Jamás de los jamases iría a una fiesta en la que reinara un ambiente tan opresivo como para que “comisarias de comportamientos” anden paseando por la sala con su brazalete naranja, dispuestas a identificar y castigar miradas y gestos.

Me llega una nota algo desconcertante de una Facultad de Sociales.

En ella invitan a una fiesta “libre de acosos”. Parece razonable porque a nadie le agrada que le acosen. La verdad es que yo he ido siempre a fiestas sin acosos, sin que necesitara que se pusiera de forma expresa que no había tales acosos. No concibo, por ello, que me inviten a fiestas con acosos. Vamos, que lo doy por hecho.

Aunque… todo depende de lo que se llame “acoso”. Insisto en que el eje del asunto es determinar qué es acoso. Si acoso es un abuso objetivo, de índole sexual, que te disgusta profundamente, afirmo que no he ido a fiestas con acosos.

Me podía encontrar en alguna, incidentalmente, a un pesado que quería ligar conmigo pero yo con él no, y te lo sacudías con habilidad. Pero en una fiesta a la que se va a relacionarse, conocer gente, hablar, bailar… eso es parte de las reglas de juego y de ninguna manera puede considerarse acoso. Quizá discrepancia de expectativas. Además en muchos casos dependía de si quien entablaba conversación, previo intercambio de miradas, te gustaba, o no.

Cartel en el que se dictan las normas "anti acoso" en una fiesta universitaria.
Cartel en el que se dictan las normas “anti acoso” en una fiesta universitaria.

Pero es que para las organizadoras de la fiesta, el acoso es otra cosa: en la citada fiesta puedes estar libre de acosos “con la posibilidad de bailar y mover el cuerpo sin siquiera ser invadida con la mirada o con la palabra” (sic), de forma que descubrimos que para ellas acoso es lo que toda la vida ha sido ligar y relacionarse.

Para más abundamiento en lo extraño de la invitación, se informa de que “hay unas compañeras por la sala, dispuestas a intervenir en esas situaciones, identificadas con una cinta naranja en el brazo” (sic).

“Algunas fiestas de colegio de monjas con varias sores fiscalizando la pureza de intenciones de los asistentes eran más liberales que este bodrio”

Y me espanto, con toda razón. Jamás de los jamases iría a una fiesta en la que reinara un ambiente tan opresivo como para que “comisarias de comportamientos” anden paseando por la sala con su brazalete naranja, dispuestas a identificar y castigar miradas y gestos interpretados como acoso por cualquier desequilibrada con manías persecutorias y a cortar por lo sano cualquier indicio de normalidad humana.

Es más, nadie me garantiza, salvo que vaya con los ojos vendados y no le dirija la palabra a ninguna fiestera o fiestero, que no puedo ser acusada de “acosadora” ante las del brazalete. Y si fuera varón (ahí está la madre de este cordero), no me acercaría a semejante lugar “ni para cobrar una herencia”, que se suele decir. Porque aunque la invitación habla por ambos sexos, los acosadores, se presupone, son varones. Y en la propia redacción de la invitación les traiciona el subconsciente.



Algunas fiestas de colegio de monjas con varias sores fiscalizando la pureza de intenciones de los asistentes eran más liberales que este bodrio. Dense cuenta de que se nos impele a escapar de la hiperprotección del macho para que nos acaben protegiendo las tipas de la cinta naranja. Porque eso es exactamente el feminismo en la actualidad: quítate tú, heteropatriarcado, para ponerme yo, lobby feminista.

Y es que, como señalaban las firmantes del ‘manifiesto Deneuve‘, el feminismo está derivando en un puritanismo ridículo, está complicando las relaciones normales entre los sexos, convirtiendo en acoso cualquier atisbo de relación con intención de ligar, eliminando la libertad en aras de unas ofensas subjetivas e impostadas de mujeres que se escandalizan por una mirada pero se ofrecen a desconocidos y desconocidas para practicar actos íntimos con feliz desparpajo.

“Las censoras de la normalidad y sus brazaletes naranja me aterran más que una mirada lasciva o un desconocido que me habla”

Y luego son estas represoras-reprimidas que se alteran por una mirada, las que afirman haberme conseguido la libertad de la que disfruto como mujer occidental cuando reniego del feminismo actual y me desmarco de esta ola de estupidez supina. Pues no: son estas desequilibradas las que han ensuciado, con ofensas absurdas, discriminaciones inventadas y exigencias imposibles, el nombre de un movimiento que comenzó con razones y está terminando con locuras, contradicciones, mentiras y sinsentidos.

Porque a las nuevas generaciones, estas suplantadoras les están inculcando la locura de buscar con lupa ofensas y micromachismos hasta la manía persecutoria (“A mis amigas abrazos, a los machos balazos” dicen unas locas en internet), porque si queremos ser como los varones no podemos caer en la contradicción de desmayarnos por una mirada y querer ser mujeres bomberas (¿y si nos miran como no nos gusta en un salvamento?), porque las discriminaciones femeninas occidentales son fruto de falsedades evidentes en estadísticas y datos (la brecha salarial no aguanta un asalto y las denuncias falsas son como las arenas del desierto) y porque no se puede exigir igualdad, si se ofrece discriminación para los hombres en todos los ámbitos (manis de mujeres, lugares para mujeres, centros de mujeres…).

Total, que si me pierdo no me busquen en una fiesta feminista. Las censoras de la normalidad y sus brazaletes naranja me aterran más que una mirada lasciva o un desconocido que me habla.

Vaya, que me gusta más el panorama del heteropatriarcado donde soy libre y respetada, que este matrix de las protectoras de la cinta naranja, lleno de acosos, donde sólo soy una damisela decimonónica.