falso credo

Chesterton decía “no se trata de atacar la autoridad de la razón sino de defenderla”. Tenía la costumbre de tener razón. La historia revela que el racionalismo exacerbado, portador de importantes desmanes en el ámbito intelectual, no solo no lo explica todo sino que además lo distorsiona. Al racionalismo le ha correspondido el dudoso honor de utilizar la filosofía para reemplazar a la religión.

Algunas de las filosofías racionalistas son las que han desencadenado las ideologías que ayer, hoy y siempre, han sido remedos diabólicos de la religión y desde el mundo pagano han tratado de borrarla del mapa. El caso del marxismo ha sido el más flagrante de los tiempos modernos. Implementado durante y tras la revolución rusa, derivó en el comunismo cuyos dogmas eran el ateísmo más ferviente y virulento (Lenin lo convirtió en religión de Estado al establecer en la Constitución comunista de 1918 la laicidad del Estado y la libertad de propaganda antirreligiosa) y la sacralización de una nueva clase elegida para dirigir el mundo por encima de cualquier derecho humano elemental: el proletariado. Esa clase social que un día instauraría el paraíso en la Tierra.

Las ideas de Marx fueron la fuente de inspiración de una religión: el comunismo, donde el ateísmo y el proletariado mesiánico eran elementos incuestionables en la doctrina. Así lo argumenta y demuestra con gran solidez Nicolás Berdiaeff en su magnífica obra El Cristianismo y el problema del Comunismo. De modo no menos dogmático, del liberalismo ha brotado la creencia en el capitalismo como guardián de la propiedad privada, y en la soberanía juiciosa del pueblo. El tiempo ha demostrado, que esa fe en la idea de la armonía libertaria basada en el juego de intereses privados o en mayorías sociales, se torna irracional al obviar la tendencia del ser humano al pecado. El liberalismo tiene la libertad como dogma pero la libertad no es lo que causa una sociedad justa sino la consecuencia de la misma. En la actualidad, la democracia es presentada por sus exegetas (los tiene en cada esquina) como la solución a todos los problemas de la Humanidad. Desconfiar de la democracia es considerado poco menos que un sacrilegio. Pero a quienes piensan que merced a la democracia o a cualquier ideología un hombre puede salvar a otro hombre, les preguntaría: ¿y quien les salvará de sí mismos?

El hombre es un animal religioso, un ser que necesita un credo y hacer de éste su causa, está en su ADN (de hecho según investigaciones recientes se considera que el cerebro religioso en el ser humano data casi medio millón de años). Incluso los que abominan de Dios, o los que se refugian en la nada la defienden con ahínco negando  hasta la extenuación la mera posibilidad de la existencia de un creador. El mero hecho que aquellos que tildaban a la religión de irracional y supersticiosa instigaran una revolución basada en la imposición de un credo social por encima de los derechos individuales más elementales (caso del comunismo), lo corrobora. Como también lo corroboran las revoluciones en nombre de una libertad preternatural.

Es aquí donde el racionalismo dogmático y totalitario se convierte en un escorpión que, por error de cálculo, resulta víctima de su propia picadura venenosa: los argumentos capciosos empleados por sus descreídos fieles para denostar el Cristianismo se vuelven contra su propio credo. Porque, tal como alegaba Berdiaeff, lo inconsciente es siempre más fuerte que lo consciente y el ateísmo lleva de la negación de Dios a la negación del hombre.

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