En marzo del pasado año escribíamos un artículo dedicado a los monosabios, en el que explicábamos su origen, evolución y funciones actuales. En este artículo de hoy queremos compartir una reflexión sobre los monosabios firmada por Antonio Díaz-Cañabate y publicada en la revista taurina El Ruedo, en abril de 1948. Dice así:
 

<<¿A ustedes le son simpáticos los monosabios? A mí, sí. ¡No frunza usted el ceño, señor aficionado intransigente! Ya sé que en muchas ocasiones se extralimitan en sus funciones y obligan a un toro mansurrón a tomar una vara que maldita la gana que tiene de tomarla; que estorban con su movilidad, y a veces con su oficiosidad, el normal desarrollo de la lidia; que pretender apurar indibidamente las escasas fuerzas de un caballo; que su trato con estos probres animales no es dulce y benévolo. Conformes. Pero, a pesar de ello, el monosabio es indispensable en la inevitable suerte de varas, y su figura y su actuación muy simpática en el ruedo.

El monosabio, ante todo es valiente. Algunos toreros, y bastantes picadores, han salido de entre ellos. De los matadores antiguos, recuerdo a Felipe García, y de entre los modernos, Fausto Barajas. Esta dinastía de los Barajas, aun en auge, procede toda de monosabios, y su más notorio miembro, el actual y gran picador, los domingos que no torea, por la arena madrileña se ve su corpulento corpachón auxiliando a sus compañeros. La valentía del monosabio se evidencia, sobre todo, en las hoy poco frecuentes caídas al descubierto. Muchas veces, su colaboración y su arrojo le permiten hacer el quite a cuerpo limpio, llevándose al toro a golpes de su varita en el testuz y saliendo por pies, muy limpia y toreramente.

Cuando va uno de los toros, acompañando a un extranjero o a una señorita de escasa afición taurina, son de temer las preguntas que continuamente hacen, casi todas adjetivas a la Fiesta propiamente dicha.

-Oye, ¿y por qué el matador, siempre que se acerca a la barrera, bebe agua?

-Porque se le seca la boca.

-¿De qué, del polvo?

-No, del miedo.

-¡Ay, qué gracia!

-¿Tú no has tenido miedo nunca?

-Yo no.

En seguida habrán comprendido que esta conversación se mantuvo con una señorita. Las señoritas nunca tienen miedo a nada. Una vez un extranjero me dijo en la plaza:

-Lo comprendo todo menos el papel de los monosabios.

-Pues a pesar de ser secundario, es importante.

-No lo dudo. Pero lo que no entiendo es el por qué, si son capaces de estar cerca del toro, no son toreros. Mire usted ese que lleva el ronzal al caballo y se dirige recto hacia el toro. Su peligro es grande. No tiene la defensa de la capa. Bien es verdad que en cuanto el toro avanza suelta la cuerda y sale corriendo; pero esto no obstante, para hacerlo se necesita valor, y no escaso.

-Es que para ser torero se necesita valor, pero también es preciso el arte.

-¡Oh, el arte! Por lo que he visto, no creo en el arte del toreo. Viene a ser igual que el del monosabio.

-Perdone usted. Me explicaré mejor. Una corrida de toros, como espectáculo, es incomparable. En cuanto a colorido y vistosidad, no hay nada en el mundo que pueda oponérsele. Si arte es la habilidad, la disposición para hacer alguna cosa, indudablemente el torero es un artista; pero, según esto también lo es el monosabio.

-Pero a una corrida le suprime usted los monosabios y no pasa nada. En cambio, quita usted los toreros y no hay corrida.

-Evidente. Pero insisto. En las pocas corridas que he presenciado, sentí emoción, pero no artística. Sentí la sensación de que un hombre está en peligro y lo burla.

-Ahí está el arte.

-Desde luego; pero, entonces, no me podrá negar usted que el monosabio peligra y asimismo burla, eso sí, con menos gallardía y majeza.

No le pude convencer. Siguió en sus trece.

-Lo que me parece bien es que los monsabios no vayan vestidos de oro o plata. Su indimentaria, roja y azul, es esa pincelada genial de los grandes maestros para obtener un contraste, para resaltar un efecto. Al paseo, ¡tan bello!, sin el desfile final de los monosabios, le faltaría algo.

-En eso quizá tenga usted razón.

Dejando a parte las disquisiciones de extranjeros, los monosabios, que de siempre han estado al lado de los picadores, cumplen una función muy simpática y hasta benéfica. ¡Oh, aficionado intransigente!>>.

Y vosotros, queridos lectores, ¿qué opináis sobre esta reflexión?…

Así toreaba El Viti (VÍDEO)

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