Predestigitocracia

Las políticas basadas en el presentismo son propias de burócratas, jamás de tecnócratas. Los segundos resuelven problemas, los primeros los crean o los posponen. Es costumbre muy extendida que el pueblo llano presuponga en los políticos no solo cualidades directivas sino las técnicas relacionadas con el saber necesario para pilotar nuestro destino. Se da por hecho que son avezados en el arte de dirigir y preparados en el arte de ejecutar, máxime si son hacedores de una carrera universitaria, no digamos ya si han pasado por oposiciones a funcionariado.

La categoría de lumbreras cum laude no hay plebeyo que se las haya  discutido. Pero dar por sentado que los gobernantes y sus validos poseen competencias por encima de la prole por el hecho de cumplir con unos requerimientos académicos, procesales y administrativos es cada vez más  peligroso en tanto que se les presupone cierta capacidad para resolver  problemas y en caso de no hacerlo se dar por sentado que el resultado siempre sería mejor que si no se depositara la confianza en ellos. La distinción entre un político eficaz y un inepto, es que el primero resuelve problemas y no los crea.

A estas alturas considerar que la clase política española es un núcleo de seres capaces es poco menos que una ensoñación romántica. No obstante hay quienes se ufanan de ello (como si el hecho de dedicarse a la política llevara implícito ciertos dones especiales). Si algo ha caracterizado a los que regentan el actual Gobierno de España ha sido un regodeo tecnocrático e institucional, ese partido ‘solucionador’ de problemas, ‘dador de soluciones’. Al fin y al cabo ha sido el único ejercicio de marketing que han hecho. Porque solo ha sido eso, marketing.

El economista John Kenneth Galbraith en su Teoría sobre el Poder Compensador definía con precisión lo que es la tecnoestructura: aquellos miembros de una organización que en virtud de sus conocimientos y experiencia iban ascendiendo hasta que se hacían con los resortes del poder y tomaban las principales decisiones. Se convertían en dirigentes. Durante la década de los 60 y principios de los 70, la metódica franquista fue la tecnocracia, el recurso a los especialistas dió sus frutos, el desarrollo en España en aquella época no tiene parangón: llegó a estar entre la décima y la octava industria mundial  y la clase media alcanzó el 60%. El desarrollismo vino de la mano de los tecnócratas. Ya viviendo en democracia llegaron los sociócratas -una suerte de idólatras de lo social- que venían a modernizar España y lo que hicieron fue convertirla en un laboratorio social fuente de múltiples dislates, sobre todo en la última época de gobernanza socialista. A pesar de todo, a la clase política se la seguía viendo como “esos tecnócratas  capaces y esforzados”, hasta que la evidencia de la crisis económica hizo acto de presencia. Por desgracia las masas maneadas no tienen por costumbre reflexionar acerca de quienes las dirigen hasta que no ven vaciar sus bolsillos.

Llego la hecatombe económica y un nuevo partido en el gobierno, con aureola de gran profesionalidad en la gestión, se disponía a gobernar. Llegaba con la vitola de gobierno tecnócrata merced a méritos contraídos en el pasado, algunos más que dudosos. Seis años después se ufanan  de haber arreglado la economía, pero  España debe casi un PIB y medio, el nivel de paro es elevadísimo, y  sigue pendiendo del hilo del turismo. El problema de la economía española no ha sido solucionado sino pospuesto, de igual modo ha ocurrido con el conflicto separatista. Para nuestra desgracia, la administración política no exige la misma determinación que la gerencia de empresas, en donde un paso en falso o la inacción  le cuesta el puesto al vacilante. Pero los estados modernos son otra cosa. Un partido en el poder se puede permitir el lujo de contemporizar y especular con todos los factores que afectan a su posición de fuerza de manera que maximice sus beneficios. Estrategia sostenible que goza del beneplácito de la oposición, porque la política siempre se entiende con la política cuando se trata de mantener prerrogativas. En la denominada Era de la Sostenibilidad la única sostenibilidad posible es la de las nuevas estructuras de poder, usando como mascarón de proa las democracias. Como consecuencia los problemas cuya solución  no conviene a esa ecuación no se abordan, o bien se abordan posteriormente con criterios de oportunismo, o se abordan con carácter eventual in extremis  cuando el clamor popular a prieta. En aquellos cuya resolución sí conviene a la ecuación, se hace a la velocidad del rayo sin cavilar pros y contras para el futuro del país. Da igual que el día de mañana quede convertido en un erial. El oficio de la política moderna es en cierto modo muy antiguo: la predistigitación o el arte de implementar supuestas soluciones sin solucionar. Comunicados, apelaciones al diálogo, llamadas al consenso, pactos de Estado, comisiones de estudio, cumplimiento selectivo y en diferido de leyes, y ditirambos de hechos no consumados, conforman lo que ya estamos en condiciones de denominar como predestigitogracia o el refinamiento político de la mentira.

