Hace unos días tuve la suerte de poder ojear un ejemplar del semanario taurino ilustrado Sol y Sombra, concretamente el correspondiente al número 2 del 29 de abril de 1897. En entre sus páginas leí una bonita historia que quiero copartir con todos los lectores y amigos de El Diestro y ¡Olé! Una bonita historia, de un hecho histórico, firmada por Ángel Caamaño que dice así:
Ello fue en un importante pueblo de la provincia de Huelva, cuyo nombre costaríamos no poco aprieto consignarlo; pero el hecho que me propongo referir tengo seguridades, fundadas en la formalidad de quien me lo dio a conocer.

El pueblo de referencia celebraba su feria anual, feria de no escasa importancia en cuanto a transacciones comerciales, y de resonancia en lso pueblos circunvecinos por loreferente a festejos y distracciones populares.

Una de las más importates posadas de aquella villa estaba materialmente atestada la noche del primer día de ferias, y en la vasta cocina del caserón la animación era extraordinaria.

Diseminados aquí y allá o formando caprichosos grupos, los feriantes departían con motivo de las ventas obtenidas, siendo mayor el número de los descontentos que el de los conformes con su suerte.

En un rincón de la cocina, tirado sobre una estera, veíase a un muchacho, casi un niño, que sin cesar se revolvía como si fuese víctima de padecimientos terribles. Cuando quedábase tranquilo fijaba insistentemente sus grandes ojos en cualquier objeto, y desmesuradamente abiertos los conservaba hasta que la agitación volvía, y aquel endeble cuerpecillo tornaba a agitarse convulsivamente.

La indumentaria del chicuelo no tenía nada de recomendable, pues donde no existía un roto había un descosido. Sin embargo, por encima de aquella pobreza resaltaba un no sé qué en el conjunto, que havía ver ciertos atildamientos dentro del general destrozo de las ropas.

La cara del mozalvete, invadida por arrebatos colores de fuego, tenía como marco dos mechones de pelo sobre las sienes, y encima de la frente otro mechón más largo, artísticamente recogido. Más claro: el chiquillo ostentaba corte de pelo llamado a la sevillana, y era su primer cuidado (una vez que el sosiego sustituía al malestar) arreglar ambas persianas y anderezar el desbaratado tupé.

En el centro de la cocina, y delante de una enana mesilla, se hallaba sentado un hombre grueso, que con no poca prisa, reveladora de excelente apetito, daba buena cuenta de un plato de magras co tomate, a cuya devastación ayudaba con repetidos embites dados a una respetable bota, que a su lado tenía apoyada en los travesaños de la banqueta.

Dos o res veces miró el comilón al muchacho con muetras de curiosidad primero y de compasión después al notar sus sufrimientos, y por último, preguntó a uno de los que más cerca tenía:

-¿Quién es ese chico, y qué le sucede?

-Pues es un torerillo de esos que anda por las capeas satisfaciendo sus aficiones a cambio de algún revolcón y casi de perpetuo ayuno, y, como otros muchos, ha venido a tomar parte en la corrida de mañana, por si cae algo.

-¿Pero está enfermo?

-Tiene un calenturón espantoso, y bien se le nota en la cara. Al abrir la posada hoy lo encontraron tirado en la puerta, y por compasión le han dejado que se tumbe ahí.

El hombre aquel llamó al posadero, habló con él breves palabras, y terminó diciéndole:

-Mañana, cuando me déis mi cuenta, decirme lo que importa todo eso.

Inmediatamente el torerillo fue levantado, se le acostó lo mejor que se pudo en el zaguán,  y no habría pasado media hora cuando un caballero se acercó a la pobre cama, pulsó al enfermo, escribió en un papel y desapareció.

Al día siguiente abandonó el pueblo el hombre de la comida, despuñes de haber pagado su cuenta y los gastos ocasionados por el chiquillo de la calentura.

Han pasado algunos años.

En uno de los principales cafés de Sevilla volvemos a encontrar, comiendo también, al hombre de la posada.

Una vez tomada una taza de café, pide la cuenta.

-Está todo pagado – le responde el camarero.

-¿Cómo es eso, y a quién se debe tal favor?

-A aquel señor que está solo en aquella mesa.

Miró el comensal al sitio indicado, y vio a un hombre joven, flamenca al par que elegantemente vestido, luciendo valiosa pedrería en la pechera de la historiada camisa, y cubierta la cabeza por finísimo sombrero de anchas alas.

-Pues no sé – murmuró el obsequiad, y se dirigió al macareno personaje.

Este le recibió sonriendo, e invitole a sentarse, al mismo tiempo que pedía dos copitas al camarero.

-Perdone usted  mi asombro, y repase bien su memoria, pues indudablemente usted me confunde con otro, porque yo no tengo el gusto de conocerle.

-Sí, señor. Sí me conoce usted. Lo que sucede es que estoy muy cambiado, y su memoria no me recuerda.

-¿Querría usted indicarme algún dato por el cual yo cayera en la cuenta de nuestro conocimiento?

-Escuche usted. Hace algunos años, durante la feria de …, el día antes de la capea, y mientras usted cenaba en la posada, se revolcaba sobre una estera un chiquillo víctima de una calentura espantosa…

-¡Ah, sí, sí! Yo le veíra morirse a chorros, me dio lástima, y encargué que llamaran al médico…

-Y el médico vino, y me recetó, y me alivié, y…

-¿Luego usted?…

-Yo soy aquel pobre diablo que grabó en el fondo de su alma tanbuena acción., y en su memoria retrató a su generoso protector. Casualmente le he visto a usted, lo he reconocido, y me he permitido significarle mi agradecimiento de esta probrísima manera; pero con toda la efusión de mi alma. ¿Me perdona usted?

-Lo que hago es darle a usted el abrazo más apretado que he dado en mi vida.

Y ante los asombrados concurrentes, aquellos dos hombres entrelazaron sus brazos y unieron sus pechos.

El probre muchacho calenturiento, el hombre agradecido, alcancó printo uno de los primeros puestos en el arte de los Romeros, y pronto también sucumbió a su peligrosa profesión.

Aquel enfermizo chicuelo se llamó Manuel García, Espartero.

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