos los errores morales que conducen al acoso sexual y a su encubrimiento.

EL CAOS DE LA MORALIDAD DEL “CONSENTIMIENTO”



Kate Middleton, la duquesa de Cambridge, suele ser la preferida de los medios de comunicación, sobre todo cuando se trata de su vestuario. Se escriben multitud de artículos sobre lo acertado de su estilo en galas, actos benéficos y desfiles. Prácticamente no se equivoca nunca en lo que concierne a la moda. Por esto me dejó sorprendida un artículo que leí el otro día en el que decían pestes sobre el vestido verde musgo que llevaba en una ceremonia de entrega de premios [los premios Bafta, el equivalente al Oscar en Inglaterra]. ¿Su crimen? No llevar puesto un vestido negro, tal como manda socialmente el movimiento #MeToo (conocido en el Reino Unido como #TimesUp).


Guillermo de Inglaterra y su esposa, Kate Middleton, en la entrega de los Premios Bafta (British Academy of Film and Television Arts), el pasado 18 de febrero.

Se supone que, en la actualidad, la realeza británica tiene que estar por encima de la política y seguramente éste es el motivo por el que la duquesa optó por no hacer una declaración con su vestimenta. Sin embargo, su no-declaración ha sido, para mucha gente, una declaración: Kate no quiere apoyar a las mujeres que han sufrido acoso o han sido violadas. El vestido verde de Kate se ha convertido en el chivo expiatorio de la larga historia humana de mala conducta sexual.

El papel de la modestia
Pero los vestidos, independientemente de cuál sea su color o su corte, no van a resolver el problema del acoso sexual ni la cosificación de la mujer. Muchos conservadores tradicionales se meten en problemas con sus amigos progresistas cuando intentan sugerir que, aunque es cierto que el acosador es responsable de sus acciones, la mujer víctima del acoso a lo mejor hubiera sido tratada de manera distinta si no hubiera llevado ropa sugerente. Después de todo, los hombres se dejan llevar por los ojos más que las mujeres, y si una mujer quiere evitar ser cosificada debería llevar ropa que demuestre claramente su deseo de ser mirada con respeto, y no con lascivia. Argumentaciones como ésta suelen ser tachadas de “culpabilización de la víctima” o de “humillación de la puta”.

Aunque considero que es importante que las mujeres y los hombres, cuando se visten, tengan como objetivo la modestia, ésta misma puede ser un objetivo cambiante. Es difícil encontrar un estándar objetivo e intemporal de lo que es modesto, porque suele ser algo culturalmente contingente. Históricamente, un vestuario modesto refleja lo que la persona tipo de la sociedad consideraría atractivo, sin alardeo sexual o sin exceder los límites de las normas sociales. La vestimenta debe complementar el cuerpo sin hacer de éste un fetiche. Obviamente, en nuestra sociedad plural es difícil determinar qué puntos de vista son “típicos” en oposición a los que son excesivamente puntillosos o promiscuos. Además, lo que se considera modestia cambia de generación en generación, y no siempre debido a la relajación de las costumbres sexuales.

Se da por hecho que las celebridades, en la alfombra roja, tienden a cubrirse con tejido todo el cuerpo menos las partes más importantes, un comportamiento decididamente impúdico que transgrede deliberadamente las normas de la sociedad con el fin de provocar pensamientos lujuriosos. ¿Contribuye la indecencia de las celebridades a la cosificación y abuso de la mujer, abuso contra el que ahora se quiere reaccionar? Indudablemente. Pero los vestidos no conseguirán acabar con la mala conducta sexual.

El error de base
Tanto los progresistas como los conservadores están obviando el problema subyacente. Todos los titulares de este último año sobre los acosos sexuales desenfrenados y el comportamiento no profesional han demostrado ser síntomas de un patrón moral confuso. Los hombres (e incluso las mujeres) que han sido transformados en parias sociales por haber sido acusados públicamente de mala conducta sexual seguramente temerán más denuncias, por lo que tendrán cuidado con lo que hacen, pero esto es sólo un tirita; la hemorragia es interna. Al intentar abordar esta cuestión, el movimiento #MeToo aboga por la misma enfermedad que es la causa del descontrol del problema: la idea de una moralidad basada únicamente en el consentimiento.

Hace unos años, unas fotos de la actriz Jennifer Lawrence desnuda, que ella se había hecho para su novio, fueron pirateadas y publicadas en los medios de comunicación. Naturalmente, ella se sintió destrozada e intentó retirarlas. Sin embargo, al cabo de un mes, posó desnuda para una serie de portadas con el fin de “educar a la gente sobre laimportancia del consentimiento“. La razón por la que fue injusto que el primer grupo de fotos acabara en la red fue porque ella no había dado su consentimiento. Pero no había problema en publicar el segundo grupo -aunque también era de naturaleza privada- porque ella había dado su permiso.