Aunque puede ser una divisa acuñada por cualquiera le viene como anillo al dedo a los paladines de la moderación, esa  impostura para esconder sempiternas debilidades y oscuros intereses. La aplicación del artículo 155 de la constitución ha sido el vivo ejemplo de esta tendencia abanderada por el partido del gobierno, que por otra parte no es extraño por ser el más huérfano de ideología en su plana mayor, no digamos ya de convicciones cuando tan a menudo ha ninguneado el hecho de hacerlas valer a la hora de hacer política. La predestigitación no es una causa sino una consecuencia que se ha convertido en una creciente forma de gobernación. Es obvio que el gobierno no quería aplicar el artículo 155 ni siquiera sobre el papel. Por eso tardó lo indecible cuando el ambiente estaba sumido en un clamor popular y la situación era ya insostenible. Las personas a veces no son lo que parecen pero las cosas si suelen serlo. De algún modo los actos son el espejo de los pensamientos (antes o después las intenciones dan la cara).Primero postergó la decisión lo indecible, más tarde buscó la complicidad del resto de fuerzas políticas con lo cual se podía intuir que la medida iba a tener únicamente  efectos administrativos: la destitución de los cargos de la Generalitat y la convocatoria de elecciones. Consecuencia: seguirá gobernando de facto el bloque nacionalista. Medida paliativa de efectividad estructural nula, para que, parafraseando a Julio Iglesias, la vida siga igual. El pueblo español respira más tranquilo, pero, ¿algo ha cambiado?. En otro asunto relacionado, el de la equiparación salarial de la Guardia Civil y la Policía Nacional con los Mozos de Escuadra de la Generalidad, la predistigitación ha sido ya vergonzante; se les prometió la nada despreciable cifra de 1500 millones de euros para la correspondiente equiparación, para más tarde ser despreciados sutilmente cuestionando las remuneraciones prometidas bajo el truco de la equiparación por categorías. En el último acto ha sido el Ministro de Hacienda quien ha olvidado que lo prometido es deuda y mostrando su negativa al camarada tecnócrata del Ministerio de Interior. La última oferta del Ministro del Interior (500 millones a repartir en tres años) ha sido calificada por los respectivos sindicatos de los cuerpos de seguridad de “tomadura de pelo”.  De momento (eso es cierto) los policías y guardias civiles  han recibido una sesión gratis del ilusionismo más trapero.

Al empoderamiento de la plutocracia actual hemos de agregar el dudoso arte de los burócratas predestigitadores, entre los cuales el actual presidente de la nación (o lo que queda de ella) y su gabinete parecen – a la luz de los hechos- consumados expertos. Es la evolución natural cuando las llaves del Estado caen en manos de mal llamados tecnócratas, cuya aspiración más alta fue llegar a ser funcionarios de carrera. La adopción de decisiones (menos aún si son comprometidas) no está en el manual de instrucciones que traen bajo el brazo. Saben que solo han de atenerse a una regla básica: la mejor manera de no equivocarse y salvar el tipo es hacer que pasen cosas sin que cambie esencialmente nada. Su lema es  “de aquí a la eternidad”.

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Eduardo Gómez
Católico de combate. Doctor en ciencias económicas, empresariales y jurídicas por la UPCT (Universidad Politécnica de Cartagena). Profesor de Economía en enseñanza secundaria. Natural de Cartagena (Murcia).