decepción

Decepción infinita fue la que me produjo la manifestación, huelga reivindicativa o movilización de las mujeres, o como quieran llamarle, ocurrida el pasado día 8 de marzo, onomástica de San Juan de Dios. Vaya por delante, que, -aunque no soy feminista al uso- estoy con todos mis sentidos, a favor de las mujeres y siempre les he dado, y doy, el preferente lugar que merecen ocupar en la sociedad.

Los hechos objetivos, en mi caso particular, están bien claros. Nací, hace ya ochenta y tres años, de una mujer maravillosa de la que sólo me sentí separado del cordón umbilical hasta el día que se fue para el Cielo. Estoy casado con otra maravillosa mujer y mi descendencia está sustentada en mis tres adorables hijas.

Y, además, estoy convencido de que, a todos los efectos (laborales, jurídicos, de dignidad, etc. etc.) son y deben estar consideradas -al menos- como nosotros los hombres. Me atrevería a decir, incluso, que en algunos aspectos deberían estar por encima.

Mi decepción es debida a que, reconociéndoles tanta o más inteligencia que a los hombres, se hayan dejado manipular por gentes que solo las han apoyado (o fingen apoyar) para sacar sus réditos políticos. ¿Cómo sino se explica la ausencia en esas manifestaciones, huelgas reivindicativas o movilizaciones del día 8, la mención expresa a su condición de madres, la mayor dignidad que adorna a una mujer, cooperando así con el Creador para traer al mundo nuevos seres?

Que yo sepa, en ningún momento reivindicaron que acabe de una vez por todas la mayor violación de un derecho como el derecho de nacer y se sigan promocionando millones de abortos en el mundo. ¿Está justificada entonces mi infinita decepción?

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