San Valentín
Imagen: pxhere.com
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Quisiera participar a mi alma de toda la impaciencia  e incertidumbre de la espera. La calma fue alboreada por el silencio de la noche. La paloma risueña de la esperanza voló hacía  mí nada más  entrada la noche, donde la juventud  florece  día a día   y se adosa en todo tu cuerpo  dándole  el embrujo  de tus primaveras donde haces  florecer las flores,  piropos que te dejan azahares  y se adosan y enredan  en tu silueta. Tus soñadores ojos rivalizan con tu candorosa  sonrisa, adonde se dibujan unos labios simulando un corazón henchido, lleno de amor y añoranza. Quisiera tener un túnel  del tiempo. Quisiera saber si es verdad o mentira el pensamiento que me atormenta  y temo que un simple soplo desvanezca el encanto de mis  recuerdos de ayer y nostalgias de estos días.

Las olas del mar, llegan y se van, sin querer se pierden en las arenas blancas de sus playas; es allí, donde las calientan y las envuelven, se las traga, sorbo a sorbo, así se van perdiendo en la entrañas de la tierra. Así eres tú, como las olas del mar. Eres parte de la sangre que bulle e hierve en mi corazón, las calienta y las alumbra hasta perderse dentro de mí. Tú eres para mí, el manantial de agua cristalina que refresca todas mis primaveras y hace reverdecer mi otoño, donde me abrigo en tus ardores para pasar el invierno. Tú eres para mí, el cosquilleo que siento a todas horas repiquetear en mi corazón. Eres la semilla que día a día vas sembrando en mi ese amor hacía a ti. En dónde vas derramando los pétalos de tu sonrisa, de tu fragancia. También eres el néctar donde el aguijón de mi amor dio en tu corazón un día, un día de San Valentín, dándole alegría y ganas de vivir, dándole ganas de existir.  Cada día que pasa me embullo en el embrujo y encanto que atesoras en esa estampa que siempre me acompaña, dejando en mis recuerdos de ayer y de hoy evidencia de este amor que, conforme pasan los años y los días se van atesorando y alimentando como divino tesoro, eres el glaciar donde se apaga el fuego de mi pasión.

Desde aquél día de San Valentín y aún han pasado muchos, muchísimos años veo tu rostro henchido de amor. Las contrariedades las hemos asumido con naturalidad, como las olas del mar, lo mismo que llega se marchan. Las tormentas han pasado por nuestro lado, las hemos burlado con el paraguas de nuestro amor, cariño y entrega. Aún veo en tu mirada esa cascada de agua clara y transparente. Cuando pongo mis dedos en el rosal de tu vientre me entra un azoramiento que no me acabo a  concebir. Te recuerdo  ante el espejo de mis ojos que por el tiempo transcurrido, el vaho y el tiempo  pasado, no oscurece  ni deja ver ti graciosa figura, enigmática y turbadora.

Permitámosle al menos estos desvaríos al amor. El frenesí  ardiente, el arrebato ardoroso que exige éste, nos resulta a  todos  nosotros, agradable y apasionado donde nos  hace brincar y saltar al más pasivo y tranquilo de los enamorados. El amor del enamorado es fuerte, como las rocas de los acantilados, aunque moldeadas al paso de las aguas que las envuelve y las rodea, inamovibles y quietas. Hay personas que no necesitan que les recuerden este día,  para mi todos los días son un 14 de Febrero. O, para no ser egoísta, todos los meses deberían tener al menos, un día de San Valentín.  Bendito sea el Todopoderoso por haberte puesto delante de mi camino aquél día que estaba acercándose  la llegada de la primavera, de tu primavera y de la mía.

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