Jennifer Lawrence: “Es mi cuerpo, debería ser mi decisión”, afirmó en la portada de Vanity Fair tras el robo de sus fotos privadas. El consentimiento señala sin duda la barrera del delito, pero, como señala Mary Cuff en este artículo, no es una base sólida para la moral.

Posar desnuda en la portada de una revista, ¿es más virtuoso cuando se hace con conocimiento y consentimiento? La acción es equivocada porque es perjudicial: para uno mismo y para los demás. Cosifica el cuerpo, que es el templo del Espíritu Santo. Daña la relación con los seres queridos: ningún hombre es suficientemente abierto de mente para apoyar este comportamiento de su mujer como “su decisión” (aunque haya quienes digan que sí lo hacen). Y, desde luego, degrada la moralidad de la sociedad, dando mal ejemplo a las chicas adolescentes y, sobre todo, siendo una mala tentación para los chicos adolescentes.

El efecto contrario
Pero el consentimiento dicta muchas de las conversaciones que conciernen el actual movimiento #MeToo, como también otros muchos movimientos bienintencionados que intentar detener la totalmente inaceptable cosificación de las mujeres. El problema con el remedio es que identifica erróneamente la enfermedad. El consentimiento es una base poco sólida para un sistema moral. Cuando la misma acción es buena o mala basándose sólo en si la respuesta es “sí” o “no”, la gente racionaliza el mal comportamiento más fácilmente: tal vez ella está coqueteando, o jugando duro, o tal vez le guste cuando lo haya experimentado. Lo que es bueno o malo es arbitrario: si esa chica se mete en la cama con un chico que apenas conoce, pero rechaza las insinuaciones de otro, el hombre rechazado presume que su consentimiento es flexible. Por lo tanto, insiste cada vez con más fuerza y osadía, sabiendo que su objeción no se basa en un principio, sino en el gusto y la elección del momento oportuno.

La moralidad basada en el consentimiento es inherentemente ambigua y poco fiable: mientras algunos hombres asumen que “no” puede significar “quizás”, algunas mujeres, arrepentidas por los encuentros sexuales consentidos que dejan una mala impresión de ellas, acaban cambiando su “sí” por un “no” después del hecho. Este es el caso, por ejemplo, de Monica Lewinsky, que últimamente ha sugerido que en su affaireconsensuado con el entonces presidente Bill Clinton la estructura de poder estaba desequilibrada, por lo que su “sí” fue forzado: darse cuenta de esto le ha costado veinte años de su vida. Entonces, ¿son totalmente equilibradas todas las relaciones sexuales? Según el estándar de Lewinsky, toda relación sexual puede llamarse “violación”.


Monica Lewinsky dijo siempre que su relacion con Bill Clinton fue consentida, e insistió en ello radicalmente hace cuatro años: “Sí, mi jefe se aprovechó de mí, pero siempre me mantendré firme en que fue una relación consentida”. A raíz del movimiento #MeToo, considera ahora “las implicaciones de las enormes diferencias de poder entre un presidente y una becaria de la Casa Blanca” y dice que “en tales circunstancias, la idea de consentimiento podría ser discutible“.

La moralidad basada en el consentimiento no salvará a las mujeres de transgresiones sexuales no deseadas, y tampoco es un control útil para los hombres que luchan consigo mismos para comportarse adecuadamente. Si el movimiento #MeToo quiere llevar a cabo un cambio efectivo, tiene que abrazar el sistema moral en el que la bondad y la maldad objetivas hacen que las acciones sean buenas o malas, no las palabras “sí” y “no”. La naturaleza humana es frágil y todos tenemos libre albedrío, por lo que nunca tendremos un sistema infalible que evite el mal comportamiento.

Pero un sistema moral basado en el bien y el mal, y no en el consentimiento, dará como resultado una sociedad en la que muchos hombres, cuando se encuentren solos con una mujer con la que no están casados en una sala o en un ascensor, no le harán insinuaciones sexuales, deseadas o indeseadas, porque sabrán que la acción es, en sí misma, equivocada. En este tipo de sistema moral, lo que una persona debería o no debería hacer es mucho más fácil de comprender porque hay una explicación objetiva y lógica por la que una acción es buena o mala, por lo que racionalizaciones del momento sobre el mal comportamiento son difíciles de justificar. Un sistema moral basado en el consentimiento elimina toda la lógica en favor de una preferencia individual puramente subjetiva, lo que resulta en un caos social.

Traducción de Helena Faccia Serrano.

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