Seguimos con la lectura de antiguas publicaciones taurinas. Y hoy compartimos con todos nuestros lectores y amigos este artículo de opinión publicado en la revista El Ruedo del 8 de agosto de 1946. Un artículo que mucho de vosotros firmaríais hoy día, estamo seguros. Un artículo dirigido a un público desorientado que dice así:

<<Estamos en la Plaza de Toros de Valencia, 28 de julio de 1944. Se celebra la cuarta corrida de la famosa feria que han toreado siempre las más célebres figuras de la torería. Uno de los matadores que esta tarde actúa se perfila para entrar a matar. Coloca la espada a la altura de su hombro izquierdo, lía la muleta y, antes de arrancar, balancea su cuerpo sobre la punta de los pies. El espectador que está a mi lado dice: uno. El torero vuelve a empinarse, subiendo y bajando el cuerpo, cmo si estuviera en un tíovivo. El espectador dice: dos. Nueva empinada a balanceo. El espectador dice: tres. Y no ha teminado de decirlo cuando el toreo arranca a matar a una velocidad increíble. Cae como un rayo sobre el toro, le hunde la espada en su carne y, sin soltar la empuñadura, sale a toda velocidad por el lomo del toro, espada en mano. Esto se ha llamado siempre un metisaca. Pues bien: el espectador que contó uno, dos tres, vocifera frenético, mientras sus manos enrjecen de tanto aplaudir.

-¡Qué bárbaro, qué volapié más inmenso le ha dado! – y dirigiéndose a mí me informa: -¡Yo le he contado los tres tiempos, se fijaría usted!

Aquel espectador creyó de absoluta buena fe que los tres tiempos del volapié fueron los tres balanceítos o empinaditos sobre la punta de los pies que el matador dió, no sabemos con qué fines. Mi reacción fué instantánea. Abandoné la Plaza, mientras el torero daba la vuelta al ruedo con no sé qué cuántas orejas en la mano. No, en tanto persista esta desorientación del público no se puede ir a los toros.

No van estas líneas encaminadas a ese torero que, según mi vecino de localidad, marcó tan a la perfección los tres tiempos del volapié. Él hace perfactamente en balancear tres veces su cuerpo torero y matar al toro luego como pueda y sepa -a mi juicio, muy mal-. Él hace perfectamente en cobrar por eso, y por torear infinitamente peor que como se tira a matar, buenos miles de duros. Mi crítica se dirige al público que lo tolera. Porque matadores malos y toreros peores los ha habido siempre. Lo que ocurría antes es que apenas toreaban y cuando se vestían de luces lo hacían en Plazas de poca importancia, y no ocupando varios puestos en las ferias más prestigiosas de España. Jamás, hace unos años, se hubiera tolerado que un torero, no mediocre, sino francamente ignorante y carente de arte y de personalidad, invada fulminantemente, al cobijo de unos triunfos forjados por la desorientación de un público, las cosas justas, infinitamente más ignorante que el torero en cuestión. Porque el confundir tres balanceos con los tres tiempos del volapié no fué ofuscación de mi vecino de localidad en la Plaza valenciana. Él no hizo sino repetir lo que oyó, como lo oí yo también, la misma mañana de la corrida, en labios de un prestigioso crítico madrileño, el cual me lo contó para darme ide a de cómo era el torero y de cómo estaba el público con él. Yo, a pesar de su seriedad, lo tomé a broma. ¡Pero sí, sí, broma! A estas horas habrá cundido por toda España lo de los tres tiempos. Y contra lo que voy, porque lo considero un deber.

En esta misma feria de Valencia se ha hecho una intensa propaganda mural del torero de los tres tiempos, consistente en una fotografía suya dando una manoletina mirando al público, y con unas palabras que rezan: “¡Así torea Fulano!” Pues bueno; en la última feria, un torero de verdad, aunque terrible y nefastamente influído por esta clase de lances al margen del toreo, dió este pase dos veces, y la Plaza vibró de entusiasmo y le dieron la pata del pobre toro. Insisto en que la culpa no es de los toreros. Ellos buscan el triunfo por el camino más fácil y menos expuesto. Es de ustedes, cándidos espectadores sin paladar, que gustáis de lo falso y lo grotesco, desdeñando lo auténtico y lo perfecto. La manoletina mirando al público es un lance de torero cómico, el balancear el cuerpo al ir a arrancar a matar no es nada, a lo sumo un tic nervioso. Que conste así para aviso de los desorientados>>.

Un artículo de Antonio Díaz-Cañabate que imaginamos levantó polémica en su día. ¿Qué os parece?

Martincho y el torear con los pies atados

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