En el artículo publicado ayer os hablábamos de la vergüenza torera y nos preguntábamos si así la entendéis, como se contaba en esa crónica de la actuación de Antonio Reverte. Uno de nuestros lectores nos ha hecho llegar una anécdota, protagonizada por el diestro José Redondo “El Chiclanero”, en la que se habla de vergüenza torera y se pone un ejemplo con el que imaginamos, todos estaréis de acuerdo. Dice así:

<<El Chiclanero ya es torero cuajado, de buena planta, que torea de capa y pone banderillas formidablemente, con la mulerta sigue en méritos a su maestro Paquiro, a quien gana la partida con el estoque.

El Chiclanero es el torero presumido, seguro de su arte y de su pujanza, que un día, en sitio público, dice con altanería:

-Yo soy reondo, como mi apellido.

Pues a este torero se le presentó un día la ocasión de mostrar a las claras el concepto que tenía de lo que debe ser la dignidad de un matador de toros, y lo hizo de manera tan teminante que del hecho quedó constancia en los tratados taurinos que hoy son clásicos. Ocurrió así:

La Empresa de Sevilla organizó, en 1846, una corrida de toros, en la que había de tomar parte el Chiclanero. EL ganado era de la vacada de don Plácido Comesaña, de la que descienden los toros que actualmente llevan el hierro de la ganadería de los herederos del duque de Tovar.

La víspera del día de la corrida, el Chiclanero llegó a Sevilla y antes de preocuparse de cualquier otro asunto, amrchó a Tablada para ver los toros. Los ve, en efecto, tuerce el gesto y regresa a Sevilla en busca de los empresarios, a los que encuentra en un café.

Uno de los empresarios era el señor Berro, y con él se encaró, después de los saludos obligados, para decirle:

-Y no habrá toros en Sevilla porque el Chiclanero se vuelve para su pueblo en el primer vapor. José Redondo, caballeros, no es matador de novillos. Los bichos que hay en Tablada solo tienen cuatro años, y no los mato yo porque me sobra vergüenza.

Todos los contertulios, amigos del Chiclanero, agunas personas influyentes y de viso, terciaron en la cuestión, pretendiendo convencer al de Chiclana para que desechara aquellos escrúpulos y torerar la corrida. Todo fue inútil, la corrida no se celebró.

Al público se le dio el pego diciendo que los toros se habían escapado>>.

Otro ejemplo de vergüenza torera, pero seguro que hay muchos más…

Antonio Reverte y la vergüenza torera

El día que Chiclanero mató un toro en los tendidos de la Maestranza

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